Fantasma
Por Fredsly Lizama
Algunos pocos le llamaban el loco Ernesto, debido a su descuidada apariencia, su canoso cabello, largo y desordenado, un eterno rastro de barba a medio crecer y su extraña sonrisa siempre presente. Sin embargo, la gran mayoría no se molestaba ni siquiera en mirarlo, mucho menos en aprenderse su nombre; simplemente, lo ignoraban como si no estuviera allí, era tan poco relevante como el color de las paredes o la grieta en la esquina de la baldosa.
Él era el conserje del edificio de oficinas, un ser casi omnipresente, al menos a mi parecer. Era el primero en llegar y el último en irse, siempre nos recibía con una agradable sonrisa y un cálido buenos días que muy pocos contestaban, o al menos escuchaban.
Cuando era una recién llegada a la oficina, pensé que él era un fantasma por cómo todos pasaban de él, pero era un fantasma muy amigable que siempre nos abría las puertas al caminar con las manos ocupadas, uno que nos ayudaba a llevar las bolsas y cajas; el que siempre mantenía todo impecable y reluciente; el que se encargaba de que nunca nos faltase ningún suministro; el que se encargaba de abrir las ventanas en verano y de encender la calefacción en invierno. Uno que, en silencio, siempre estaba presente y omnipresente con su cotona beige sin ninguna arruga, su identificación que lo reconoce como Ernesto el conserje, con su buena disposición hacia nosotros pese a lo ignorado que era por todos.
Hasta que, un día, “él” llegó y no se supo más de él, cuando dejó de abrirnos las puertas y de darnos una cálida bienvenida, cuando dejó de estar allí para despedirnos a nuestra partida y desearnos una buena tarde o noche. Cuando ya no quedaba agua para el café de las reuniones, ni un suministro inagotable de hojas para las impresoras, de lápices ni grapadoras. Muy pocos nos dimos cuenta de su ausencia física, pero muchos notaron su falta a las labores que otros le habían impuesto y que “él”, en silencio, aceptó. Todos ignorábamos que “él” había llegado un día y que jamás se marchó, la gran mayoría no lo extrañó a él, solo unos pocos que cada mañana y que cada tarde, hablábamos con él.
Lo encontraron muerto en la bodega de insumos, junto a los estantes de los repuestos de las grapadoras. Dicen que fue un paro cardiaco. Nadie lo buscó cuando desapareció y permaneció allí tirado sin que lo extrañaran como persona, fue encontrado muerto una semana después de su último “buenos días, señorita”. Tal vez quedó atrapado allí, sin que nadie lo auxiliara hasta su deceso, o tal vez fue algo inmediato. Pasó sus últimos momentos solo, entre objetos inertes, como un fantasma para el mundo, ignorado e invisible, tal como lo fue su paso entre nosotros.
El loco Ernesto no era un fantasma, pero tal vez ahora sí lo sea.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
