Yo tenía Diez amigos

Por Fredsly Lizama

Yo tenía diez amigos y una certeza absurda: nada malo podía pasarnos mientras siguiéramos juntos.

Nos conocíamos desde antes de aprender a mentir, cuando el mundo todavía era un lugar que se atravesaba corriendo. El barrio era duro, pero nosotros no lo sabíamos. Jugábamos entre calles rotas creyendo que eran pistas de carreras, y los gritos que salían de las casas eran solo ruido de fondo. La violencia, las drogas, los golpes, todo eso existía, pero no nos tocaba. Nuestra inocencia nos protegía. Y cuando no alcanzaba, nos protegíamos entre nosotros.

El primero cayó muchos años después.

De niño, era el que siempre compartía la colación, el que inventaba juegos cuando no había nada, el que se quedaba hasta tarde contando historias que nadie más sabía contar. Al crecer empezó a llegar tarde; luego, llegaba con los ojos apagados para, finalmente, dejar de llegar. La última vez que lo vi, estaba sentado en la vereda, hablando solo, como si alguien todavía lo escuchara y, días después, supe que lo habían encontrado en un baño ajeno con una aguja aún tibia en el brazo.

No hubo funeral que se sintiera suficiente ni condolencia que borrara la injusticia.

La segunda fue ella.

De niña, decía que odiaba su nombre y que no le pertenecía. Jurábamos que nunca seríamos como los adultos que veíamos romperse a nuestro alrededor. Pero, años después, anunció que se cambiaría el nombre porque necesitaba empezar de cero. Dijo que nosotros representábamos una vida que ya no le servía. La vi tiempo después en redes, se destruyó a sí misma, se quemó y, desde sus propias cenizas, moldeó y creó a su nueva yo.

Fue ahí cuando entendí que algunas personas no se van, sino que se reescriben hasta volverse irreconocibles.

El tercero desapareció en el bosque.

De niños, decíamos que allí vivían criaturas invisibles que nos cuidarían si entrábamos juntos. Él fue solo. Pasaron los días, las búsquedas, las esperanzas que se fueron apagando una por una. Cuando lo encontraron, no quedaba de él más que lo suficiente para confirmar que había sido él. Nunca supe si se perdió, si cayó o si decidió no volver.

Desde entonces, los árboles me parecen menos inocentes.

El cuarto murió en un accidente.

De niño, se subía a cualquier cosa con ruedas y decía que nada podía pasarle, amaba la velocidad. Creció rápido, demasiado rápido, como si el tiempo lo persiguiera y él creyera que podía dejarlo atrás acelerando. Decía que manejaba mejor cuando iba rápido, que el miedo era para otros. Aquella noche llovía, el auto quedó irreconocible; el árbol, intacto.

Desde ahí, aprendí que la confianza ciega también mata.

El quinto tomó una mala decisión.

Nunca fue violento de niño. Al contrario, era de los que separaban las peleas, de los que ponían el cuerpo entre dos que no sabían parar. Pero el miedo, la rabia y el abandono hacen cosas extrañas con los hombres que no aprendieron a nombrarlos. Hubo alcohol, una discusión absurda y un cuchillo que apareció demasiado fácil. Mató a un hombre. Nunca llegó a enfrentar la justicia: la familia del muerto decidió que el juicio era demasiado lento y lo encontró antes. Es así que decidieron hacer justicia por sus propias manos.

Desde entonces, cada vez que alguien habla de venganza, siento frío.

El sexto fue el único que pareció salvarse.

Siempre fue callado y, mientras los demás sobrevivíamos como podíamos, él estudiaba, ganó una beca y se fue al extranjero. Nos prometimos escribirnos, visitarnos, no olvidarnos. Al principio cumplimos, luego, cada mensaje tardó más que el anterior, hasta que el silencio se instaló sin que nadie lo declarara. Hoy vive lejos y bien, y me alegra. Me alegra de verdad.

Aunque su ausencia también cuenta como pérdida.

La séptima se vendió a sí misma.

No lo dijo así, dijo que era lo que había y que no todos pueden elegir. De niñas, soñábamos con escapar juntas, con que el mundo de afuera sería más amable que el de adentro. Ella se quedó. Años después, la vi maquillada como si llevara una armadura, hablando con una voz que no le pertenecía, sonriendo para alguien que no era ella.

Su cuerpo seguía allí, pero ella no.

El octavo encontró refugio en la religión.

Buscaba paz, orden, un lugar donde las cosas tuvieran sentido y lo encontró, o eso dijo: se volvió pastor. Y nos habló como si estuviéramos perdidos, con esa mezcla de amor y lástima que tienen los que creen haber encontrado la única salida. Tal vez tenía razón, tal vez todos estábamos perdidos y él fue el único que lo admitió en voz alta. Después, dejó de responder las llamadas.

Entendí que, a veces, la fe también separa.

El noveno simplemente cambió de amigos.

No hubo traición ni pelea, no hubo una última conversación que pudiera recordar como despedida. Un día, dejó de estar. Nuevos círculos, nuevas prioridades, una vida que lo llevó por un camino donde yo ya no cabía, o donde él ya no quiso que cupiera.

Aprendí que algunas despedidas no duelen en el momento. Duelen años después, cuando, de repente, te acuerdas, pero ya no hay nada que hacer.

Con el último discutí.

Fueron diferencias pequeñas que crecieron despacio sin que ninguno de los dos las detuviera a tiempo. Él cayó en el alcohol. Yo, en el orgullo. Nunca volvimos a hablar sobrios, nunca encontramos el momento exacto en que las palabras todavía hubieran servido de algo. Años después, supe que estaba en la cárcel. A alguien hizo enojar y allí lo mataron.

Nunca alcancé a despedirme, nunca alcancé a pedir disculpas. No hubo lágrimas que fueran suficientes.

Y, entonces, no quedaba ninguno.

Durante mucho tiempo, me dije que el tiempo se los había llevado uno a uno. La vida, la muerte y las decisiones ajenas habían vaciado el grupo. Me decía que yo había sobrevivido por alguna razón que no entendía, pero que debía significar algo.

Era más fácil creerlo así.

Pero hay una verdad que me cuesta mirar de frente, una que llevo años esquivando con la misma habilidad con que de niña esquivaba los gritos en los pasillos. Una verdad que no tiene la forma de una tragedia ni de una traición, sino de algo mucho más difícil de nombrar: la culpa silenciosa de quien se salva.

Yo fui la primera en irme.

Me cambié de ciudad. Salí del barrio, escapé del infierno que compartíamos, ladrillo por ladrillo, con la determinación callada de quien no mira atrás porque sabe que, si lo hace, no podrá seguir. Mientras ellos buscaban cómo sobrevivir en el único mundo que conocían, yo aprendía a respirar sin miedo en uno nuevo. Me llevé los recuerdos y los llamé hogar, sin entender del todo que, al hacerlo, también los estaba dejando atrás.

No los abandoné con malicia. No hubo una decisión consciente, ningún momento en que eligiera salvarme a mí antes que a ellos. Pero eso, descubro ahora, no me absuelve. Las omisiones también pesan, como las llamadas que no hice o las veces que estuve demasiado ocupada construyendo mi vida nueva para preguntar cómo iban las suyas.

Hoy, sigo aquí, aferrada a una infancia que ya no existe, preguntándome si sobrevivir fue también una forma de abandono.

Si crecer fue salvarme, o dejarlos atrás. O, si acaso, hay alguna diferencia entre las dos.

Sobre el autor

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.