Alba

Por Fredsly Lizama

Hay un momento extraño y maravilloso cuando la noche comienza a extinguirse para dar paso al día.

Los primeros rayos del sol empiezan a asomarse con timidez durante el hermoso crepúsculo matutino. En verano lo hacen con decisión; en invierno, como si el propio cielo dudara en abandonar la oscuridad. Poco a poco el negro se vuelve gris, el gris adquiere tonos anaranjados y, finalmente, el azul termina por reclamar el cielo.

Es un instante fugaz, un cambio de guardia entre la noche y el día.

Hay algo curioso en ese momento.

Uno pensaría que las calles permanecen vacías, que la mayoría seguiría refugiada bajo las frazadas, esperando que el despertador hiciera su trabajo. Sin embargo, basta observar unos minutos para descubrir otra ciudad. Una que despierta mucho antes que el resto.

Siempre son los mismos rostros.

Está la mujer que corre con una mochila a la espalda, empeñada en superar su propia marca. El hombre que atraviesa las calles en bicicleta como si el frío no existiera. El pequeño grupo de amigos que trota conversando entre respiraciones agitadas. El anciano al que el médico seguramente convenció de salir a caminar cada mañana. La joven que corre sola, intentando, quizás, dejar algunos pensamientos varios metros atrás.

Nunca hablan demasiado, y no hace falta. Se reconocen de vista, saludan con un gesto breve, comparten el mismo horario y las mismas calles hasta convertirse, unos para otros, en parte del paisaje.

Hay algo hermoso en esa disciplina y, al mismo tiempo, algo profundamente engañoso.

Todos creen que la noche es el mejor momento para guardar secretos. Después de todo, la oscuridad ampara más el silencio. Cualquier ruido fuera de lugar llama la atención, cualquier sombra despierta sospechas. La noche obliga a escuchar.

El día tampoco resulta conveniente, hay demasiados ojos, aunque la gente vive apurada, siempre hay alguien mirando. Y el anochecer no ofrece mucha más ayuda, la ciudad aún está despierta. La noche todavía es joven y las calles siguen llenas de vida.

El mejor momento para guardar un secreto es ese breve instante en que la noche deja de ser noche y el día todavía no termina de nacer, porque a esa hora nadie observa realmente.

Todos miran, pero cada uno está demasiado ocupado viviendo su propia rutina.

El corredor escucha su respiración.

El ciclista mantiene el ritmo.

El trabajador repasa mentalmente todo lo que no puede olvidar al llegar a la oficina.

El estudiante piensa en la jornada que está por comenzar.

Comparten las mismas calles, pero cada uno habita un mundo distinto.

Y así, los demás dejan de ser personas para convertirse en paisaje.

Nadie sospecharía de aquella mujer que corre todas las mañanas con una mochila. La han visto durante más de un año, la saludan, le hacen un gesto con la cabeza cuando la cruzan. A veces falta cuando la lluvia arrecia o el invierno se vuelve insoportable, pero siempre termina regresando; es una presencia constante, una más entre tantas otras.

Nadie sospecharía que dentro de aquella mochila guarda un cuchillo cuya sangre aún no termina de secarse.

Ni que el hombre muerto unas cuadras más atrás fue su última víctima.

Corre.

Sonríe.

Saluda.

Y continúa su recorrido mezclándose entre quienes ya dejaron de verla hace mucho tiempo, porque los secretos no pertenecen a la noche, pero tampoco al día. Pertenecen a ese instante irrepetible en que la ciudad despierta y todos están demasiado ocupados con sus propias vidas para descubrir que el monstruo corre, cada mañana, exactamente a su lado.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.