El espejo de la multitud

Por Liz Gabriel

Hubo un tiempo en que las plazas se llenaban para presenciar ejecuciones. La gente acudía con la misma curiosidad con la que hoy abre una publicación polémica: observaban, comentaban, emitían juicios. Algunos celebraban, otros callaban; pero todos participaban de un mismo ritual: la necesidad de ver caer a alguien.

Nos gusta creer que hemos evolucionado desde entonces; que somos más civilizados, más conscientes, más humanos. Sin embargo, basta abrir cualquier red social para descubrir que la multitud sigue ahí. No ha desaparecido: solo cambió de escenario. Ya no necesita una plaza; le basta una pantalla.

Cada día aparecen nuevas acusaciones, nuevos conflictos, nuevos culpables. A veces existen pruebas, a veces no; a veces hay hechos, otras veces solo sospechas, interpretaciones o relatos incompletos. Pero eso parece importar cada vez menos: lo verdaderamente importante es la velocidad. La condena siempre corre más rápido que la verdad y la multitud, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia humana, rara vez se detiene a preguntar si aquello que destruye merece realmente ser destruido.

Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, parece que hemos perdido la capacidad de conversar. Lo que podría resolverse con palabras termina convertido en una guerra; lo que podría aclararse mediante el diálogo termina transformándose en hostigamiento; lo que podría ser una diferencia de opiniones acaba convertido en una campaña de desprestigio. 

Las redes sociales no inventaron la crueldad: la hicieron visible. Nos permitieron observar algo que siempre estuvo allí: la facilidad con que el ser humano puede convencerse de que su agresión es legítima cuando logra disfrazarla de justicia. Porque pocas cosas resultan tan peligrosas como una persona convencida de que tiene derecho a destruir a otra.

En nombre de la verdad se miente, en nombre de la defensa se acosa, en nombre de la transparencia se vulnera la intimidad, en nombre de la justicia se cometen injusticias. Y todo ocurre mientras quienes participan se sienten moralmente superiores, protegidos por la tranquilidad de creer que están del lado correcto de la historia. Pero la realidad suele ser mucho más incómoda: la difamación rara vez nace de la nobleza; con frecuencia nace del orgullo, del resentimiento, de heridas que nunca sanaron, de la necesidad desesperada de tener razón y, muchas veces, de un miedo profundo a reconocer aquello que habita dentro de nosotros mismos.

Existe una razón por la que ciertas personas persiguen defectos ajenos con una intensidad casi obsesiva: porque resulta más sencillo señalar la oscuridad de otros que enfrentarse a la propia. Es un mecanismo tan antiguo como la humanidad: acusamos para desviar la mirada, condenamos para sentirnos superiores, exponemos para no quedar expuestos, y terminamos convirtiendo a otros en el receptáculo de todo aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos. Por eso la difamación suele tener algo de espejo. Quien arroja barro rara vez sale limpio; tarde o temprano, la violencia revela más sobre quien la ejerce que sobre quien la recibe.

Lo verdaderamente trágico es que las consecuencias son reales. Detrás de cada nombre convertido en tendencia existe una persona que debe seguir viviendo cuando la multitud se aburre y busca un nuevo objetivo; existe alguien que debe reconstruir vínculos dañados, reputaciones destruidas y heridas que no aparecen en ninguna fotografía. Porque las palabras no dejan cicatrices visibles, pero dejan cicatrices… y algunas duran años.

Quizás por eso resulta inquietante observar cuánto hemos avanzado tecnológicamente sin resolver problemas que nos acompañan desde el comienzo de nuestra historia. Hemos aprendido a enviar información al otro lado del planeta en segundos, pero seguimos tropezando con los mismos impulsos: el ego, la soberbia, la necesidad de castigar, el placer de sentirnos moralmente superiores. Nos gusta pensar que el peligro está en las plataformas, que el problema son los algoritmos, que la culpa pertenece a las redes; pero las redes son solo el reflejo. 

El verdadero desafío sigue siendo el mismo que enfrentaron todas las generaciones anteriores: aprender a convivir con nuestras propias sombras. Porque el día en que confundimos el acoso con justicia, la humillación con verdad y la crueldad con virtud, no solo dañamos a otros; también renunciamos a una parte esencial de nuestra humanidad. Y quizás esa sea la derrota más silenciosa de todas.

Sobre el autor

Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.