Ángel

Por Fredsly Lizama

Estoy convencida de que cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda.

No sé si es una creencia, una esperanza o simplemente una idea que me gusta demasiado como para dejarla ir.

Tampoco sé si son exactamente como los pintan en los cuadros antiguos, con túnicas blancas, alas enormes y aureolas doradas. La verdad, me cuesta imaginarlos así.

Me gusta pensar que son mucho más cercanos, más cotidianos, más humanos. No humanos de carne y hueso, claro; pero sí humanos en la forma en que el tiempo los va moldeando.

Porque si un ser pasa toda una vida acompañando a una persona, observándola día tras día, viendo sus alegrías, sus fracasos, sus manías, sus virtudes y sus defectos, ¿cómo no va a terminar pareciéndose un poco a ella?

A veces imagino que algunos guardianes observan desde la distancia.

Como esos padres que dejan que sus hijos aprendan a caminar solos, pero que siguen manteniendo los brazos extendidos por si acaso tropiezan. Otros, en cambio, siento que son mucho más cercanos. Que aparecen en nuestras vidas sin que los reconozcamos.

Tal vez son aquella anciana que aparece de la nada para darte un consejo que no sabías que necesitabas escuchar. Quizás son aquel desconocido que se sienta a tu lado en una sala de espera y termina diciéndote exactamente lo que necesitabas oír. Quizás son ese hombro sobre el que lloras una sola vez en tu vida durante un viaje en autobús. Quizás son esa persona que vuelve a aparecer una y otra vez en tus sueños durante años.

No para decidir por nosotros. No para obligarnos. No para controlar nuestras vidas.

Sólo para acompañarnos.

Para señalar caminos. Para advertirnos cuando una dirección parece peligrosa. Para mostrarnos una puerta.

Pero nunca para obligarnos a cruzarla, porque creo que esa es la parte más hermosa de todo esto.

Un ángel puede enseñarte el camino, mas la decisión final siempre será tuya.

Y quizás por eso me gusta tanto imaginarlos.

No a los ángeles en general, sino a los ángeles de las personas, porque estoy convencida de que terminan convirtiéndose en reflejos amorosos de quienes cuidan.

Por ejemplo, el de mi madre.

Estoy segura de que huele a pan recién horneado.

No me preguntes por qué, simplemente lo sé.

Lo imagino usando un delantal cubierto de harina, con las mangas remangadas, las manos tibias, con una sonrisa capaz de hacer sentir bien a cualquiera. Debe ser de esos seres que siempre saben cuándo alguien necesita comer algo, descansar un rato o recibir un abrazo.

Y cuando observa a mi madre cuidando de otros, probablemente sonría con orgullo.

El de mi padre es distinto. Mucho más serio. Tiene el ceño fruncido permanentemente, no porque esté molesto, simplemente porque así es su cara.

Creo que pasa buena parte de su tiempo revisando herramientas, inspeccionando escaleras, calculando riesgos, preguntándose por qué alguien sigue utilizando una llave inglesa que claramente debió jubilarse hace quince años.

Entonces ve a mi padre usando exactamente esa herramienta.

Suspira. Niega con la cabeza.Y vuelve a comenzar.

Estoy segura de que se quieren mucho.

Pero también estoy convencida de que ese pobre ángel vive al borde de un colapso nervioso.

Después está el de mi hermana mayor.

Ese me hace reír.

Durante años seguramente intentó hacer bien su trabajo con responsabilidad, con profesionalismo, con compromiso. Luego se cansó. Llegó un punto donde simplemente aceptó la realidad.

Ahora me gusta imaginarlo sentado junto a ella en una fiesta, con un vaso en la mano, observando a la nueva pareja de turno.

—¿Y este cómo se llama? —pregunta.

Porque después de cierto número ya resulta imposible llevar la cuenta.

Creo que terminaron haciéndose amigos. Muy amigos. Tal vez incluso cómplices. Quizás cuando ella sale de parranda, él también. Quizás cuando ella baila, él baila.

Y quizás hace mucho tiempo comprendió que la mejor forma de cuidar a algunas personas no es intentar detenerlas.

Es acompañarlas.

Mi hermana menor tiene un ángel completamente diferente. Es suave, esponjoso, cálido. No sé si parece una nube o un gato gigante.

A veces una cosa. A veces la otra. Depende del día.

Tiene esa tranquilidad que poseen algunas personas cuya sola presencia hace que todo se sienta un poco mejor.

No necesita hacer nada extraordinario, sólo estar.

Como la luz del sol entrando por una ventana en invierno, como una manta recién sacada de la secadora, como una tarde tranquila.

Y luego está mi hermano.

Mi pobre hermano.

Su ángel merece una medalla. Una pensión vitalicia. Una jubilación anticipada.

Y probablemente terapia.

Mi hermano posee un historial de accidentes tan impresionante que sospecho que en algún lugar del cielo existe una oficina exclusivamente dedicada a documentar sus incidentes.

Cada vez que algo sucede, imagino a su guardián corriendo de un lado para otro. Desplumado. Agotado. Con tres tazas de café encima. Sin uñas que morder ni mechones de cabello que arrancarse. Con una solicitud de vacaciones permanentemente rechazada.

—Por favor —debe suplicar cada cierto tiempo—. Una semana. Sólo una semana.

Entonces mi hermano encuentra una nueva forma de terminar en urgencias, la solicitud vuelve al cajón y el ciclo continúa.

Hay días en que imagino a ese pobre ángel llegando a su nube al final de la jornada, sentándose en silencio, mirando el horizonte.

Y diciendo:—Seguimos vivos.

Como si eso, por sí solo, ya fuera una victoria monumental.

Y mientras imagino a todos esos guardianes trabajando horas extra, inevitablemente termino pensando en el mío.

Y aquí es donde probablemente debería sentir un poco de culpa.

Porque sospecho que el mío vive de vacaciones, no siempre, pero si la gran mayoría del tiempo.

Ha tenido momentos difíciles, momentos en que seguramente tuvo que esforzarse bastante; pero en términos generales creo que lleva una existencia bastante relajada.

Lo imagino acostado sobre una nube, con una manta cómoda, un libro en su regazo, una margarita en una mano y mirando hacia abajo cada cierto tiempo.

—¿Respira?

Sí.

—Perfecto.

Y vuelve a su descanso.

Quizás tenga un calendario. Quizás marque los días sin incidentes. Quizás la mayoría de los meses estén completos.

Pero el problema es que una vez que comienzas a pensar en los ángeles guardianes ya no puedes detenerte.

Empieza siendo tu familia. Luego tus amigos. Después tus vecinos.

Y antes de darte cuenta estás observando desconocidos por la ventana e inventando vidas enteras para los seres invisibles que los acompañan.

A veces veo una profesora cargando cuadernos y pienso que su pobre ángel debe corregir pruebas junto a ella hasta las dos de la madrugada, sentado frente a una montaña de evaluaciones, con una taza de café invisible… intentando descifrar una letra que parece haber sido escrita durante un terremoto.

Cuando veo a un conductor de micro tomando una curva con demasiada confianza, imagino a su ángel sujetándose de las alas, completamente convencido de que en una vida anterior debió haber sido copiloto de rally. Y cuando el conductor frena de golpe, ahí está él también, apoyando una mano contra un tablero imaginario mientras suspira profundamente.

A veces veo a una cajera amable después de un día difícil, una de esas personas que sonríen incluso cuando el mundo parece empeñado en ponerlas a prueba. Entonces me pregunto si su ángel tendrá la misma sonrisa o si será él quien cada mañana le recuerda que una palabra amable puede cambiarle el día a alguien.

Hay una señora que suele subir al autobús cargando bolsas llenas de verduras y flores, nunca he hablado con ella. Ni siquiera sé su nombre. Sin embargo, estoy convencida de que su ángel huele a tierra húmeda después de la lluvia.

Una vez vi a un anciano alimentar palomas en una plaza, su guardián, decidí inmediatamente, debía tener migas de pan en los bolsillos, y seguramente conocía a cada ave por nombre.

También están los estudiantes. Esos seres agotados que caminan con apuntes bajo el brazo y el alma apenas sostenida por la cafeína. Imagino a sus ángeles cargando mochilas invisibles, revisando fechas de entrega, persiguiendo trabajos atrasados. Intentando desesperadamente que recuerden dormir al menos cuatro horas.

Los músicos deben tener guardianes curiosos. Ángeles que aprendieron a amar canciones que jamás habrían escuchado por cuenta propia.

Los jardineros probablemente terminan con ángeles que hablan con las flores.

Los pescadores con guardianes que conocen el lenguaje del mar.

Los bibliotecarios con ángeles que leen por encima de sus hombros.

Los veterinarios con guardianes cubiertos de pelos.

Y los escritores…

Ay, los escritores.

Sus pobres ángeles probablemente pasan media vida observándolos quedarse mirando un punto fijo durante cuarenta minutos para luego escribir una sola línea. Estoy convencida de que los ángeles de los escritores se reúnen entre ellos para intercambiar consejos de supervivencia. Porque ninguna otra explicación parece razonable.

Y mientras más pienso en ello, más me convenzo de algo.

Tal vez los ángeles terminan pareciéndose tanto a sus protegidos que resulta imposible saber quién influye a quién.

Quizás el ángel de la maestra aprendió paciencia observándola. Quizás el del músico terminó enamorándose de la música. Quizás el del jardinero aprendió a cuidar flores. Quizás el del conductor también se irrita cuando alguien toca el timbre dos veces seguidas. Quizás el del panadero aprendió a reconocer el olor exacto del pan recién salido del horno. Quizás el del médico también se preocupa demasiado. Quizás el del niño curioso terminó haciéndose curioso. Quizás el del anciano sabio terminó volviéndose sabio.

Y quizás, después de una vida entera acompañando a alguien, ambos terminan transformándose un poco el uno en el otro.

Por eso me gusta mirar a las personas.

No por curiosidad. O no solamente por curiosidad. Sino porque siento que cada una lleva consigo una historia invisible, una compañía invisible.

Una presencia que nadie más ve.

A veces, cuando voy sentada junto a una ventana observando la ciudad pasar, imagino una segunda ciudad superpuesta sobre la nuestra.

Una ciudad invisible. Tan grande como esta. Tan viva como esta. Llena de guardianes.

Algunos agotados, otros orgullosos, algunos pacientes, otros desesperados, algunos caminando tranquilamente con las manos en los bolsillos, y otros corriendo detrás de sus protegidos mientras intentan evitar una nueva catástrofe.

Hay ángeles que seguramente toman notas. Ángeles que organizan horarios. Ángeles que necesitan vacaciones. Ángeles que celebran pequeñas victorias. Ángeles que se emocionan. Ángeles que se preocupan. Ángeles que observan.

Una ciudad entera coexistiendo con la nuestra, una ciudad que jamás vemos.

Y entonces miro a las personas subir al autobús. Cruzar una calle. Entrar a una tienda. Volver a casa después del trabajo. Abrazar a alguien. Llorar. Reír. Vivir.

Y no puedo evitar preguntarme:

¿Cómo será el ángel de esa persona? ¿Qué cosas le preocuparán? ¿Qué cosas admirará de ella? ¿Qué historias habrá presenciado que nadie más conoce?

Porque si alguien ha estado contigo desde el primer día de tu existencia, debe conocerte mejor que nadie. Debe haber visto todas tus versiones, y aun así sigue ahí.

Y quizás esta idea no sea más que una fantasía, tal vez los ángeles no existan, quizás todo esto sea simplemente una historia que me gusta contarme.

Pero hay días en que el mundo se siente un lugar más amable cuando pienso en ello, hay días en que me gusta creer que nadie está completamente solo. Que incluso quien se siente perdido tiene una presencia silenciosa acompañándolo.

Y que, en algún lugar, justo más allá de lo que nuestros ojos pueden ver, existe una ciudad entera de guardianes observándonos crecer.

Y quizás esa sea la forma más pura del amor.

Permanecer. Sin condiciones. Sin reconocimiento. Sin esperar nada a cambio. Simplemente permanecer.

Toda una vida.

Como una estrella que sigue brillando, aunque nadie levante la vista para verla.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.