La Plegaria Inocente

Por Fredsly Lizama

Ella se mueve con gracia caótica. Sus pasos no siguen ningún compás conocido, sus brazos trazan arcos que ningún maestro le enseñó y, sin embargo, hay en su movimiento algo que no puede ignorarse. Algo que obliga a mirar. Como el fuego, como el agua en caída, como todo lo que existe sin pedirle permiso a nadie.

El sol ha besado su rostro con la familiaridad de un viejo amigo. Sobre su piel dorada florece una sonrisa infantil, de esas que ya no se aprenden, sino que simplemente sobreviven en las personas que han tenido la suerte —o la gracia— de no perderlas del todo. Una risita burbujeante se escapa de sus labios cada tanto, sin razón aparente, como si el bosque le contara chistes en un idioma que solo ella comprende.

Camina a su ritmo por el bosque nativo. Juega con las enredaderas que se aferran con fuerza a los troncos añosos, como si también ellas supieran que hay que sostenerse. Recoge hojas secas de roble del suelo y las engancha en su cabellera trenzada, una por una, con la misma devoción con que otros colocan coronas. Tararea una melodía suave, casi para sí misma, mientras revolotea de flor en flor como la mariposa que no sabe que es hermosa.

Luego, desde algún lugar profundo —más abajo del pecho, más adentro que los pulmones—, emerge su voz. No es una voz afinada. Contiene grietas, vacilaciones, notas que no llegan del todo a donde quieren ir. Pero contiene algo mucho más raro y mucho más valioso: honestidad. Canta una canción que solo ella entiende, una oda a la libertad y al musgo, al canto de los pájaros y a la música del viento, a escapar aunque sea por unos días de la jaula de concreto donde el día pasa por la ventana, ajeno a uno, donde todo es gris, humo y obligación.

Al fin soy libre —canta. Y lo dice en serio.

Libre de la jaula de concreto y cristal

Al fin vuelvo donde el sol acaricia con gentileza

Donde puedo disfrutar de su calidez

Donde no me espera una pila de informes que bloquea la luz

Hola vacaciones

Al fin he vuelto a mi hogar.

Ella no está loca. Simplemente está feliz.

Lo que la joven no sabe —no puede saber—, es que no está sola.

Sobre ella se posa una mirada antigua. Una mirada que ha visto crecer y morir árboles que hoy serían preciados recuerdos si alguien pudiera recordarlos, aquella que ha presenciado el lento cambio de los ríos y que conoce los nombres verdaderos de cada piedra de este lugar. Es una mirada cargada, pesada con siglos de silencio. Pero, en este momento, observando a la joven danzar, esa mirada contiene algo nuevo: asombro.

Y, también, aunque le cuesta reconocerlo incluso a sí mismo, algo parecido a la alegría.

Antes de que el olvido lo cubriera todo, hubo un tiempo en que este bosque no era bosque. Era altar.

Aquí se celebraba el cambio de las estaciones con danzas que duraban desde el ocaso hasta el primer pájaro del amanecer. Aquí se sellaban las uniones entre dos almas que habían elegido amarse, con testigos de carne y otros que no tenían cuerpo, pero aun así escuchaban. Aquí se presentaban los recién nacidos a los guardianes de la tierra, se les susurraba su nombre al viento para que este lo recordara. Aquí se daban gracias por las cosechas, no con sacrificio, sino con fiesta; no con sangre, sino con canto.

Y los guardianes acudían. No porque los convocara el ritual en sí, ni porque les interesara el humo del incienso ni la disposición de las piedras. Acudían porque el ser humano, cuando todavía sabía hacerlo, ofrecía algo que ninguna otra criatura del mundo podía: la compañía. Una presencia verdadera. El calor de alguien que mira hacia arriba y dice, sin palabras, “aquí estoy, y sé que tú también estás”.

Tan poderosos como son los guardianes, también son pocos. Y los pocos, en la inmensidad del tiempo, aprenden lo que es la soledad de una manera que las criaturas breves nunca podrán comprender del todo.

El vínculo comenzó a quebrarse despacio, como se quiebran casi todas las cosas importantes: sin que nadie lo notara al principio. Los cantos se volvieron más cortos. Las danzas, más mecánicas. Las plegarias dejaron de ser conversación y se convirtieron en pedidos. Y los pedidos, con el tiempo, en exigencias. Y las exigencias, cuando no eran satisfechas a la velocidad que el miedo demandaba, se convertían en desesperación.

Fue el miedo el que manchó el altar, no la maldad, aunque también llegó después. Primero fue el miedo: la plaga, la guerra, la cosecha que no vino, el hijo que no sobrevivió. El miedo que susurra que quizás no es suficiente con cantar, sino que quizás hay que ofrecer algo más, algo mayor, algo que duela.

Primero cayó la sangre de los enemigos. Luego, la de las doncellas. Luego, la de los inocentes.

Los guardianes no apartaron la mirada por crueldad ni por castigo. La apartaron porque no podían soportar ver en qué se había convertido aquello que una vez fue lo más hermoso que el mundo había producido: el encuentro genuino entre lo eterno y lo efímero. Entre los que no pueden morir y los que no pueden evitarlo.

Y así, ciclo tras ciclo, el altar fue cubierto por el musgo y la hojarasca. Los árboles crecieron sin que nadie les pidiera permiso. Un lugar antes sagrado se volvió simplemente bosque. Y el guardián aprendió la forma más larga y más silenciosa de la tristeza: la de quien espera sin saber si tiene sentido seguir esperando.

Hacía tanto tiempo que nadie venía. O, más bien, venían, sí, caminantes y excursionistas y amantes de la naturaleza, pero venían con auriculares, con teléfonos, con la mente todavía atrapada en la jaula de concreto, aunque el cuerpo hubiera escapado. Venían sin estar presentes. Y el guardián los observaba como quien ve pasar las nubes: sin animosidad, pero, también, sin esperanza. 

Sordos, mudos y ciegos ante aquello que estaba frente a sus ojos, pero también a lo intrínseco de la vida. Sin la capacidad de ver más allá de lo evidente y, peor aún, sin la capacidad de ofrecer algo tan básico como lo era su compañía. Sin presencia presente. Sin vínculo alguno con los guardianes o con cualquier otro ser.

Hasta hoy.

Hasta aquella joven de cabello trenzado con hojas de roble que danza sola y sin vergüenza, quien canta desafinada y sin importarle, la que recoge lo que el bosque suelta y lo convierte en corona, la que habla con las enredaderas como si supiera que algo la escucha. La que no pide nada y que no exige nada. Solo está, completamente, en este lugar y en este momento.

Nunca fue la sangre lo que los llamó. Nunca lo fue. Fueron siempre los actos honestos: el canto, el baile, la oración que no espera respuesta, la ofrenda que no calcula su retorno. El arte en su forma más pura, aquella que nace sin público, sin ambición, sin otra razón que el simple impulso de expresar lo que el alma no puede contener, algo tan sencillo como lo era la compañía y la amistad.

El encuentro no fue solemne. No hubo trueno ni relámpago, no tembló la tierra, no se abrió el cielo. Sino que ocurrió como lo hacen las cosas verdaderamente importantes: de forma sencilla, casi sin aviso.

La joven alzó la vista en un momento de su danza, —quizás porque una luz cambió entre los árboles, quizás porque el aire se movió de una manera distinta, quizás porque algo en ella, muy adentro, todavía sabía reconocer lo que sus ojos no deberían ver— y lo vio.

Lo vio.

Sus miradas se cruzaron. La de ella, cargada de vida breve e intensa, luminosa con la inconsciencia de quien todavía no sabe  todo lo que va a perder. Y la de él, antigua y quieta, con el peso de todo lo que había visto y todo lo que había extrañado.

Lejos de asustarse, la joven sonrió con esa sonrisa infantil que el sol ya conocía.

—¿Bailas conmigo? — le preguntó.

El guardián no recordaba la última vez que alguien pudo verlo, ni que fuera capaz de escucharlo y hablarle de esa manera, además de hacerlo sin reverencia forzada, sin temblor en la voz o sin lista de deseos detrás de los ojos. Esta vez, era una pregunta simple, ofrecida con la mano extendida.

Por unos instantes, el tiempo logró lo que a veces hace para los seres que llevan demasiado de él encima: se detuvo. Y en ese espacio quieto, el guardián recordó. Recordó cuando no estaba solo. Recordó cuando podían verlo. Recordó la risa de los niños presentados al viento, el calor de las hogueras del solsticio, el sonido de las voces humanas cantando hacia arriba sin pedir nada a cambio.

—Por supuesto—, contestó con la voz oxidada de quien no la ha usado en siglos.

Bailaron hasta que el sol empezó a caer entre los árboles y el bosque se llenó del color exacto del fin de la tarde. Ella seguía sin saber bien quién era él, y él seguía sin importarle que ella no lo supiera. No era necesario. Algunas cosas no requieren explicación para ser reales.

No hubo peticiones. Ni hubo promesas de cosechas abundantes o de protección eterna. No hubo intercambio. Solo dos presencias compartiendo un mismo pedazo de tierra y de tiempo, cada una ofreciendo a la otra lo único que realmente tenía para dar: su compañía.

A ella le fue entregada una bendición silenciosa, una de esas que no se sienten en el momento, sino que uno descubre después, semanas más tarde, cuando nota que algo ha cambiado sin saber cuándo ni cómo. Una ligereza nueva. Una raíz invisible pero firme.

Y él recibió algo que no esperaba: amistad. No devoción, ni culto, ni el peso sagrado de la adoración, solo amistad. La clase sencilla y preciosa de amistad que existe entre dos seres que se han encontrado por accidente y han decidido, sin grandes palabras, que vale la pena volver.

Acordaron, aunque sin hacerlo exactamente, que se reunirían solo un mes al año. Cuando ella regresara al bosque huyendo de la ciudad o cuando volviera a necesitar quitarse los zapatos y recordar que hay tierra debajo de todo.

No era restaurar un vínculo antiguo. Era algo más pequeño y más honesto que eso: consolidar uno nuevo, construido no sobre la memoria de lo que fue, sino sobre el asombro compartido de lo que todavía puede ser.

El bosque los vio despedirse. Guardó silencio, como siempre. Pero, si uno hubiera estado ahí en ese momento exacto, quizás habría notado que el viento olía distinto. Más a tierra, más a raíz, más a algo que lleva mucho tiempo esperando florecer.

Ella es una santa nacida de esta tierra, en el más absoluto anonimato e ignorancia. No lo sabe. Nunca lo sabrá, quizás. Seguirá siendo simplemente una joven que escapa a veces al bosque, que danza sin razón, que canta desafinada y feliz.

Y eso es exactamente suficiente.

Nunca fue la sangre. Nunca lo fue. Solo hacía falta alguien que llegara sin pedir nada, que cantara con el corazón y que, al ver lo invisible, en lugar de huir, extendiera la mano.

Sobre el autor

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.