María Montessori: cuando alguien decidió mirar a los niños
Por Liz Gabriel
Imaginemos por un momento una sala de clases.
Hay niños sentados frente a sus mesas. Algunos mueven las piernas porque llevan demasiado tiempo quietos. Uno mira por la ventana. Otro juega distraídamente con un lápiz entre los dedos. Una niña intenta terminar una actividad mientras observa de reojo a sus compañeros, preocupada porque todos parecen avanzar más rápido que ella.
Al frente está el adulto. Explica. Pregunta. Corrige.
—Siéntate bien.
—Pon atención.
—Eso no se hace así.
—Apúrate.
—Los demás ya terminaron.
Son frases que probablemente hemos escuchado alguna vez. Tal vez incluso las hemos dicho.
Porque durante muchísimo tiempo entendimos la educación de una manera bastante sencilla: el adulto sabe y el niño aprende. El adulto habla y el niño escucha. El adulto enseña cómo funciona el mundo y el niño debe prepararse para entrar en él.
Pero hace más de cien años, una mujer decidió detenerse frente a esa idea y hacer algo aparentemente insignificante: Miró a los niños.
No durante cinco minutos. No para descubrir quién se estaba portando mal. Los observó de verdad.
Su nombre era María Montessori. Había nacido el 31 de agosto de 1870 en Italia y se había convertido en médica en una época en la que una mujer que entraba a ciertos espacios académicos ya estaba desafiando las expectativas que la sociedad tenía para ella.
Sin embargo, sería trabajando con niños cuando comenzaría a hacerse una pregunta que terminaría cambiando su vida: ¿Y si el problema no siempre está en el niño?
Quizás estaba en la manera en que los adultos habíamos construido el mundo alrededor de él.
Pensemos en algo cotidiano. Un niño pequeño quiere servirse un vaso de agua. Toma la jarra. El adulto lo ve.
Y casi inmediatamente aparece nuestra reacción:
—Déjame, yo lo hago.
No hay mala intención. Todo lo contrario. Queremos ayudar. Queremos evitar que el agua termine sobre la mesa, que el vaso se rompa, que haya que limpiar después.
Así que tomamos la jarra, servimos el agua y se la entregamos. Problema resuelto.
Pero existe otra versión de esa escena. El niño toma la jarra. El adulto observa. La sostiene con dificultad. Calcula mal. Derrama un poco. Nadie corre inmediatamente a quitársela. Lo intenta otra vez. Hasta que finalmente el agua cae dentro del vaso.
Puede parecer una victoria minúscula. Para él no lo es. Porque acaba de descubrir algo extraordinario: puedo hacerlo solo.
Gran parte de la mirada de Montessori hacia la educación nació de momentos como ese. De comprender que la infancia no necesitaba solamente adultos dispuestos a enseñar, sino también adultos capaces de permitir:
Permitir intentar.
Permitir equivocarse.
Permitir repetir.
Permitir descubrir.
Y eso, incluso hoy, puede resultarnos tremendamente difícil. Porque ayudar a un niño es rápido. Esperarlo requiere paciencia.
En 1907, Montessori abrió en Roma la primera Casa dei Bambini, la Casa de los Niños. El nombre ya decía bastante. No era la casa de los profesores. Ni la casa de las normas. Era la casa de los niños.
Los muebles estaban pensados para ellos. Los objetos podían estar a su alcance. El ambiente estaba preparado para que pudieran moverse, escoger actividades, manipular materiales y aprender haciendo.
Montessori comenzó entonces a observar algo fascinante: Cuando los niños encontraban algo que despertaba genuinamente su interés, podían concentrarse durante largos periodos.
Repetían una actividad. Una vez. Otra. Y otra.
No necesariamente porque alguien les prometiera un premio. Tampoco porque existiera un castigo esperándolos si no terminaban. Había satisfacción en conseguirlo.
Y quizás aquí aparece una de las preguntas más incómodas que Montessori dejó sobre la mesa: ¿Cuántas veces interrumpimos a un niño precisamente cuando está aprendiendo?
Porque los adultos vivimos mirando el reloj.
Es hora de comer.
Es hora de guardar.
Es hora de salir.
Es hora de hacer otra actividad.
Cinco minutos para esto. Treinta para aquello.
Pero un niño que está intentando construir una torre no sabe que quedan siete minutos antes de la cena. Solo sabe que la torre se cayó. Y quiere descubrir por qué.
La levanta otra vez. Se vuelve a caer. Cambia una pieza. Prueba de nuevo.
Nosotros vemos bloques. Él está experimentando equilibrio, peso, frustración, paciencia, coordinación y resolución de problemas. Está aprendiendo. Aunque nadie esté frente a él diciendo:
—Ahora vamos a aprender.
Más de un siglo después, los niños siguen siendo niños. Pero el mundo que hemos construido alrededor de ellos es muchísimo más rápido.
Hoy medimos hitos casi desde el nacimiento:
Cuando sostuvo la cabeza.
Cuando caminó.
Cuando habló.
Cuando dejó los pañales.
Cuando aprendió los colores.
Cuando escribió su nombre.
Cuando comenzó a leer.
Y sin darnos cuenta podemos convertir la infancia en una larga lista de metas que deben cumplirse.
Si otro niño lo hace primero, aparece la preocupación. Si tarda un poco más, buscamos explicaciones. Si aprende de otra manera, intentamos llevarlo nuevamente hacia el camino que consideramos correcto.
Nos cuesta recordar algo tremendamente sencillo: los niños no son productos fabricados en serie.
No existe una única velocidad para descubrir el mundo.
Hay niños que necesitan observar antes de tocar.
Otros necesitan desmontarlo todo.
Algunos preguntan constantemente.
Otros permanecen en silencio y parecen estar en otro planeta mientras procesan muchísimo más de lo que imaginamos.
Uno aprenderá algo después de escucharlo una vez.
Otro necesitará repetirlo veinte.
Y ambos están aprendiendo.
Montessori comprendió que respetar esos ritmos no significaba dejar de educar. Significaba educar de otra manera.
El adulto continuaba siendo fundamental. Pero su papel cambiaba. En lugar de ocupar siempre el centro, podía preparar el entorno, ofrecer herramientas, observar, acompañar y saber cuándo intervenir. Y, quizás todavía más difícil: saber cuándo no hacerlo.
Hay una escena que se repite todos los días en miles de hogares. Un niño intenta ponerse los zapatos. El adulto espera junto a la puerta. Vamos tarde.
El niño mete mal el pie. Lo saca. Lo intenta nuevamente.
—Dámelo.
Dos movimientos rápidos. Zapato puesto. Problema resuelto.
Y probablemente era necesario hacerlo, porque existen mañanas, trabajos, colegios, médicos y autobuses que no esperan las grandes revelaciones pedagógicas de nadie. Montessori tampoco puede convertir nuestra vida cotidiana en un mundo perfecto. Pero quizá puede regalarnos una pregunta: Cuando no tenemos prisa, ¿también hacemos todo por ellos?
Porque existe una diferencia enorme entre hacer algo por un niño porque todavía necesita nuestra ayuda y hacerlo porque nosotros podemos hacerlo más rápido.
Claro que podemos. Somos adultos. Podemos abrochar ese botón en dos segundos. Podemos ordenar esos juguetes mejor. Podemos cortar esa fruta perfectamente. Podemos terminar ese dibujo. Podemos responder esa pregunta.
Pero entonces el resultado será nuestro. No suyo.
La autonomía infantil se construye precisamente en esos pequeños territorios donde el adulto aprende a hacerse un poco a un lado. No significa abandonar. Significa permanecer cerca sin convertirnos en protagonistas.
Quizás por eso, al recordar el natalicio de María Montessori este 31 de agosto, no necesitamos pensar únicamente en una educadora italiana nacida hace más de ciento cincuenta años. Podemos pensar en nuestros propios niños. En los hijos. En los sobrinos. En los estudiantes.
En ese pequeño que intenta subir un cierre y comienza a frustrarse.
En quien pregunta «¿por qué?» quince veces seguidas.
En el que quiere barrer, aunque después tengamos que volver a barrer.
En quien demora una eternidad preparando su mochila porque insiste en hacerlo solo.
Tal vez podamos esperar unos segundos más. Morder aquella necesidad adulta de decir:
—Así no.
Y observar.
Porque probablemente se equivocará. El agua alguna vez terminará en el suelo. El botón entrará en el agujero incorrecto. La torre se caerá. La letra quedará torcida. Los zapatos aparecerán cambiados de pie.
Pero habrá ocurrido algo mucho más importante que conseguir un resultado perfecto: Ese niño lo habrá intentado. Y mañana volverá a hacerlo. Hasta que un día no necesite nuestras manos.
Quizás esa sea una de las partes más difíciles de educar: Comprender que nuestro trabajo nunca fue conseguir que nuestros niños necesitaran de nosotros para siempre. Fue acompañarlos mientras aprendían a no hacerlo.
María Montessori murió en 1952. Los niños que observó crecieron. Las primeras Casas de los Niños quedaron atrás. El mundo cambió.
Pero cada vez que un adulto se agacha para dejar algo al alcance de unas manos pequeñas; cada vez que espera antes de resolver; cada vez que permite un error sin convertirlo en fracaso; cada vez que entiende que aprender puede ocurrir jugando, tocando, repitiendo, preguntando o simplemente observando… algo de aquella mirada permanece.
Tal vez ese sea el verdadero legado de Montessori: No enseñarnos cómo hacer niños extraordinarios. Sino recordarnos que nunca necesitaron que los hiciéramos extraordinarios.
Necesitaban tiempo. Espacio. Confianza. Límites que los protegieran sin encerrarlos. Y adultos dispuestos a acompañarlos mientras hacían ese trabajo inmenso, desordenado y maravilloso que alguna vez todos tuvimos que hacer: aprender a ser parte del mundo.
Sobre la autora
Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.
