El otoño adentro

Por Fredsly Lizama Garrido

De alguna extraña forma, todo luce apagado. No es que el sol haya dejado de salir —él lo comprueba cada mañana desde la ventana—, sino que su luz ya no atraviesa las cosas del mismo modo. Los colores han perdido su brillo, como si alguien hubiera corrido una cortina translúcida sobre oel mundo entero. La música que antes le movía algo por dentro ahora solo es ruido ordenado, notas que suenan y se apagan sin rozarlo.

El bosque detrás de su casa solía ser primavera: verde oscuro en verano, explosión dorada en otoño, blanco limpio en invierno. Pero ahora, sin importar la estación, él lo ve igual: ramas quietas, hojas sin peso, un silencio que no es paz sino ausencia. No el frío del invierno, que al menos duele y avisa. Esto es otra cosa: un otoño perpetuo, tibio y sin viento, que no mata, pero tampoco deja crecer.

Hubo señales. Siempre las hay.

Primero fue la sonrisa. No desapareció de golpe —eso hubiera sido demasiado evidente, demasiado fácil de nombrar. Se fue retirando despacio, como la marea, dejando en su lugar una expresión neutral que la gente confunde con la calma. Aprendió a mostrar los dientes en el momento justo, a reírse cuando el silencio lo exigía. Nadie notó la diferencia. O quizás sí, y prefirieron no preguntar.

Después vinieron las cosas que dejaron de importar. El café de los domingos. Las series que dejó a medias. Los mensajes sin responder, acumulándose como deudas. Cada pequeño abandono se justificaba solo: estoy cansado, otro día, no tengo ganas. Y era verdad —no tenía ganas. Pero lo que no entendía todavía era que las ganas no vuelven solas si uno no sale a buscarlas.

Sus cercanos lo notaron antes que él. Una amiga le dijo una vez, con esa mezcla de cariño y torpeza que tienen las personas que te quieren de verdad: «Estás raro últimamente». Él respondió que era el trabajo, que era el cansancio, que era el invierno. Ella asintió, porque a veces aceptamos las explicaciones que nos dan aunque no nos convenzan, porque la alternativa —insistir, empujar, abrir una puerta que tal vez no quiere abrirse— parece demasiado.

Luego se alejó de ellos. No con peleas ni con portazos, sino con la técnica silenciosa de quien aprende a estar siempre ocupado, siempre a punto de llamar, siempre casi. Las invitaciones empezaron a espaciarse. Las visitas, a volverse raras. Y él, en lugar de sentir el vacío que eso debería dejar, sintió algo parecido al alivio. Ya no tenía que fingir que todo estaba bien dentro de él, que todo era normal cuando no lo era, ya no.

Su cuarto se convirtió en el único lugar donde el mundo tenía sentido, aunque ese sentido fuera cada vez más pequeño. Primero dejó de abrir las persianas. Después dejó de distinguir las mañanas de las tardes. Los días empezaron a parecerse tanto entre sí que ya no valía la pena contarlos. Afuera, el bosque seguía en su perpetuo otoño, en silencio como quien ha perdido su voz..

No era el mundo el que había cambiado, sino él. Lo supo —o lo sintió, que no es lo mismo, pero se le parece— en una tarde sin nombre, mientras miraba sus propias manos como si fueran de otro. El mundo seguía girando con su indiferencia habitual: los pájaros cantaban, los autos pasaban, alguien reía en la calle. Y él estaba ahí, en el centro de todo ese movimiento, perfectamente inmóvil.

Que el corazón puede dejar de latir de muchas formas es algo que nadie te enseña. Que puede seguir bombeando sangre y sin embargo estar vacío y muerto por dentro. Que puedes seguir respirando, hablando, moviendo los ojos de un lado al otro, y aun así haber dejado de estar del todo presente. Nadie le dijo eso. Nadie le dijo que eso también era una forma de irse.

Afuera, el bosque espera. Las ramas no preguntan. El otoño no juzga.

Pero la primavera, esa sí, todavía no sabe que ya no la están esperando.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.