Cazadora
Por Fredsly Lizama
Ella es una gran cazadora. Si le preguntaras a cualquiera que la conoce, todos coincidirían en lo mismo: es la mejor. No porque sea la más rápida, ni porque sea la más fuerte, sino porque ha aprendido la virtud más difícil de todas: la paciencia.
Una buena cazadora jamás corre detrás de su presa. La estudia. La espera. Aprende sus costumbres, conoce los lugares donde suele aparecer y entiende que las mejores capturas nunca se consiguen a la primera. A veces hay que regresar una y otra vez al mismo sitio: volver mañana, volver el próximo mes, volver el próximo año, porque las grandes presas tienen esa costumbre de aparecer cuando uno menos las espera. Ella lo sabe, y por eso espera. Y cuando llega el momento, da el zarpazo. O el tarjetazo. Depende de la ocasión.
Su casa está llena de trofeos, que exhibe con un orgullo que jamás intenta disimular. Descansan tras un gran librero de cristal, protegidos del polvo y del tiempo, como si fueran las piezas más valiosas de una colección. Y, para ella, lo son. Algunos conservan un aspecto impecable; otros llevan las marcas de una larga vida: lomos quebrados, portadas desteñidas por el sol, esquinas dobladas, páginas amarillentas. Algunos están tan gastados que uno podría jurar que hay más cinta adhesiva que papel sosteniéndolos unidos. Pero ahí siguen, exhibidos con el mismo orgullo, porque una buena cazadora no siente vergüenza por las cicatrices de sus trofeos. Las contempla, las acaricia, las estudia. Cada una cuenta una historia distinta.
Muchos creerían que una cazadora como ella persigue las piezas más caras, las más exclusivas, aquellas ediciones limitadas capaces de costar una fortuna. Pero no. Esas nunca le han interesado demasiado. Ella no persigue lo que vale dinero: persigue lo que vale recuerdos. Los libros que marcaron su infancia, los que la acompañaron durante la adolescencia, aquellos que leyó tantas veces que terminó aprendiéndose párrafos enteros de memoria. Libros que un día desaparecieron de las vitrinas, que dejaron de imprimirse, que el tiempo fue borrando poco a poco de los estantes. Y fue entonces cuando comenzó la verdadera cacería.
Desde ese momento aprendió a recorrer las ciudades de otra forma. Mientras otros visitan museos, monumentos o grandes centros comerciales, ella busca otra clase de lugares: mercados de segunda mano, pequeñas librerías de viejo escondidas en alguna calle olvidada, ferias donde ancianos venden cajas llenas de objetos que sus familias ya no quisieron conservar, tiendas de antigüedades donde el polvo parece llevar décadas asentándose sobre cada estante, puestos ambulantes donde los libros descansan apilados unos sobre otros, esperando que alguien vuelva a abrirlos. Allí está ella, agachada frente a una caja de cartón, pasando uno por uno aquellos lomos desgastados, con una paciencia casi infinita, porque sabe que una buena cazadora nunca desprecia un terreno por humilde que parezca. Las mejores presas suelen esconderse donde nadie más mira.
Puede caminar durante horas sin encontrar absolutamente nada. Puede recorrer kilómetros, cruzar ciudades enteras, viajar cientos de kilómetros solo porque alguien le dijo que, en una pequeña librería perdida entre calles antiguas, quizá quedaba un ejemplar que llevaba años buscando. Y aun así, regresar con las manos vacías. No importa. Jamás considera una expedición un fracaso, porque sabe que la cacería también consiste en esperar, y ella sabe esperar mejor que nadie.
Entonces, un día cualquiera, ocurre. Entre manuales escolares, novelas olvidadas, diccionarios incompletos y revistas viejas, asoma apenas unos centímetros de un lomo que conoce de memoria. Su corazón se acelera. Sus manos no: una buena cazadora nunca delata la emoción. Se acerca con calma, lo toma entre sus manos, comprueba la editorial, la edición, la fecha. Pasa los dedos por la portada. Contiene la respiración. Y entonces sonríe. Lo encontró. Después de meses, después de años, después de quién sabe cuánto tiempo. Da el tarjetazo y vuelve a casa con una nueva presa.
La acomoda junto a las demás. Las contempla tras el cristal. Y entiende algo que los demás jamás comprenderán: nunca estuvo cazando libros. Los libros eran apenas el rastro. La verdadera presa siempre fueron los recuerdos, porque cada ejemplar guarda una versión distinta de ella: la niña que descubrió el placer de leer escondida bajo las sábanas, la adolescente que encontraba refugio entre páginas cuando el mundo parecía demasiado grande, la joven que recorría librerías soñando con el día en que podría llevarse todos aquellos mundos a casa.
Por eso relee sus trofeos una y otra vez. No para recordar la historia, esa ya la conoce casi de memoria. Los abre para volver a habitarla, para encontrarse otra vez con aquella niña, aquella adolescente o aquella joven que alguna vez fue. Mientras otros solo ven papel envejecido acumulando polvo sobre un estante, ella ve puertas. Puertas que siguen abriéndose muchos años después. Puertas que el tiempo jamás consiguió cerrar.
Y mientras exista un solo libro perdido en algún mercado de segunda mano, en una vieja librería o al fondo de una caja olvidada, ella seguirá recorriendo ciudades, esperando con paciencia infinita el momento preciso para dar un nuevo zarpazo. Porque así son las grandes cazadoras: nunca dejan de buscar, y en el fondo, nunca dejan de volver a casa.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
