HOGAR EN LOS BORDES DEL SUEÑO

Por Fredsly Lizama Garrido

Tengo un hogar en esta tierra:
una casa tibia a la que regreso,
un hombro sobre el cual llorar sin miedo,
un abrazo lleno de calidez
que me guarda del frío del mundo.
Y aun así, en ese pliegue invisible
donde el alma oculta lo que no puede decir,
late otro hogar,
un hogar que solo existe cuando sueño,
que solo respira en la penumbra
cuando la inconsciencia me llama
por un nombre que olvidé antes de nacer.

Allí veo tantas cosas,
pero ninguna permanece al amanecer.
Solo el hueco,
solo la nostalgia sin rostro,
solo el peso dulce y doloroso
de haber vivido otra vida que se me escapa
como agua entre los dedos.

En mis sueños lo siento mío:
el bosque eterno,
la habitación sin tiempo,
los ventanales abiertos hacia un mundo vivo,
la chimenea encendida más allá de las estaciones,
la madera que parece respirar conmigo,
como si conociera mi historia
antes incluso de mi carne.

Pero despierto.
Y al despertar, regreso a la réplica empequeñecida,
a la ventana que mira hacia la ciudad,
a los muros de concreto que me observan,
a las casas que rodean mi espacio
como si vigilaran mis latidos.
Allí el bosque no canta,
allí el aire no nutre,
allí la vida pesa
con la gravedad de lo cotidiano.

En sueños encuentro seres que nunca he conocido
y que, sin embargo, reconozco:
pareja, familia, hermanos,
rostros que me hablan en un idioma que no existe despierta.
Me encuentro incluso conmigo misma,
otra versión de mí
que no lleva mi piel ni mi gesto
pero sí mi silencio.
Ella calla lo que desea, como yo.
Ella guarda su voz como si fuera un fruto delicado, como yo.
Ella evita herir, evita romper,
como yo.

Ella vive en una jaula de bosque.
Yo vivo en una jaula de cemento.
Pero jaula es jaula,
y ambas la sentimos arder
desde distintos lados del mismo hierro.

Y entonces deseo escapar.
Cuando estoy en la realidad,
huyo hacia los sueños.
Cuando estoy en los sueños,
huyo de la realidad.
Ambos mundos me llaman.
Ambos mundos me cansan.
Ambos mundos me hieren
con esa ternura que duele
cuando se sabe imposible.

Así vivo:
entre el anhelo y la fuga,
entre el deseo de quedarme
y el impulso de romperlo todo.
Mi alma se tensa
como un hilo entre dos universos,
como una cuerda desgastada por el viento.

Duermo y despierto.
Despierto y duermo.
Y cada vez algo de mí se queda
en la frontera entre ambos mundos,
como si me fuera deshojando
pétalo a pétalo
hasta quedar reducida a un susurro.

Quiero quedarme en el bosque.
Quiero quedarme en la ciudad.
Quiero huir del bosque.
Quiero huir de la ciudad.
Y mi alma, cansada,
empieza a entender
que no pertenece del todo a ninguno.

Duermo…
hasta que un día la carne ya no me aprisione,
hasta que esta prisión de huesos y memoria
se disuelva como una tormenta que pasa.
Duermo…
hasta que abra los ojos sin miedo,
sin límite,
y los dos mundos se reúnan
en un solo horizonte.

Duermo…
hasta que la habitación inmensa no desaparezca al alba,
hasta que la chimenea arda sin despedidas,
hasta que el bosque me reciba
sin obligarme a despertar.

Duermo…
hasta regresar a ese hogar
que mi corazón recuerda sin saber cómo,
a ese lugar donde el aire cura,
donde la naturaleza susurra,
donde mi alma no tenga que escapar
ni del sueño
ni de la vida.

Duermo…
hasta renacer.
Hasta ser libre.
Hasta volver a casa.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.