El Susurro de Cheuque

Por Fredsly Lizama

El mar es una fuerza de la naturaleza, impredecible, a veces gentil, a veces violento. Con su fuerte oleaje, esculpe la roca que lo rodea. Consume la tierra dejando huellas de su irrefrenable paso. Algunos podrían pensar que el mar es el mismo en todos lados. Solo una masa de agua azul y un oleaje que genera una agradable sinfonía marina, acompañada por un coro de gaviotas. Pero Cheuque no es cualquier playa.

Aquel rincón del mundo era más que un paisaje: era un testigo. El único que había presenciado la historia de su familia desde su origen y también su ruina. Cuando pensaba en su infancia, no recordaba un hogar con paredes y techos, sino los riscos de piedra negra, las mareas cambiantes y el sonido incesante del agua al romper contra las rocas. Su familia no tenía álbumes de fotos enmarcados en la casa; su historia estaba esculpida en la arena, en las conchas que coleccionaban y en los días que pasaban juntos sin importar el frío o la lluvia.

Allí, el mar ruge con una voz única, diferente a cualquier otra costa. En días de marea alta, las olas se estrellan contra los roqueríos oscuros, esculpiéndolos con la paciencia de los siglos. Las nubes bajas ocultan el horizonte, fundiendo la niebla del cielo con la del agua, y creando un velo etéreo que cubre los riscos. A lo lejos, las casas del pequeño poblado observan en silencio, testigos del paso del tiempo, mientras la arena mojada refleja las siluetas de quienes aún caminan por la costa.

A ella nunca le gustó cuando decían que todas las playas eran iguales. Que el mar era el mismo en cualquier lugar. No podían estar más equivocados. El color de sus aguas variaba, a veces verde oscuro por las algas, otras veces reflejando el cielo en un azul apagado. Las arenas también eran distintas, algunas doradas y otras oscuras como el carbón. Y ninguna era como Cheuque.

Desde pequeña, había crecido con el mar de Cheuque como un lazo familiar inquebrantable. Su hermana Olga amaba dibujar sus horizontes, subiendo a los roqueríos para encontrar la mejor perspectiva. Su hermano, insistente y testarudo, intentaba pescar en aquellas aguas, aunque el mar nunca le concedió un solo pez. Sus padres, almas aventureras, se conocieron allí y convirtieron la playa en un refugio para la familia.

Ella recordaba cada fin de semana que bajaban juntos a la playa, desafiando el frío del invierno o la niebla espesa. Recordaba el antiguo sendero de tierra y ripio, antes de que fuera pavimentado, y la dificultad de descender cuando llovía, pero sobre todo, le recordaba a Olga.

Sus padres, que solían sonreír con la piel tostada por el sol marino, se convirtieron en sombras apagadas tras la desaparición de Olga. Su hermano, quien alguna vez maldecía al mar por no concederle un solo pez, dejó de acercarse siquiera al agua. Y ella… ella había huido. Porque Cheuque la llamaba, y le tenía miedo a lo que encontraría si volvía.

Hasta ahora.

El viento soplaba con fuerza cuando descendió por el sendero, ahora pavimentado, donde antes tantas veces resbaló en la tierra húmeda con Olga riendo a su lado. Miró la playa desierta, cubierta de neblina, y supo que el lugar seguía igual. La marea alta ocultaba los roqueríos más lejanos, pero aún podía ver la silueta oscura de las piedras emergiendo del agua, como si el mar intentara tragarlas. La misma visión que su hermana había plasmado tantas veces en su cuaderno de dibujos.

Olga, siempre con su cuaderno de bocetos, sus pies mojados por la marea creciente, su silbido bajo mientras dibujaba. Olga, que nunca aparecía en las fotos porque era quien las tomaba. Olga, cuya imagen quedó grabada en su mente como un susurro eterno del mar.

Fue el mar quien se la llevó.

Fue Cheuque quien la reclamó como suya.

Nadie supo exactamente qué pasó aquel día. Solo encontraron su cuaderno, empapado y cubierto de arena, en la base de un roquerío. Y fue ahí donde la familia se quebró. Los viajes a la playa se volvieron menos frecuentes, hasta desaparecer por completo. El mar, que alguna vez fue un refugio, se convirtió en un fantasma que los perseguía.

Años después, ella volvió.

Se acercó a los roqueríos y comenzó a subir con cautela, tanteando las superficies mojadas. No supo qué la llevó hasta allí—quizás la nostalgia, quizás un impulso que había tratado de ignorar toda su vida. O quizás fue la voz del mar, llamándola como había llamado a Olga.

Las rocas seguían allí, firmes y silenciosas. Las olas seguían moldeándolas, como si el tiempo no hubiera pasado. Se adentró entre los roqueríos, sintiendo la humedad y la brisa salada. Y entonces lo encontró.

Un grabado en la roca.

No era un simple arañazo ni una marca de erosión. Era un dibujo: una línea del horizonte, con el mar y el cielo fundiéndose en un solo trazo. La misma imagen que Olga dibujaba obsesivamente.

Retrocedió, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. No podía ser coincidencia. Con el corazón latiendo con fuerza, trepó hacia la siguiente roca, adentrándose más en el mar. Y ahí estaba otro.

Otro dibujo del horizonte, tallado con torpeza, como si las manos que lo hicieron temblaran por el esfuerzo. Y junto a él, palabras gastadas por la brisa marina:

«El mar me llama. No puedo ignorarlo.»

Se quedó inmóvil, sintiendo cómo la brisa salada le llenaba los pulmones. No era un solo mensaje. Olga había dejado un rastro.

Avanzó de piedra en piedra, saltando entre las grietas, mojándose los zapatos con el rocío de las olas que golpeaban los riscos. En cada nuevo roquerío había una nueva marca. Un dibujo del horizonte, un pensamiento esculpido en la roca, una despedida escrita con mala caligrafía y aún peor pulso.

«Aquí pertenezco.»

«Algún día, seré parte del agua.»

«No es un adiós, es un regreso.»

Su garganta se cerró al leer la última inscripción. Era un testamento.

Oculto entre la marea, en una piedra a la vista de todos, pero ignorada por la mayoría, estaba el grabado. Un dibujo del horizonte marino, torpemente tallado, con letras desiguales y casi desgastadas por el tiempo.

«A mi bello mar, quien me llama con pasión, y me seduce con su horizonte. Algún día seré tuya, volveré a ti.» Olga Salamanca.

Las inscripciones parecían susurrarle a través del tiempo, como si las olas repitieran las palabras de Olga en cada resaca, en cada espuma blanca que se deshacía en la roca.

Su garganta se cerró al leer la última inscripción.

«El mar es mi hogar.»

El golpe de una ola la salpicó y se tambaleó sobre la piedra húmeda. Se sujetó con ambas manos, sintiendo la aspereza del musgo marino entre sus dedos. Su corazón latía desbocado, y de pronto, todo tuvo sentido.

Olga no se había perdido en el mar.

El mar no se la había llevado.

Ella había ido hacia él.

Se dejó caer de rodillas sobre la roca, el viento enredándole el cabello, los labios temblorosos. Por años se preguntó qué había sucedido aquella tarde, se aferró a la idea de un accidente, a la posibilidad de que su hermana hubiera resbalado, de que el mar la hubiera arrebatado sin previo aviso. Pero ahora entendía. Olga había elegido.

Se levantó lentamente y miró el horizonte, el mismo que su hermana dibujó una y otra vez, el mismo que ahora se grababa en su mente con la nitidez de una revelación.

Cerró los ojos y escuchó.

Las olas rompían contra las piedras, la brisa silbaba entre las grietas de los riscos, y, entre todo ese sonido, estaba la voz de Olga. Un susurro apenas perceptible, escondido en la espuma del mar.

Por primera vez en años, no tuvo miedo.

Se giró para volver por donde vino, dejando las marcas de Olga en su lugar, allí donde siempre pertenecieron. No las tocaría, no intentaría preservarlas. Sabía que, con el tiempo, el viento y el agua las borrarían por completo, como si nunca hubieran estado allí.

Y, de alguna forma, eso estaba bien.

El mar la recordaría.

Sobre el autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.