Las Estaciones de Mí, o de los paisajes que el alma guarda sin permiso
Por Fredsly Lizama
Me pidieron que cerrara los ojos.
Y que inhalara profundo y que contara hasta tres y soltara. Que relajara el cuerpo, que me concentrara en el sonido— ¡Clink! las campanas, los cuencos, ese tono que no se escucha del todo con los oídos, sino que se siente adentro, como si el sonido fuera también una textura, una temperatura. Me pidieron que pensara en un lugar. Un lugar bonito, un lugar seguro, un exterior. No podía ser dentro de nada, tenía que ser un lugar que me reconfortara.
No podía abrir los ojos. Los tenía vendados. Y no importó cuánto lo intenté: el mundo de afuera se había cerrado. Así que, no me quedó otra opción que irme al único lugar que siempre ha estado disponible sin pedir permiso, ese lugar recóndito de la mente al que normalmente solo llego de forma involuntaria, en sueños, únicamente cuando el cuerpo duerme y la guardia baja.
Esta vez fui despierta. Y eso lo cambió todo.
El bosque llegó solo, sin que yo tuviera que buscarlo. Frondoso, caótico, nacido de forma orgánica y completamente ajeno a la mano del hombre. Las semillas llegaron en los picos de los pájaros. Los árboles crecieron donde quisieron. Es un lugar que conozco sin haberlo visitado jamás en vigilia, pues es un lugar al que regreso en sueños con la familiaridad tranquila de quien vuelve a casa.
Caminé. Me vi a mí misma andando descalza, sintiendo el crujir de las ramas bajo los pies y la humedad de la tierra filtrándose hacia arriba como un saludo. Inhalé profundo y el aroma me llegó completo: bosque húmedo, tierra viva, algo verde, oscuro y dulce al mismo tiempo. Acaricié las ramas que estaban a mi altura y sonreí. En algún momento me recosté sobre el suelo y miré hacia arriba, hacia el sol que se filtraba por el denso follaje en hebras de luz, y estiré las manos como si pudiera sostenerlo entre los dedos.
¡Clink! Los cuencos resonaban. Los pájaros cantaban. Los árboles mismos parecían cantar con ellos, al ritmo del viento.
Era primavera. Era siempre primavera allí.
Y, entonces, dejé de escuchar los cuencos.
Solo quedaron mi respiración, los latidos de mi corazón y el crujido de las ramas bajo mis pies. Cuando volví a mirar alrededor, el bosque había cambiado, despacio, sin anunciarse, como cambian las cosas que no piden permiso. El verde se había retirado, los colores se habían ido. A mi derecha se extendía un paisaje invernal: árboles desnudos, ramas sin follaje, un blanco tan puro que también era mortal. Había un silencio distinto al del bosque vivo. Aquel silencio de las cosas que esperan.
Detrás de mí seguía el bosque cálido. El que me era seguro. El que me era hogar.
No sé por qué caminé hacia el invierno, solo sé que lo hice.
El aire frío me entró por la boca como algo que quema y purifica al mismo tiempo. Las ramas rotas bajo mis pies descalzos se sentían como espinas. Podía sentir el frío del suelo subiéndome por las plantas, el entumecimiento avanzando despacio. Y, aun así, seguí caminando sin ningún miedo, sino con una tranquilidad que no terminaba de entender.
Porque este lugar también lo conocía; también era mío.
Nunca he estado en un lugar así en el mundo de afuera, pero lo conozco como la palma de mi mano. Pues he caminado por aquí innumerables veces y a la vez ninguna. Y mientras lo recorría, me encontré tarareando. Una melodía sin nombre, suave, como si el frío también tuviera su canción y yo la supiera de memoria.
Tal vez el invierno no era necesariamente malo. Quizás era solo la estación de la soledad que se elige, o del silencio que no asusta, o de la calma que a veces se confunde con la tristeza desde afuera, pero que, por dentro, se siente como descanso. Tal vez era la parte de mí que valora el silencio por encima de todo. Una que conoce la paz quieta de las cosas que no crecen, pero tampoco se rompen.
Entonces, el paisaje volvió a cambiar. El blanco del invierno se tiñó despacio de ocre, de amarillo viejo, ese marrón cansado que tienen las hojas cuando ya casi terminaron su ciclo. Otoño. Y, en medio de ese otoño, caminando sin rumbo entre los árboles desnudos, había un hombre.
Lo reconocí de inmediato. No sé cómo explicarlo sin que suene extraño, pero lo reconocí de la misma forma en que uno reconoce su propio nombre escrito en letra ajena: era yo. Era una versión de mí que no conozco en esta vida, una que no he sido todavía o que quizás fui antes, pues carga algo que yo también cargo, pero que, en él, se veía desde afuera, sin filtro.
Su ropa contrastaba con el otoño, no por el color, sino por el peso, por cómo la llevaba puesta, como quien lleva puesta también la fatiga. Así, caminaba sin rumbo fijo. Su mirada estaba vacía de la forma específica en que alguien lleva demasiado tiempo mirando hacia adentro, y ya no sabe bien qué está buscando.
Tenía el alma destrozada, lo supe sin que me lo dijera, porque algo en mí también lo sabía, guardado en algún lugar al que normalmente no me asomo.
En algún momento levantó la vista y nuestras miradas se encontraron.
Sueño y realidad. Yo y yo. Esta versión y la otra.
No hubo palabras. Solo ese segundo en que dos espejos se miran el uno al otro y ninguno sabe bien cuál es el reflejo.
El paisaje cambió una vez más. Primavera de nuevo, pero distinta: sin pájaros, sin ruido, sin el canto del viento entre las ramas, era una primavera quieta. Y en el centro de ese silencio verde, un lago.
El agua se movía sola, vibraba, bullía suavemente como si algo debajo de la superficie respirara. ¡Clink! Los cuencos, de nuevo, resonando por todo mi ser y me acerqué.
Solo me reflejaba yo. Los árboles no aparecían en el agua, el cielo tampoco. Solo mi cara, mirándome desde abajo, desde esa otra superficie que es el interior de las cosas.
Y en ese lago sin reflejo de mundo, solo con mi propio reflejo, encontré algo parecido a la calma. No la calma ruidosa de la primavera con sus pájaros y su viento. La otra calma. La que existe cuando ya no hay nada que demostrar ni nadie a quien demostrarle nada. Solo tú y tu propio rostro en el agua, junto con el sonido de los cuencos que vibran desde adentro hacia afuera.
La voz llegó desde lejos.
Es hora de despertar. Vuelve. Abre los ojos despacio y adáptate nuevamente al mundo de los vivos.
No quería volver. Y volví de todas formas.
Me quitaron la venda. La luz entró primero como una mancha blanca sin forma, luego como contornos, para después ver el techo de madera de aquel lugar y los rostros de las personas a mi alrededor. La vibración se había calmado, los cuencos ya no sonaban. Estaba de vuelta en mi cuerpo, en mi peso, en mi respiración de todos los días tratando de reencontrar el camino de regreso a mí misma desde esa distancia rara que deja el viaje interior.
Pero no podía quitarme de la cabeza la mirada de aquel hombre.
Esa mirada vacía que reconocí como mía sin que nadie me lo dijera. Esa versión de mí caminando sin rumbo por un otoño que no terminaba, cargando algo que no supe nombrar pero que sí supe reconocer. ¿En qué vida fue eso? ¿O en qué parte de esta? ¿Era un recuerdo, una advertencia o era simplemente el alma mostrándome lo que carga cuando nadie la está mirando?
Y la chica del invierno —yo también, otra yo— que caminaba descalza sobre las espinas con una sonrisa tranquila y que tarareaba en el frío como si este fuera su idioma natal. ¿Por qué ella elegía alejarse de la primavera? ¿Por qué yo la entendía tan bien?
¿Por qué, cuando el paisaje volvió a ser primavera, no había verano? ¿Por qué el verano me esquivó? ¿O fui yo quien lo esquivé?
Me quedé con esas preguntas. No como algo que me perturbara, sino como quien encuentra en el bolsillo de un abrigo viejo algo que no recuerda haber guardado ahí. Un objeto pequeño, desconocido. Pero que, de alguna forma, al sostenerlo, se siente exactamente del tamaño de la mano.
¿Cuántas versiones de mí están caminando por paisajes que solo existen cuando cierro los ojos? ¿Cuál de todas ellas soy? ¿Soy la que baila en la primavera o la que tarareaba en el invierno o la que se mira sola en el lago sin reflejo de mundo?
¿O soy todas, dependiendo del día?
No lo sé. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no saber no me asustó.
Simplemente, me quedé con la pregunta. Como con algo que merece guardarse, al menos por ahora, en ese lugar recóndito donde viven los bosques que el alma conoce antes que los ojos.
Sobre el autor
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
