El Rol del Docente frente al Auge del Fascismo

Por Carla Gallegos

En el escenario actual, el resurgimiento de los discursos de odio y las narrativas autoritarias no es solo un tema político, sino una amenaza directa para los y las jóvenes que están definiendo su identidad ciudadana. La velocidad con la que la desinformación circula en el mundo digital no solo genera confusión; termina por desgastar los valores democráticos y la capacidad de decidir con criterio propio. Ante esto, la tarea más urgente en las aulas es formar personas críticas. No se trata de llenar cabezas con datos, sino de facilitar las herramientas para que el estudiantado aprenda a analizar y resistir los extremismos, protegiendo la democracia con una participación que sea auténtica, consciente y, sobre todo, responsable.

Una de las razones por las que esto es tan necesario es que la educación crítica permite mirar debajo de la superficie para entender por qué existen realmente la injusticia y la desigualdad. Es muy común que los movimientos autoritarios usen las emociones para disfrazar las verdaderas causas de los problemas sociales y así ganar terreno. Frente a ese riesgo, cuando la práctica docente apuesta por una pedagogía basada en los derechos humanos, el aula se convierte en un espacio de conciencia viva. Esta formación deja de ser simple teoría y se transforma en un escudo ético contra la manipulación, situando a la solidaridad como la mejor resistencia ante el avance del odio.


También resulta vital aceptar una realidad: la educación nunca es neutral. La alfabetización cívica es fundamental porque, si el aprendizaje se limita a lo técnico o a lo que pide el mercado laboral, la juventud queda desprotegida frente a la intolerancia. Cuando la ética y la justicia social forman parte del día a día en clase, el alumnado aprende a cuestionar la autoridad y a actuar con un compromiso civil real. Al conectar lo que pasó en la historia con las tensiones que se viven hoy, se alimenta esa «esperanza educada» que tanto hace falta para que las instituciones no se derrumben.


Al final del día, el papel más importante de un docente hoy es formar seres humanos éticamente responsables que no le den la espalda a la injusticia. Este camino no solo prepara a los estudiantes para los retos del presente, sino que pone los cimientos de una sociedad mucho más justa. La educación crítica demuestra que quien enseña no es un simple ejecutor de programas, sino un agente de cambio que ayuda a garantizar la libertad. En tiempos donde el autoritarismo parece ganar fuerza, el pensamiento crítico ya no es una opción académica, es el principio básico para asegurar que la democracia tenga un futuro.

Otra razón que evidencia la importancia de este rol docente es la alfabetización cívica y la formación ética, esenciales para que los y las estudiantes comprendan la historia y los mecanismos del poder autoritario. Henry A. Giroux, en su informe Resistir al fascismo y ganar las guerras educativas: cómo podemos afrontar el desafío del Centro para la Educación Global, sostiene que la pedagogía crítica demuestra que la educación nunca es neutral y que enseñar únicamente contenidos técnicos o mercantilizados deja al estudiantado vulnerables ante la manipulación, la desinformación y la intolerancia. En este sentido,  los docentes que integran ética, justicia social y pensamiento crítico en su práctica diaria permiten que los estudiantes cuestionen la autoridad, identifiquen injusticias y actúen como ciudadanos informados y comprometidos. Además, al vincular la historia con la actualidad, se fomenta la capacidad de imaginar futuros alternativos, promoviendo la esperanza educada como herramienta para fortalecer la democracia.

En conclusión, el rol más importante del docente en la sociedad actual es formar personas críticas, conscientes y éticamente responsables, capaces de fortalecer la democracia y actuar frente a la injusticia social. Este enfoque no solo prepara a los y las estudiantes para analizar y enfrentar los desafíos del presente, sino que también contribuye a construir una sociedad más equitativa, participativa y resiliente. La educación crítica y ética permite transformar las aulas en espacios de reflexión y acción, demostrando que el rol docente no es solo transmisor de conocimientos, sino un agente activo de cambio social que forma ciudadanos capaces de ejercer la libertad, la justicia y la responsabilidad. En tiempos donde las amenazas autoritarias y los discursos extremistas avanzan con fuerza, el pensamiento crítico se convierte en un principio organizador de la educación y en una herramienta fundamental para garantizar la continuidad de la democracia en nuestra sociedad.

Sobre la autora

Carla Gallegos es una estudiante de enseñanza media. Le apasiona abogar por problemáticas sociales y disidentes.