Confesión
Por Fredsly Lizama
No quería estar allí.
Quería mejorar, sabía que necesitaba mejorar pero no quería estar allí.
Y mucho menos ser honesta.
Era más fácil sonreír y fingir que todo estaba bien, decir que la ansiedad era el problema. Señalarla como la única responsable de sus días malos, de su cansancio, de su incapacidad para disfrutar las cosas.
Pero eso era mentir por omisión, ocultar información de vital importancia, porque la ansiedad no era lo único: había algo más.
Algo que vivía en el fondo de sus pensamientos, que arrastraba cada uno de sus movimientos, que consumía su energía y la vaciaba un poco más cada día.
Un pensamiento persistente, una idea constante; la sensación de no querer estar allí.
Las mascotas ayudaban, muchísimo. De hecho, estaba convencida de que dependía más de ellas, que sus mascotas de ella. Le habían dado un objetivo, una razón para continuar, un motivo para levantarse incluso durante los peores días. Había días en los que apenas lograba salir de la cama, días en los que abrir los ojos ya parecía una tarea monumental. Y aun así lo hacía, por ellas.
Sólo por ellas.
Porque si ella no estaba, quedarían solas, y nadie las cuidaría como ella, sus mascotas eran su ancla, su faro.Y eso también la aterraba, pues no sabía qué haría el día que las perdiera, por eso siempre procuraba tener algo pendiente, algo más que añadir a la lista.
Libros por leer, materiales de arte por gastar, historias por escribir, viajes por realizar y objetivos interminables. Pequeños compromisos que le permitían convencerse de permanecer un día más. Y, aun así, el pensamiento seguía siendo el mismo.
No quiero estar aquí.
Con el tiempo dejó de saber si se refería a un lugar específico o a la vida misma.
Durante años fantaseaba con morir. No necesariamente con hacerse daño, simplemente con dejar de existir. Sabía que la muerte dolía, sabía que no existían finales limpios ni sencillos. Por eso sus fantasías siempre tomaban otros caminos.
Cuando era adolescente imaginaba que aquellos dolores de cabeza que la perseguían mes tras mes eran producto de un tumor. Entonces todo tendría sentido.
Sus padres lucharían por ella, harían hasta lo imposible por salvarla. La llevarían a hospitales, buscarían especialistas, intentarían rescatarla de aquello que crecía lentamente dentro de su cabeza. Y luego moriría.
Quizás durante una operación, quizás demasiado tarde, quizás después de años de negligencias médicas y consultas en las que le aseguraron que no era nada.
Pero moriría.
Y la culpa no sería suya.
Ese era el detalle importante, no sería una decisión propia, simplemente habría sucedido. Ella guardaría silencio y se dejaría llevar en paz.
Los otros escenarios también aparecían de vez en cuando, pero siempre terminaban descartados.
Los cortes dolían. Además, el proceso era largo, lento e incierto. Alguna vez pensó que arrojarse frente a un tren sería más rápido, pero enseguida imaginó a los pasajeros detenidos durante horas, los retrasos, los trabajadores obligados a limpiar el lugar.
Demasiadas personas afectadas, demasiadas molestias. Tampoco era una opción.
La ansiedad llegó primero.
Aquellos pensamientos llegaron después, sólo que era mucho más sencillo admitir la ansiedad, la ansiedad era comprensible, lo otro era vergonzoso, algo que debía permanecer oculto.
Resultaba irónico, había tardado años en buscar ayuda para la ansiedad; y aún más tiempo en reconocer la verdad.
Reconocer que quería morir, que no quería estar allí, que levantarse de la cama era un esfuerzo enorme, que cocinar era un esfuerzo enorme, que trabajar era un esfuerzo enorme, que existir era un esfuerzo enorme.
Tiempo atrás la atropelló un automóvil. Aún le costaba ver un vehículo blanco demasiado cerca sin sentir que el corazón se le paralizaba.
Se enfadó mucho después del accidente, todos creyeron que era por las cosas que se rompieron durante el impacto. Ella, los dejó creerlo, porque sólo ella conocía la verdad.
No estaba enojada por los daños, estaba enojada por estar viva. La velocidad del impacto debería haber dejado consecuencias peores. Mucho peores, sin embargo, sólo terminó con moretones y un miedo permanente a los vehículos blancos.
Un milagro. Eso fue lo que dijeron todos, pero ella conocía la otra versión de la historia, la que jamás admitiría en voz alta.
Durante semanas pensó que el conductor sólo tenía una misión. Y había fracasado. O tal vez su ángel de la guarda había estado demasiado atento aquel día. Fuera cual fuera la explicación, el resultado era el mismo.
Seguía viva.
Viva.
Llena de moretones.
Viva.
Con miedo.
Viva.
Con un nuevo trauma.
Viva.
Y sin nadie a quien culpar, sin accidentes, sin enfermedades terminales, sin excusas. Sólo ella y aquel deseo oscuro que se negaba a nombrar.
No quiero estar aquí.
No quiero estar aquí.
No quiero estar aquí.
No quería estar allí.
No quería estar allí cuando salió de la cama esa mañana.
No quería estar allí cuando tomó la micro.
No quería estar allí cuando llegó al edificio.
No quería estar allí mientras esperaba sentada, fingiendo revisar el teléfono.
Y definitivamente no quería estar allí ahora.
—Puede pasar.
Escuchó su nombre.
El corazón le golpeó las costillas.
Durante años había ensayado todas las formas posibles de escapar. Había aprendido a esconderse detrás de la ansiedad, detrás del cansancio, detrás de una sonrisa educada y respuestas automáticas.
Pero ya no quedaban más lugares donde esconderse.
Del otro lado, había un hombre esperando que dijera en voz alta aquello que había pasado años intentando callar; que estaba cansada, que tenía miedo, que no quería morir y, al mismo tiempo, que llevaba demasiado tiempo imaginando cómo sería dejar de existir. Sin embargo, sus mascotas eran su ancla, seguía aquí por ellas.
El atropello la había dejado furiosa porque había sobrevivido y estaba agotada de fingir; necesitaba ayuda.
Se puso de pie.
No se sentía mejor, no se sentía valiente, ni se sentía curada. Pero dio un paso, luego otro. Y otro más, hasta que cruzó el umbral.
Quizá mejorar, comenzaba así, no cuando desaparecían los pensamientos oscuros, sino cuando, por primera vez, encontraba el valor para admitir que estaban allí.
Sobre el autor
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
