El primer día de Inara
Por Fredsly Lizama
El mundo siempre había sido un cuadro distante. Inara lo contemplaba tras un cristal durante tanto tiempo que, a veces, llegaba a creer que los árboles eran imaginarios, que el viento era una invención de los cuentos, que los pájaros solo cantaban en los libros. No conocía la tierra bajo sus pies, ni el verdadero calor del sol en su rostro. Había crecido mirando hacia afuera, hacia un afuera que siempre parecía un poco demasiado lejano.
Y, sin embargo, aquel día… el cristal desapareció. Inara cruzó la puerta con pasos inseguros. Su madre la seguía en silencio, como si comprendiera que nada debía interrumpir ese instante. La niña olfateó el aire como un animal curioso: era denso, fresco, vivo. Dentro de ella algo se estremeció: una mezcla de vértigo, emoción y deseo.
Dejó caer los zapatos sin pensarlo. Sus pies, pálidos y delgados, tocaron la hierba por primera vez. Estaba húmeda, fría, y cosquilleaba como si también la reconociera. Entonces corrió. No porque alguien se lo pidiera, no porque quisiera escapar. Corrió porque su cuerpo se lo exigía, porque por fin podía. Y aunque el aire le quemaba los pulmones, no había tubos que la sujetaran. Aunque el pecho por el dolía del esfuerzo, no había monitores que la regañaran. Ahora podía cansarse. Y reír. Y tropezar.
Pisó ramas pequeñas que se quebraban como cristales viejos bajo sus pies. El sonido era nuevo, real. La tierra se pegaba a su piel, y olía a vida: a hojas mojadas, a días largos, a todo lo que no había tenido.
Inara abría los ojos como si el mundo recién naciera con ella. Todo era demasiado: El verde no era uno, sino cientos de verdes distintos, peleando entre sí por ver cuál brillaba más. El cielo era más grande de lo que recordaba desde su ventana. Las flores no estaban en floreros, sino que crecían salvajes, con colores que hacían doler los ojos de lo hermosos que eran. Y los pájaros… los pájaros volaban sobre su cabeza, danzaban como guías mudos, desplegando las alas como si le mostraran el secreto del movimiento. Uno descendió y planeó a su altura, y ella lo persiguió con los brazos abiertos, riendo con una risa suelta, nueva, que no sabía que tenía.
Corrió sin pensar en llegar a ningún lugar. Corrió porque el cuerpo se lo suplicaba, como si cada músculo olvidado despertara de golpe. Corrió hasta que el aire volvió escaso y la respiración se volvió un jadeo torpe, entrecortado, hermoso.
Y entonces cayó. De rodillas primero, luego de espaldas, riendo. El suelo del bosque era blando, y olía a humedad antigua, a raíces y a tiempo. Se dejó caer por completo, con los brazos abiertos como alas y el corazón latiendo como un tambor. El cielo la miraba y, por fin, ella también podía mirarlo sin barreras.
Estaba exhausta, sudorosa, cubierta de tierra, con el cabello enredado y las piernas temblorosas; pero nunca había sentido tanta paz. Ninguna aguja, ningún vendaje, ningún murmullo blanco. Solo ella y el mundo.
Escuchó pasos detrás. No se asustó, sabía que era ella. Su madre llegó en silencio, con los ojos brillantes. No dijo nada al principio, solo se agachó, la envolvió en sus brazos delgados, y la sostuvo, como si también necesitara afirmarse a la tierra.
—¿Estás bien? —le susurró al oído.
Inara asintió y sonrió. Los labios sucios de barro, los ojos llenos de cielo.
—Estoy viva —dijo con la voz apenas audible.
La mujer la sostuvo contra su pecho y con ternura, la levantó. Mientras caminaban de regreso, Inara vio las flores, los troncos, los colores, los insectos diminutos. Todo era distinto a como lo había imaginado: todo era más.
—Vamos a casa —susurró su madre—. Ahora tenemos tiempo, todo el tiempo del mundo para descubrirlo juntas.
Y mientras se alejaban, un petirrojo voló sobre ellas, despacio, como si aprobara la promesa: la primera promesa de una vida verdadera.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (Chile, 1997) es arquitecta por formación, escritora de corazón. Su obra habita los márgenes entre lo real y lo mágico, con una sensibilidad que transforma lo cotidiano en refugio. Escribe sobre identidad, pertenencia y vínculos que sanan, con una voz íntima, poética y profundamente empática. Sus personajes, disidentes y luminosos, florecen en medio del silencio. Cree en el poder de las palabras como hogar, y en la belleza de ser distinto.
