Lluvia

Por Fredsly Lizama

La lluvia cae con una constancia que no amenaza ni sorprende. Simplemente acompaña. Es un gesto antiguo del cielo sobre la ciudad, como si recordara algo que los edificios han olvidado hace tiempo.

Las calles han cedido su textura habitual. El pavimento ya no se reconoce con claridad; se ha convertido en una superficie oscura, suavizada, cubierta por hojas que no fueron barridas a tiempo. Hojas de otoño que, empapadas, han perdido toda ligereza y ahora reposan como si también ellas estuvieran escuchando el silencio del agua.

Caminar aquí no se siente como avanzar dentro de una ciudad. Se parece más a atravesar un umbral lento, uno donde lo urbano se detiene por un instante y deja filtrar otra cosa: un vestigio de bosque, una memoria vegetal que insiste en no desaparecer del todo.

El sonido de los pasos ha cambiado. Ya no hay ese golpeteo seco contra el cemento. Hay, en cambio, un roce amortiguado, como si la tierra estuviera más cerca de la superficie de lo que debería. Todo parece más bajo, más cercano, más íntimo. Incluso el aire.

Entre los tonos apagados —grises densos, negros absorbidos por el agua, cafés que se confunden con el suelo húmedo, beiges cansados de la luz— aparece una figura.

No llega anunciándose. No interrumpe el paisaje. Simplemente ocurre dentro de él.

Un paraguas.

Pero no uno cualquiera.

Es una irrupción de color en medio de la resignación cromática de la ciudad. Amarillos que no deberían existir en un día como este, rojos que parecen encenderse contra la voluntad del cielo, azules que recuerdan algo más limpio, más abierto, casi infantil en su honestidad. No es solo un objeto que protege de la lluvia; es una negación silenciosa del tono general del mundo.

La figura que lo sostiene avanza sin prisa. No parece apurada por la lluvia ni por la ciudad. Tampoco parece estar en desacuerdo con ellas. Más bien, está en otro registro. Como si su atención no estuviera del todo atrapada por la gravedad del día.

Y eso es lo que la vuelve extraña.

No el color.

Sino la distancia.

Mientras el resto de las personas parecen deslizarse dentro de una misma lógica —hombros levemente encogidos, miradas hacia abajo, pasos que buscan llegar antes que habitar— esta figura conserva algo distinto. Una especie de apertura invisible, una disponibilidad al entorno que no es común.

El paraguas colorido no solo destaca. Desacopla.

Es como si creara alrededor suyo una pequeña zona donde la lluvia no es solo incomodidad, sino materia visible. Donde el agua no cae contra el mundo, sino dentro de él, con una belleza que el resto parece haber dejado de notar.

La ciudad sigue siendo la misma: edificios de concreto, ventanales de cristal que devuelven reflejos fríos, autos que atraviesan la humedad como si arrastraran el cansancio del día. Pero, por alguna razón, esa figura parece pertenecer menos a la ciudad y más a la lluvia misma.

Como si no estuviera resistiéndola.

Sino leyéndola.

Los árboles, despojados y oscuros, bordean la calle como testigos discretos. Y sobre el suelo, las hojas empapadas forman una alfombra irregular que absorbe el peso del paso humano sin devolverlo con ruido. Todo contribuye a una sensación de suspensión: el mundo no avanza con urgencia, solo continúa.

El paraguas pasa.

Y durante ese breve intervalo, algo se altera sin romperse. No hay transformación evidente. No hay evento que señalar. Sin embargo, la mirada del entorno —si es que el entorno pudiera mirar— parece reorganizarse por un instante alrededor de ese color imposible.

Luego la figura se aleja.

Y la ciudad vuelve a su paleta habitual.

Pero queda una persistencia leve, casi imperceptible: la memoria de un color en medio de lo apagado, como si la lluvia hubiese recordado, por un segundo, que también puede ser hermosa.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.