Observadora

Por Fredsly Lizama

Es curioso, siempre observo.

Bueno, no a él específicamente. Observo todo. 

Supongo que es inevitable cuando uno vive en estas grandes torres de concreto, ghetos verticales disfrazados de modernidad, cajitas de fósforos apiladas unas sobre otras donde cientos de personas pasan la vida entera separadas apenas por unos cuantos centímetros de cemento.

Mi departamento da justo hacia otra de las torres. No es una vista particularmente inspiradora, pues no hay mar, no hay montañas, ni hay árboles. Solo ventanas, docenas de ventanas, cientos de ellas y detrás de cada una ocurre algo.

Al principio pensé que sería aburrido, me equivoqué.

Por ejemplo, está el hombre del piso diecisiete, el mujeriego. No conozco su nombre, ni que hace. Cada semana aparece acompañado por una mujer distinta: a veces altas, a veces bajas, rubias, morenas, pelirrojas. Una vez apareció con una mujer tan alta que durante varios días llegué a preguntarme si él se encogía o ella crecía cuando nadie los veía. Nunca duran demasiado, las visitas, quiero decir. Él sí, siempre permanece.

Luego está la madre de los niños chillones. No sé cuántos son exactamente: dos, tres, cuatro, cambian de velocidad demasiado rápido para contarlos. Corren, saltan, gritan, desaparecen, vuelven a aparecer, son una especie de fenómeno atmosférico. A veces la veo preparando desayuno mientras uno llora, otro corre y un tercero parece colgarse de su pierna como si estuviera escalando una montaña. Jamás he visto a esa mujer ganar una batalla, pero tampoco perder la guerra. Todos los días vuelve a levantarse. Eso debe contar para algo.

En el octavo vive una universitaria, estoy casi segura: nadie acumula tantos libros voluntariamente. Hay apuntes sobre la mesa, apuntes sobre el sofá, apuntes sobre la cama; una vez incluso juraría haber visto apuntes en el suelo de la cocina. Durante ciertas semanas desaparece del mundo, las luces permanecen encendidas hasta altas horas de la noche, el café se multiplica, las ojeras también. Luego, de pronto, duerme durante media tarde completa. Asumo que aprobó algo. Me gusta pensar que sí.

La muchacha de las cortinas coloridas es mi favorita. Tiene una habilidad extraordinaria para cantar canciones en idiomas que claramente no domina: las destruye, las despedaza, las masacra, y aun así continúa, con entusiasmo. Además, baila mientras cocina, baila mientras limpia, baila mientras habla por teléfono. Una vez la vi bailar sola en medio del living sosteniendo una cuchara de palo como si estuviera dando un concierto frente a miles de personas. Aquella actuación merecía aplausos. O una intervención profesional. Todavía no estoy segura.

Más arriba vive una pareja, los llamo los sincronizados. Siempre hacen todo juntos: salen juntos, llegan juntos, comen juntos, incluso riegan las plantas juntos. No sé cómo lo logran; si yo tuviera que regar una planta acompañada, probablemente terminaría discutiendo. Ellos parecen disfrutarlo. Una vez permanecieron casi veinte minutos sentados en el balcón sin hacer absolutamente nada: ni hablar, ni mirar el teléfono, ni leer, solo sentados, contemplando el atardecer. Los observé durante un buen rato intentando entender qué tenía de entretenido. Todavía no lo descubro.

En otro departamento vive el gamer. Es fácil reconocerlo: la luz azul de sus monitores ilumina la habitación incluso de madrugada. A veces celebra, a veces se enfurece, a veces levanta los brazos como si acabara de salvar el mundo. Una vez desapareció tres días completos; pensé que había salido de vacaciones. Cuando volvió, llevaba la misma polera negra. Aquello debilitó considerablemente mi teoría.

Y después está él; el hombre del departamento sin cortinas. Durante mucho tiempo pensé que ahí no vivía nadie. Era un lugar extraño: había un refrigerador, después apareció un hervidor, en algún momento una silla, y nada más. Ni cuadros, ni plantas, ni decoración, ni señales evidentes de existencia humana.

Hasta que una madrugada vi una luz, después otra y otra más. Siempre a esas horas en las que el edificio entero parece contener la respiración. Nunca lo veo durante el día, nunca al atardecer, nunca durante la noche. Solo cuando la ciudad duerme. A veces parece preparar café, otras veces sopa instantánea. Una vez pasó más de una hora inmóvil junto a la ventana, mirando hacia afuera, o hacia ninguna parte. Es difícil saberlo desde aquí.

He imaginado muchas vidas para él: médico, guardia nocturno, escritor, viudo, astronauta, aunque admito que la última teoría tiene ciertas debilidades.

Mientras tanto, las ventanas continúan encendiéndose y apagándose. La madre de los niños inicia sus mañanas, la universitaria sobrevive a los exámenes, la muchacha de las cortinas canta atrocidades musicales, los sincronizados riegan plantas, el gamer libra guerras digitales, el mujeriego recibe visitas y el hombre sin cortinas aparece cuando todos desaparecen.

A veces pienso que los arquitectos cometieron un error: creyeron que estaban construyendo departamentos, pero en realidad construyeron un gigantesco teatro. Cada ventana es un escenario, cada habitación una historia, cada luz encendida una función distinta. Y cada noche, sin excepción, alguien olvidó cerrar el telón.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.