De ventana a ventana

Por Fredsly Lizama

La distancia que los separaba no era mucha. Desde su ventana, Elías alcanzaba a verlo trabajar todos los días: un joven instalado junto al gran ventanal del edificio de enfrente, puntual a las once de la mañana, sin importar si afuera había sol o lluvia. Era como si necesitara ver el exterior para no sentirse encerrado en aquella jaula de cristal.

En ocasiones el joven se quedaba mirando hacia afuera, igual que un niño perdido, tal vez buscando la inspiración que no encontraba. Elías nunca supo a qué se dedicaba, aunque de seguro no era algo demasiado rígido ni formal; el joven siempre vestía de manera relajada, incluso colorida a veces, con una ligereza que contrastaba con el traje y corbata que el propio Elías llevaba desde hacía más años de los que quería contar.

Desde que se percató de su presencia, observarlo desde la cuadrada ventana de su oficina se había vuelto una especie de costumbre. Quizás era su subconsciente tratando de mostrarle lo que podría haber sido su juventud si la hubiera disfrutado con más libertad. Aunque, para ser honesto consigo mismo, eso nunca estuvo alineado con su personalidad. Si tuviera la oportunidad de volver atrás, probablemente tomaría el mismo camino que ya había tomado. Pero no podía negar que observar al joven se había convertido en un deleite silencioso, parecido a contemplar un cuadro vivo.

Todo había comenzado casi un año atrás. Los arrendatarios del piso seis del edificio de enfrente habían cambiado, o bien habían decidido dejar de cubrir los ventanales como si vivieran en un claustro, dejando el vidrio desnudo, como si ya no tuvieran nada que ocultar. Elías había sido testigo del cambio; era imposible no notarlo, rompía con la monotonía del lugar.

Los dos edificios estaban casi juntos, destinados a oficinas. Uno moderno, lleno de grandes ventanales, contrastaba con la antigua edificación donde él trabajaba. Y bajo esas circunstancias era natural notar aquellos cambios: el color nuevo de los muebles, la apertura visual repentina, y la llegada de aquel joven que parecía iluminar todo con su simple presencia.

Parecía no adaptarse al tiempo, sino que el tiempo se adaptaba a él. Era ver un cuadro viviente a la distancia, una distancia que tornaba difusos los detalles y dejaba todo en manos de la hiperactiva imaginación de Elías.

A veces Elías se preguntaba si el joven también miraba hacia afuera con curiosidad. Si también se distraía viendo las nubes, si contemplaba con una felicidad inexplicable los árboles florecer, esas escuálidas ramas llenarse de color y dar vida a la aburrida ciudad. Quería preguntarle por qué había elegido ese lugar junto a la ventana. ¿También observaría el edificio de enfrente como si cada ventana fuera un cuadro diferente?

Mientras que la rutina de Elías era inquebrantable —reuniones siempre a la misma hora, documentos que revisar y firmar, salida puntual a las seis de la tarde—, lo del joven era dinámico. A veces salía y dejaba sus cosas allí, siendo acariciadas por el sol. Otras veces se movía como un león enjaulado mientras hablaba por teléfono. Sus colegas en ocasiones se sentaban junto a él, aunque la mayoría del tiempo estaba solo, con una expresión indescifrable. Y a veces, cuando Elías ya partía rumbo a su vacío hogar, el joven seguía allí, trabajando bajo la luz artificial mientras la noche caía sobre la ciudad.

Los días de invierno hacían que oscureciera mucho más temprano, lo que volvía aún más notable esa luz encendida en el edificio vecino. Pero ese martes en particular, Elías tenía una prisa distinta: Rocky lo esperaba, y Rocky odiaba perder su paseo diario. Aunque odiaba mucho más la lluvia. Si la lluvia fuera una persona, su querido perro ya la habría mordido —tristes efectos de haber sido callejero en su juventud, en medio de las tormentas de invierno.

No demoró mucho en llegar a casa. Su lindo quiltro lo esperaba junto a la puerta, moviendo la cola con una felicidad que parecía demasiado grande para caber en ese cuerpo pequeño, saltando hacia él en cuanto abrió. Era el momento de los mimos, de acariciar ese pelaje suave y abrazarlo fuerte. Ya no era el cachorrito feo que había recogido en la calle; había crecido igual que la mala hierba, pero por alguna razón Elías siempre lo vería como un cachorro.

No fue difícil ponerle el arnés y salir a la plaza arbolada. El sol se escondía detrás del paisaje cordillerano en un espectáculo que nunca dejaba de sorprenderle: los últimos tonos naranjos fundiéndose con el violeta, el azul y el negro del anochecer. Las montañas parecían tan cercanas a pesar de lo realmente lejanas que estaban.

Sintió un tirón en la correa. Rocky, impaciente, ya había tomado la decisión por los dos: se lanzó hacia un joven que pasaba cerca, reclamando caricias con toda la desfachatez de quien nunca ha conocido el rechazo.

—Eres una cosita muy bonita y simpática —dijo el joven, agachándose para acariciar el hocico de Rocky, que movía la cola como si fuera un ventilador, prácticamente levitando de felicidad.

Elías lo miró. El joven no parecía mayor de veintitantos, aunque las apariencias engañaban —él mismo era el mejor ejemplo, con sus treinta y cinco años y la cara que aún le regalaba los veinte. Una gabardina beige lo cubría del frío. Su cabello, cobrizo bajo la calidez de los faroles, brillaba suavemente. Sus ojos pardos sonreían. No era nada mal parecido. Tenía algo relajado, despreocupado, y extrañamente familiar.

—Te diría que tuvieras cuidado con Rocky, pero ya viste lo excesivamente amigable que es —dijo Elías, casi con culpa de que su perro poco más y se le tirara encima al desconocido a pedir cariño.

Fue entonces que sus ojos se encontraron, y el joven pareció anotar algo en ese instante.

—Oh, hola. —Su sonrisa se ensanchó. Había reconocimiento en ella—. Yo te conozco.

Elías frunció el ceño levemente, y justo cuando iba a preguntar, el joven continuó:

—Eres el del edificio que colinda con el mío. Nuestras ventanas están enfrentadas. —Señaló hacia algún punto del horizonte urbano.

El aire se detuvo un segundo. Era él, era el joven al que durante casi un año había observado desde su oficina, el cuadro vivo, el rayo de sol en medio de la monotonía gris. Y por lo visto, no era el único que miraba.

—Es la primera vez que nos vemos fuera del marco de nuestras ventanas —se rió el joven—. Es como ver cobrar vida a un cuadro de galería.

Elías sonrió, un tanto incómodo de haber sido notado, de que supieran que él observaba. Pero las palabras que siguieron sellaron todo.

—Me llamo Uriel. No me molesta que me observes… —hizo una pausa breve, con esa sonrisa que parecía saber demasiado—. Porque yo también te he observado pero ya te vi demasiado desde lejos, y ahora quiero conocerte.

Rocky, ajeno a todo, seguía moviendo la cola.

Y Elías, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.

Solo supo que ya no quería estar del otro lado de la ventana.

Sobre el autor

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.