Antes del amanecer

Por Liz Gabriel

Todavía no sale el sol. 

La costa permanece sumergida en una penumbra azulada donde el mar y el cielo parecen confundirse en una misma masa oscura. El frío se adhiere a la piel; el viento sopla con esa humedad salobre que corroe la madera, las manos y los años.

En una caleta cualquiera de Chile, un motor rompe el silencio; luego otro y otro más. Las embarcaciones comienzan a desprenderse lentamente de la orilla como sombras que regresan a un lugar que conocen de memoria. No hay espectadores, no hay aplausos: solo hombres y mujeres ajustando cuerdas gastadas, revisando redes remendadas decenas de veces y preparando una jornada cuyo resultado nadie puede garantizar.

El mar nunca firma contratos, nunca promete nada: puede entregar abundancia o regresar vacío; puede mostrarse sereno al amanecer y convertirse en amenaza antes del mediodía. Quienes viven de él lo saben; lo han aprendido después de años observando el movimiento de las corrientes, el color del horizonte, la dirección de las aves y el lenguaje invisible de las mareas.

Mientras gran parte del país duerme, ellos ya trabajan y lo han hecho durante generaciones. Mucho antes de que existieran carreteras, puertos modernos o sistemas de navegación satelital, los pescadores ya salían a enfrentarse a la inmensidad del océano impulsados por una necesidad tan antigua como la humanidad misma: regresar a casa con alimento.

Hay algo profundamente humano en esa escena que se repite cada madrugada a lo largo de más de cuatro mil kilómetros de costa; algo que permanece inalterable pese al paso del tiempo. Porque la pesca artesanal no es únicamente una actividad económica: es una forma de resistencia. Resistencia frente al clima, frente a la incertidumbre y frente a un mundo que parece avanzar cada vez más rápido, dejando atrás los oficios construidos con paciencia, experiencia y esfuerzo físico.

Las manos de un pescador cuentan historias que pocas veces aparecen en los registros oficiales: historias de madrugadas interminables, de tormentas enfrentadas en silencio, de motores averiados lejos de la costa y de jornadas enteras cuyo único premio es la posibilidad de volver al día siguiente. Son manos endurecidas por la sal, por las cuerdas y por el trabajo; manos que sostienen una tradición transmitida de padres a hijos, de madres a hijas, a través de conocimientos que difícilmente pueden aprenderse en un libro.

Sin embargo, pese a la importancia de su labor, el pescador suele permanecer fuera del foco. Su trabajo ocurre lejos de las ciudades, lejos de las cámaras y lejos de las conversaciones cotidianas; lo vemos en el resultado, pero rara vez pensamos en el recorrido. Olvidamos que detrás de cada pescado que llega a una mesa existe una persona que se levantó cuando aún era de noche, que desafió el frío y la incertidumbre, y que apostó su jornada a la voluntad cambiante del mar.

Por eso el Día del Pescador no debería ser únicamente una fecha conmemorativa: debería ser una oportunidad para mirar hacia la costa y reconocer a quienes continúan realizando una de las labores más exigentes y honestas que existen. Personas cuyo esfuerzo sostiene economías locales, preserva tradiciones centenarias y mantiene vivo un vínculo con el mar que forma parte esencial de la identidad de Chile.

Mañana, antes del amanecer, cuando la mayoría aún permanezca dormida, los motores volverán a encenderse, las embarcaciones volverán a internarse en la oscuridad y en algún lugar del horizonte—allí donde comienza el día mucho antes que para el resto de nosotros—, los pescadores volverán a hacer lo que han hecho siempre: confiar en el mar y trabajar.

Sobre el autor

Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.