Simplemente yo

Por Fredsly Lizama

Aprendí a mover los hilos antes de saber que lo hacía.

No fue de golpe. Fue lento, casi imperceptible, como cuando el agua se filtra por una grieta y uno no lo nota hasta que ya todo está húmedo por dentro. Fue en el espejo del baño de mi casa, con trece años, probando sonrisas. Una. Otra. Corrigiéndolas como quien ajusta un cuadro torcido. Estudiando mi propia cara como si fuera un vestuario que debía ponerme cada mañana antes de salir.

No quería ser otra persona. Quería, simplemente, dejar de ser un problema.

Yo era la marioneta… y también la marionetista.

Y debajo de todo eso —debajo de cada gesto ensayado, de cada reacción calculada— había algo más. Una capa tras otra, como una cebolla, ocultando algo que nunca desapareció, pero que se volvió difícil de ver.

Mi yo real.

No estaba perdido. Solo estaba demasiado enterrado bajo capas de adaptación.

Creo que empecé a sentirlo con más claridad en la adolescencia. Aunque todos en esa etapa sienten que no encajan, que son distintos, que nadie los entiende. Pero en mi caso había algo más. No era solo una sensación pasajera.

Era constante.

Antes del espejo estaba la observación. Siempre había estado la observación. Mientras los demás hablaban, yo miraba. Mientras los demás reaccionaban, yo analizaba. Cada gesto, cada cambio de tono, cada milisegundo de silencio antes de una respuesta. Tenía una colección interna de situaciones imaginarias: conversaciones que nunca habían ocurrido pero que yo había ensayado con minucia, qué decir si alguien preguntaba esto, cómo reaccionar si pasaba aquello, qué expresión usar. Porque si no lo hacía, algo en mí no funcionaba como en el resto.

Yo no fluía. Yo reproducía, y aun así, siempre quedaba un paso atrás.

Alguien decía algo y todos reían, y yo reía también, pero tardísimo, cuando ya había descifrado la capa implícita que nadie había explicado en voz alta. Cuando ya el momento había pasado. Ese segundo de desfase que nadie notaba excepto yo, y que me dejaba en el pecho una sensación extraña, como de leer un libro al que le faltaran páginas clave. Alguien mencionaba «el gatito» y yo veía literalmente un hombre sosteniendo un gato, y luego venía la corrección, la risa, la explicación. Y ahí estaba yo, aprendiendo un idioma que todos los demás parecían hablar sin esfuerzo, como si lo hubieran heredado y a mí se me hubiera olvidado entregar el formulario.

Aprendí a disimularlo.

Me volví buena en eso, tan buena que casi lo olvidé, casi creí que era natural. Construí versiones de mí misma que funcionaban mejor en ciertos contextos. Personaje uno, personaje dos, personaje tres, etc. Y funcionaba, a medias, pero funcionaba. Lo suficiente para pasar. Lo suficiente para no ser el centro de todo.

Pero el cuerpo no olvidaba.

Al final del día —después de un cumpleaños, después de una clase, después de cualquier cosa que involucra estar rodeada de gente— había un cansancio que no tenía nombre. No era el cansancio de haber corrido o de haber dormido poco. Era otro, más hondo. Como si hubiera cruzado a nado un río y recién en la orilla me diera cuenta del esfuerzo que había hecho. Y llegaba a casa y me apagaba. Las luces demasiado blancas, los ruidos que no se apagaban, los olores capaces de enfermarme. Todo demasiado presente, demasiado real, demasiado.

Y afuera, mientras tanto, me llamaban rara.

Callada, la rarita, el bichito que lee.

Nunca fue solo la palabra. Era la intención detrás, el tono, esa forma de marcarte como algo que no encaja, como algo que no pertenece. El bullying no necesita descripción detallada para existir. A veces basta con decir que estuvo ahí, constante, persistente, formando parte del paisaje durante años.

Y uno termina creyéndolo. Ese es el problema más grande. No lo que te dicen, sino el momento en que lo empiezas a repetir tú misma, cuando esa voz deja de ser externa y pasa a vivir dentro de tu cabeza con total autoridad.

Hay algo malo en ti.

Así que lo intenté. Hablé como el resto. Me moví como el resto. Reprimí lo que era demasiado evidente. Ajusté lo que podía pasar por normal.

Aun así, había cosas que eran completamente mías.

Mi forma de fijarme en detalles que otros no veían. Mi memoria para lo aparentemente irrelevante. Mi intensidad cuando algo me interesaba de verdad. Esas cosas no desaparecieron nunca. Solo se volvieron difíciles de ver, como un río subterráneo: presente, activo pero invisible desde la superficie.

El diagnóstico llegó a los veintiséis años.

No llegó con alivio inmediato. Llegó con resistencia, con una sospecha que vino de afuera primero, una tía y una comparación con mi prima pequeña recién diagnosticada, luego fue una psicóloga a la que acudí por ayuda debido a la ansiedad. Y después de ello, evaluaciones, más evaluaciones. Tres veces, tres diagnósticos que decían lo mismo.

Autista.

Y aun así, costaba creerlo. Porque el prejuicio ya estaba instalado en mí también. Yo también tenía esa imagen de lo que «debería ser» el autismo. Y yo no encajaba ahí. Yo había estudiado, me había titulado, trabajaba. Entonces, ¿cómo iba a ser autista?

Pero la realidad no funciona con estereotipos.

Sí, estudié. Pero no fue fácil ni lineal. Hubo llanto, hubo momentos queriendo dejarlo todo, hubo carreras donde te decían «no veo el espacio» esperando que entendieras qué significaba eso, y yo miraba y pensaba: pero el espacio está ahí, está dentro de los muros, ¿qué más tengo que ver? Sí, trabajo. Pero no porque el sistema esté preparado para mí. Trabajo porque tuve suerte, porque un profesor me dio una oportunidad, porque no tuve que pasar por ciertos filtros que probablemente no habría pasado. Y eso no es derrota. Es simplemente la realidad.

Cuando finalmente acepté el diagnóstico, no sentí una sola cosa.

Sentí alivio. Sentí rabia. Sentí tristeza.

Alivio porque no había nada malo en mí. Rabia porque nadie lo había visto antes. Tristeza por todo lo que podría haber sido distinto.

Hoy tengo casi veintinueve años, y no voy a mentir.

No puedo venir a decir que estoy orgullosa de ser autista. No todavía, no así. Es una etiqueta que llegó tarde a mi vida, cuando ya había construido tanto alrededor de no tenerla, y eso tiene un peso que no se deshace de un día para otro. Pero sí puedo decir algo que es verdad: es algo que he aprendido a aceptar. Y aceptarlo no fue rendirse, fue todo lo contrario. Aceptarlo implicó aprender a hacer ajustes que me facilitaran el día a día, que no me drenaran como lo hacían antes. Implicó ir al básquetbol con lentes para la luz y tapones para el ruido, y disfrutar sin pagar el precio después. Implicó dejar de evitar las cosas que me gustan por miedo a la sobrecarga.

Implicó, sobre todo, quitarme la etiqueta de rarita.

Y ser, simplemente, yo.

El diagnóstico no me cambió. Me explicó. Me dio un mapa, me enseñó hacia dónde mirar para encontrar herramientas. No para arreglarme, porque yo no estaba rota, sino para dejar de hacerme daño intentando encajar en moldes que nunca fueron míos.

Porque entendí algo que me costó mucho tiempo.

No fue el autismo lo que me rompió.

Fue el entorno, fue crecer escuchando que había algo mal en mí, fue el bullying, el rechazo, el discurso constante que me obligaba a verme como un problema a resolver. Eso es lo que rompe a las personas. No la condición. Nunca la condición.

Hoy sigo aprendiendo. Sigo juntando las partes que quedaron dispersas. Sigo reconstruyéndome.

Y si puedo elegir el pegamento, que tenga glitter. No porque todo tenga que ser bonito, sino porque incluso lo quebrado merece un poco de luz.

Ya no quiero ser la marioneta, ni tampoco la marionetista que mueve los hilos desde las sombras. Quiero sostenerlos a plena vista. Quiero dejar de tener miedo de que me vean como soy, aunque el mundo no siempre entienda, aunque no siempre abrace la diferencia.

Porque por primera vez, no se trata de encajar.

Se trata de existir.

Y eso, aunque todavía esté en proceso, ya es suficiente.

Sobre el autor

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.