Falsa superioridad
Por Fredsly Lizama Garrido
Se nota antes de que abras la boca.
Está en la forma en que avanzas, en ese leve gesto con que inclinas la mirada hacia abajo, como si todo lo que te rodea existiera apenas para ser evaluado. No necesitas decirlo: lo encarnas. Lo dejas ver en cada comentario, en cada pausa calculada, en cada juicio que lanzas como si fuera una verdad evidente en lugar de lo que en realidad es: una opinión que aprendiste a pronunciar con autoridad para que nadie te la cuestionara.
No miras: inspeccionas. No escuchas: filtras. No conversas: dictaminas.
Te detienes en los cuerpos. Siempre en los cuerpos.
Los recorres con una rapidez casi automática, como si bastara un vistazo para definir lo que tienes enfrente. Ves volumen y lo llamas defecto. Ves algo que no encaja en tu estética y lo reduces a una categoría simple, cómoda, equivocada. No importa si ese cuerpo es fuerza. No importa si es disciplina, si lo que tú llamas exceso es músculo y no grasa, si hay una historia detrás que no te tomaste el trabajo de ver. No importa. Para ti basta con que no cumpla.
Y entonces hablas.
A veces con crudeza, sí. Pero otras — y son las peores — eliges ese tono suave, casi compasivo, esa benevolencia estudiada que pretende disfrazar lo que en el fondo es desprecio. El pobre dicho en voz baja. El gesto de lástima que te permite sentirte generoso mientras disminuyes. Una daga envuelta en algodón, que es lo mismo que una daga, pero con la ventaja adicional de que quien la recibe tiene que agradecer el gesto.
Lo curioso es que esperas que duela. Que atraviese. Que genere reacción y que esa reacción confirme tu posición. Pero hay veces en que no ocurre. Hay veces en que cae en un lugar donde tu opinión no pesa, donde no importa, donde no eres relevante. Y entonces insistes. Repites. Elevas la voz, como si el volumen pudiera reemplazar la razón. Como si la insistencia pudiera transformar una creencia en verdad.
Porque eso es lo que sostienes, al final: creencias. No hechos. No evidencia. Creencias. Y todo lo que no encaja en ellas lo descartas, lo reduces, lo acomodas hasta que deje de incomodarte.
Tu mundo es firme. Pero es estrecho.
Si amas el verano, entonces el verano es lo correcto. El calor, el ruido, la exposición constante, la vida hacia afuera. Y quien no lo comparte — quien prefiere el frío, el abrigo, el silencio, la pausa, el recogimiento — entonces no entiende. Entonces es menos. Entonces es triste, aburrido, limitado.
No se te ocurre que hay quienes ya encontraron lo que aman en lo simple. Que no necesitan estímulos constantes para sentirse vivos. Que el silencio también llena, que la calma también sostiene, que hay belleza en lo que no se exhibe. Pero eso no cabe en ti. Y lo que no cabe, se descarta.
Así vas. Juzgando cuerpos, juzgando formas de vivir, juzgando ideas, juzgando todo lo que no coincide contigo. Mientras tanto, hay algo que no ves. Que nunca has visto. Las mismas fallas que señalas viven en ti con una claridad casi dolorosa para cualquiera que no esté atrapado en tu propia mirada. El egoísmo que criticas, la rigidez que denuncias, la ceguera que desprecias — todo eso se repite en ti, una y otra vez. Todos lo notan. Menos tú.
Y ahí, justo ahí, es donde lo trágico se vuelve casi ridículo. Porque te mueves como si fueras un juez, cuando no eres más que un reflejo que se niega a reconocerse.
Me miras.
Claro que lo haces. Y ves lo que necesitas ver: alguien que asiente, alguien que calla, alguien que no responde, una presencia dócil que encaja sin esfuerzo en el lugar más bajo de tu jerarquía. Una marioneta.
Qué cómoda es esa lectura, y que tan profundamente equivocada.
Porque sí, soy una marioneta. Pero no en la forma en que crees. Los hilos existen — siempre han existido — pero nunca han estado en tus manos.
Cada silencio que interpretaste como sumisión fue una elección. Cada gesto contenido, cada palabra no dicha, cada asentimiento calculado, fue parte de algo que no alcanzaste a ver. No estabas controlando. Estabas siendo observado.
Te dejé hablar. Te dejé juzgar. Te dejé construir una versión de mí que te resultara útil, no por incapacidad sino por comprensión del escenario. Porque entendí algo que tú no entiendes todavía: hay personas con las que hablar no es diálogo, es impacto contra una pared. Y uno no discute con una pared. Uno se administra frente a ella.
Mientras tú analizabas cada defecto ajeno, yo analizaba el patrón. Mientras tú señalabas, yo observaba. Mientras tú te afirmabas en tu supuesta superioridad, yo veía el esfuerzo constante que te costaba sostenerla. Porque se nota. Se nota en la repetición, en la necesidad de reafirmar, en la incapacidad de tolerar una contradicción. Eres dependiente de tu superioridad. La necesitas. Sin ella, no sabes dónde pararte, no sabes ni quien eres.
Yo no necesito la mía. Tengo fallas. Me equivoco. He sostenido creencias erróneas y probablemente lo seguiré haciendo. Pero procuro escuchar a otros, estudiar y comprender lo suficiente como para corregirme, para trabajar en lo que reconozco, para aceptar lo que aún no entiendo. Esa es la diferencia: no en la perfección, sino en la conciencia.
Tú no te revisas. Te sostienes. Te victimizas cuando algo no encaja, culpas a otros cuando algo falla, te quiebras ante la mínima contradicción y elevas la voz como si eso te devolviera el control. Nunca eres responsable. Nunca estás en falta. Eres perfecta — en tu propia ficción, mas no en la realidad, esa misma que te niegas a ver.
Hay quienes atraviesan la vida entera sin verse realmente. Tal vez seas una de ellas. No lo sé. Tal vez nunca ocurra que seas capaz de verte sin los filtros autoimpuestos.
Mientras tanto, el teatro continúa. Tú hablas. Yo observo. Tú crees que controlas los hilos. Yo sé que nunca los tuviste, al menos no los mios.
Porque la marioneta siempre fue su propia titiritera. Siempre eligió cuándo moverse, cuándo callar, cuándo asentir, cuándo retirarse. No por falsedad, sino por comprensión del escenario. Hay una versión que trabaja, otra que socializa, otra que se guarda. Y ninguna es mentira. Son gestión. Son supervivencia. Son inteligencia aplicada al contexto.
Y sí, a veces cansa. Cansa escuchar lo mismo una y otra vez, cansa la rigidez, la falta de autocrítica, la incapacidad de ver más allá del propio reflejo. Pero no por eso deja de ser claro. No por eso deja de ser, incluso, un poco gracioso.
Porque mientras sigues mirando hacia abajo, convencida de estar en lo alto, nunca te has dado cuenta de algo simple: que en realidad siempre has mirado hacia arriba.
El lugar desde donde observas no es elevación. Es encierro.
Y en ese encierro, con toda tu supuesta superioridad, no has visto lo más básico: que no se trata de quién está arriba o abajo. Se trata de quién es capaz de mirarse.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
