América: el territorio que aún estamos aprendiendo a nombrar

Por Liz Gabriel

El 14 de abril, en Chile, se conmemora el Día de las Américas. Una fecha que, en apariencia, habla de unión, de historia compartida, de identidad común. Pero América no es una sola voz. Nunca lo ha sido. América es un coro desordenado, hermoso y doloroso, donde cada país canta desde su propia herida.

Hablar de América es hablar de un territorio que no termina de cerrarse. Una geografía que no solo se mide en mapas, sino en memorias. En lenguas que sobrevivieron al silencio. En cuerpos que cargan historias que no siempre fueron contadas.

América no fue descubierta.

Fue interrumpida.

Y desde esa interrupción, desde ese quiebre inicial, hemos intentado reconstruirnos. A veces con orgullo. A veces con olvido.

Hay algo profundamente contradictorio en esta tierra. Una belleza feroz que convive con una historia marcada por la violencia, la conquista, la imposición. Y sin embargo, también por la resistencia. Por la capacidad infinita de reinventarse.

América es una cicatriz que no deja de latir.

Pero también es una promesa.

Es la mezcla. El cruce. El desborde.

Es la identidad que no se queda quieta.

Es lo indígena, lo afrodescendiente, lo migrante, lo mestizo, lo que llega y lo que permanece.

En Chile, esta fecha suele pasar con cierta distancia. Como si América fuera algo amplio, ajeno, casi abstracto. Pero somos parte de esa historia. De ese tejido complejo. De esa identidad en construcción.

Somos hijos de esa mezcla.

Y, sin embargo, todavía nos cuesta mirarla de frente.

Porque reconocer América implica también incomodarse. Implica aceptar que nuestra historia no es limpia ni lineal. Que está llena de fracturas. De silencios impuestos. De voces que aún hoy luchan por ser escuchadas.

Implica preguntarnos quiénes somos más allá de lo que nos enseñaron.

Pero también implica reconocer la belleza.

Porque América no es solo dolor.

Es también creación constante.

Es literatura que nace desde los márgenes.

Es música que transforma la pena en ritmo.

Es arte que insiste, que incomoda, que resiste.

Es la capacidad de hacer de la herida algo vivo.

Quizás por eso, hablar de América es, en el fondo, hablar de identidad. De esa búsqueda constante por entendernos. Por nombrarnos sin repetir discursos heredados.

El Día de las Américas no debería ser solo una conmemoración protocolar. Debería ser una pausa. Una invitación a mirar más allá de las fronteras políticas y reconocer lo que nos une y también lo que nos duele.

A escuchar las voces que no siempre han tenido espacio.

A cuestionar lo aprendido.

A reconstruir la memoria desde lo que aún late.

Porque América no es un concepto fijo. Es un movimiento.

Es un territorio que se reescribe todos los días.

Y quizás, en ese ejercicio constante de reescritura, esté su mayor verdad: que América no es algo que simplemente somos.

Es algo que estamos aprendiendo a ser.

Sobre la autora

Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.