Lo que queda cuando termina la celebración

Por Liz Gabriel

Después de las Fiestas Patrias quedan las banderas colgando de las ventanas, un poco vencidas por el viento y por los días. Quedan las manchas sobre los manteles, el olor de la carne y del humo aferrado a la ropa, las botellas vacías, los vasos perdidos en algún rincón y esa música que todavía parece escucharse cuando la casa finalmente queda en silencio.

Para algunos quedan las deudas; para otros, la resaca, el cansancio y una sucesión de recuerdos que no saben muy bien si conservar o lamentar. Pero para muchos queda algo más. Algo que no se limpia, que no se guarda dentro de una caja hasta el próximo septiembre ni desaparece cuando se retiran los adornos. Queda una sensación de vacío que se hace más grande cuando las visitas se van, las puertas se cierran y ya no hay una razón para continuar sonriendo.

Pienso en eso y en lo fácil que resulta mirar una celebración desde afuera y creer que todos los que estuvieron allí fueron felices. Porque aparecen en las fotografías. Porque levantaron una copa. Porque bailaron, abrazaron a sus familias y respondieron que estaban bien cada vez que alguien se los preguntó. Pero ¿cuántas veces preguntamos de verdad? ¿Cuántas veces esperamos la respuesta?

Durante las celebraciones pareciera que estar triste es una forma de arruinarles la alegría a los demás. Hay que sonreír porque todos están reunidos, brindar porque estamos vivos y agradecer porque hay comida sobre la mesa y personas sentadas a nuestro alrededor. Entonces, quien sufre aprende a postergar el dolor. Lo dobla con cuidado, lo guarda en algún lugar de sí mismo y espera que nadie note el espacio que ocupa.

Durante un momento funciona. La música es lo suficientemente fuerte y las conversaciones se cruzan unas con otras. Alguien sirve otra copa, acerca un plato y pregunta por el trabajo, por los hijos, por los planes para lo que queda del año. Las respuestas aparecen por costumbre y cada una ayuda a pasar a la siguiente, como si hablar de asuntos pequeños pudiera mantener lejos aquello que lleva demasiado tiempo creciendo en silencio.

Después todos se marchan y la casa parece más grande. La mesa queda llena de restos y el silencio adquiere una forma distinta, una densidad que se instala en el cuerpo. Ya no hay que responder preguntas ni sonreír para las fotografías. Ya no es necesario fingir que la compañía logró llenar algo, porque a veces podemos estar rodeados de personas y sentir que ninguna de ellas podría alcanzarnos.

Septiembre es el mes de la prevención del suicidio y también es el mes en que Chile celebra con más ruido, más colores y más insistencia. Quizás por eso deberíamos hablar de lo que ocurre detrás de las fotografías. De quienes llegan a las reuniones con una tristeza que nadie conoce, de quienes se esfuerzan por parecer felices para no preocupar a los demás y de quienes abrazan un poco más fuerte porque llevan demasiado tiempo pensando en irse.

Celebrar también puede ser una despedida, aunque resulte difícil escribirlo porque parece injusto unir ambas cosas. La celebración pertenece a la vida, a la risa, a la comida compartida, a los cuerpos que se encuentran y reconocen. La despedida, en cambio, parece pertenecer a otro lugar. Sin embargo, ambas pueden existir dentro de una misma persona. Alguien puede reír y, al mismo tiempo, sentir que ya no puede continuar. Puede bailar mientras guarda una decisión que no ha compartido con nadie. Puede mirar a quienes ama e intentar memorizar sus rostros.

No porque no los ame, porque su presencia sea insuficiente o porque quienes estuvieron a su lado hayan fallado necesariamente. El dolor puede alterar la forma en que una persona se mira y mira el mundo. Puede convencerla de que su ausencia será más sencilla que su permanencia, de que quienes la aman estarán mejor sin ella y de que pedir ayuda una vez más sería convertirse en una carga. Puede repetir esas ideas hasta que comiencen a sentirse verdaderas.

Quizás eso es lo más cruel de la desesperanza: no siempre hace que una persona deje de amar la vida. A veces solo logra convencerla de que ya no existe un lugar para ella dentro de esa vida. Por eso no basta con decir que alguien parecía feliz.

La felicidad también puede ser un gesto aprendido. Puede aparecer cuando llega una cámara y desaparecer apenas se apaga la pantalla. Puede sostenerse durante una comida familiar y quebrarse en el trayecto de regreso. Puede durar lo suficiente para que nadie pregunte nada.

No escribo esto para que comencemos a desconfiar de cada sonrisa ni para que transformemos todos los abrazos en señales de despedida. Lo escribo porque hemos aprendido a imaginar el sufrimiento de una sola manera. Esperamos que se vea, que tenga los ojos hinchados, la voz rota y el cuerpo vencido. Esperamos reconocerlo de inmediato para saber cuándo acercarnos.

Pero el sufrimiento también puede peinarse, vestirse y llegar a tiempo. Puede llevar algo para compartir, ayudar a levantar la mesa y después volver solo a casa.

Cuando terminan las celebraciones nos preocupamos por quienes bebieron demasiado. Preguntamos si llegaron bien, si encontraron transporte o si necesitan un lugar donde dormir, y está bien hacerlo. Pero tal vez también deberíamos preocuparnos por quienes estuvieron extrañamente callados, por quienes se alejaron durante la reunión o por quienes parecían despedirse sin que supiéramos reconocerlo.

Tal vez deberíamos llamar al día siguiente, no para preguntar si pasó la resaca, sino para saber qué quedó cuando se apagó la música. Qué pensamientos regresaron cuando la casa quedó vacía. Qué tan difícil fue levantarse esa mañana y volver a una vida que, quizá, lleva demasiado tiempo doliendo.

No necesitamos tener una respuesta preparada. No necesitamos conocer las palabras exactas ni convertirnos en especialistas. A veces solo tenemos que ser capaces de escuchar sin interrumpir, sin apresurarnos a enumerar todo lo bueno que la otra persona tiene, sin decirle que hay quienes están peor o que mañana verá las cosas de otra manera.

Porque quien piensa en morir no siempre quiere dejar de existir. Muchas veces quiere dejar de sentir de la forma en que está sintiendo. Quiere descansar del miedo, de la culpa, de la soledad o de esa voz interior que insiste en que nada va a cambiar. En ese momento, la compañía no soluciona todo, pero puede abrir un espacio para decirlo, para llorar sin pedir disculpas y para llegar hasta la ayuda necesaria.

Después de las Fiestas Patrias queda mucho más que basura en las calles, cuentas sin pagar y cuerpos cansados. Quedan personas regresando a habitaciones donde nadie las espera. Quedan familias que celebraron alrededor de una ausencia. Quedan dolores que consiguieron permanecer ocultos bajo la música y abrazos que, tal vez, intentaron decir algo que no supimos escuchar.

No podemos verlo todo. No podemos impedir cada pérdida ni vivir culpándonos por las señales que solo comprendimos cuando ya era tarde. Pero podemos aprender a preguntar con mayor honestidad. Podemos dejar de huir cuando alguien responde que no está bien y resistir la necesidad de llenar el silencio para permanecer allí, aunque duela, aunque no sepamos qué decir.

Quizás septiembre también debería tratarse de eso: de mirar lo que queda, de escuchar cuando ya no hay música y de entender que una persona puede haber celebrado con nosotros y aun así necesitar que, al día siguiente, alguien le recuerde que su presencia importa.

Tal vez nunca sepamos cuánto puede significar una llamada cuando la fiesta ha terminado, pero podemos hacerla de todas formas.

Sobre la autora

Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.