El sueño dentro del sueño

Por Fredsly Lizama


Sé que estoy soñando. O al menos lo sé en algún lugar muy pequeño y muy quieto de mí, como quien recuerda el nombre de algo que tiene en la punta de la lengua. Pero el cuerpo no lo siente así. El cuerpo siente el pasto bajo los pies, el peso del aire fresco llenando pulmones que llevan demasiado tiempo respirando humo y prisa y ciudad. El cuerpo dice: esto es real. Y le creo.

El bosque que tengo delante no es antiguo. No tiene la solemnidad de los bosques milenarios que aparecen en los cuentos, con sus raíces como catedrales y su silencio de siglos. Este es joven, frondoso, crecido a su propio ritmo sin que ninguna mano lo ordenara. Las semillas llegaron en los picos de los pájaros y cayeron donde cayeron. Los árboles crecieron donde quisieron. Es un caos, sí, pero un caos que tiene la lógica perfecta de lo que no necesita justificarse.

Y es hermoso.
Me veo a mí misma caminar entre los árboles con una calma que no me pertenece del todo, o quizás sí me pertenece pero la había olvidado. La yo del sueño avanza como si el mundo fuera suyo y lo supiera: ni lento ni rápido, simplemente el paso que el cuerpo eligió sin consultarme. La observo inhalar. El aire tiene un sabor que no puedo nombrar pero que reconozco, de la misma forma en que se reconoce la voz de alguien querido antes de ver su cara.

La veo desde lejos encontrarla: una cuerda colgando de una rama gruesa, formando una U suave, y en el fondo de esa U un tablón viejo, desgastado, de esa madera que ya no astilla porque el tiempo la ha pulido mejor que cualquier lija. Un columpio. Simple. Casi tosco. Completamente perfecto.

Me veo sentarme. La madera cede un poco bajo mi peso, reconociéndome. Empiezo a mecerme — despacio primero, como si quisiera pedirle permiso al aire — y luego más fuerte, y luego dejo que el movimiento tome su propio pulso, su propio vaivén, lento y rápido y lento de nuevo como la respiración de algo muy grande y muy tranquilo.

Me veo cerrar los ojos.

No para escapar de lo que veo sino para no perderme a mí misma entre tanto verde. Con los ojos cerrados el mundo se vuelve sonido: el susurro de las hojas como conversación en voz baja, los pájaros revoloteando de rama en rama con su lógica propia, el crujido suave de algún roedor entre los matorrales, y más allá, no tan lejos, el río. No lo veo pero lo escucho, y escucharlo es suficiente. Es más que suficiente.

Podría quedarme aquí para siempre, pienso. Y lo extraño es que no me asusta pensarlo.

La casa aparece cuando dejo de buscarla. Así funcionan las cosas importantes en los sueños: se presentan en el momento exacto en que la atención está mirando hacia otro lado.

Por fuera parece pequeña. Una cabaña con chimenea y una ventana, el tipo de construcción que en otro contexto me parecería pintoresca y nada más. Pero cuando cruzo el umbral algo cambia. El espacio se reorganiza solo, como un organismo vivo que acomoda sus órganos según la necesidad. Los techos suben. Los pasillos se ensanchan. Las habitaciones aparecen donde antes no había nada. No es que la casa sea más grande por dentro que por fuera — es que la casa decide cuánto mostrarme, y me muestra exactamente lo que necesito ver.

<Hogar>, pienso. Y la palabra llega sin esfuerzo, sin que tenga que buscarla. Hogar. Aquí pertenezco.

Al centro de todo, una chimenea grande, de piedra oscura y fuego permanente. No recuerdo haberla visto encenderse. Da la impresión de que nunca se ha apagado, de que lleva ardiendo desde antes de que existiera la casa, desde antes de que existiera el bosque, desde antes incluso de que existiera yo. Su calor no quema: envuelve. Es el calor de las cosas que no necesitan demostrar nada.

Una escalera ancha me invita al segundo piso. Subo. El corredor exterior rodea toda la planta alta como un abrazo, y desde ahí el bosque se despliega en todas direcciones hasta donde alcanza la vista, y más allá del bosque las montañas, nevadas, blancas, prístinas, esculpidas por el viento y la paciencia de los siglos. Se sienten lejanas. Se sienten también, de algún modo que no puedo explicar, muy cerca.

Mi habitación tiene ventanales grandes que dan a un balcón propio. Desde ahí se ve un bosque distinto al que recorrí antes: las hojas son doradas algunas, azules otras, plateadas las de más allá. Como si el invierno y la primavera hubieran llegado a un acuerdo silencioso de convivir sin exigirse nada. Es extraño. Es agradable. No quiero que cambie.

Junto al ventanal hay estantes llenos de libros y un sofá mullido que parece hecho exactamente para mi. Me hundo en él. La calma es tan completa que casi duele.

Sin embargo, hay algo en esta habitación que se parece demasiado a una jaula. No es el espacio — el espacio es generoso, luminoso, lleno de aire y de vista. Es otra cosa. Es el hecho de que la puerta está ahí, y yo no la estoy usando. Es la diferencia entre elegir quedarse y no atreverse a irse.
La jaula tiene la puerta abierta. Siempre la ha tenido

.Lo sé. Y aun así me quedo mirando por el ventanal como si el bosque fuera un cuadro colgado en la pared, hermoso y completamente intocable.
Entonces bajo.

El primer piso está lleno. La chimenea congrega a su alrededor un grupo de personas que no deberían estar ahí — personas que sé, en ese lugar pequeño y quieto de mí que sabe que estoy soñando, que ya no existen en el mundo de afuera. Caras que el tiempo se llevó. Voces que no volveré a escuchar al despertar, familia que solo pertenece a este mundo y no al otro.

Pero aquí están. Buscando el calor de esa llama que nunca se apaga, hablando entre ellos con la familiaridad de quienes se conocen de antes, de mucho antes, de vidas que quizás ni siquiera fueron las mías pero que de alguna forma también lo fueron. Los miro. Los reconozco sin reconocerlos del todo. Son mi familia. No sé de dónde viene esa certeza pero no necesito saberlo — la certeza está ahí, firme, sin pedir explicación.

Me saludan. Sonríen. El fuego los ilumina desde abajo y por un momento parece que están hechos de la misma materia que las llamas: algo que existe plenamente y que en cualquier momento podría no existir.
Sonrío también. Los saludo. Y subo de nuevo a mi habitación.

No porque no quiera estar con ellos. Sino porque hay algo en mí que todavía no sabe cómo quedarse del todo. Que observa, pero no comparte. Que ama desde la distancia cómoda de quien mira por el ventanal.

Y entonces hago algo que no planeaba, me acerco al balcón. Miro abajo. El suelo no está tan lejos. O quizás sí, pero en este lugar las distancias no funcionan como deberían. Respiro. Y salto.

Caigo de pie, como si mi cuerpo siempre hubiera sabido hacerlo. El impacto no duele — es más bien como el final de un columpio, ese instante justo antes de que el impulso te lleve de vuelta hacia arriba. Me río. No de nada en particular. Me río porque sí, porque puedo, porque el aire de este lugar tiene algo que suelta cosas que una llevaba apretadas sin saberlo.

Corro hacia el bosque. Hacia mi bosque, el de las hojas doradas y azules y plateadas. Y antes de que los árboles me reciban, me vuelvo un instante a mirar la casa.

No es la misma.

No es la casa grande de los muchos cuartos y el corredor exterior y la escalera ancha. Tampoco es exactamente la cabaña pequeña de antes. Es algo intermedio, algo que la casa eligió ser en este momento, para este instante exacto en que la miro desde afuera. Como si me estuviera diciendo: soy lo que necesitas que sea. Ni más ni menos.

Un organismo vivo. Que respira. Que se adapta. Que espera. Que te acoge en su seno cálido. HOGAR.

Dentro todavía están ellos, mi familia de otra vida, rodeando la llama que nunca se apaga. Podría volver. La puerta sigue abierta — siempre lo estuvo, siempre lo estará.

Pero el bosque me llama con el sonido del río que no he visto todavía, con el crujido de las ramas, con la promesa de que más adentro hay algo que todavía no he encontrado.

Corro.

Y el sueño, por primera vez, se siente exactamente como la libertad.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.