Desde la soledad de mi cuarto
Por Fredsly Lizama
Sentada sobre el frío suelo de mi pequeña habitación, con la espalda apoyada en la vieja marquesa de mi cama. Sola… sola… sola.
Lágrimas caían lentamente por mis mejillas, mientras leía una y otra vez la carta que tenía entre mis manos; una y otra vez.
Memorias del pasado eran evocadas al presente, todo mi ser estaba impregnado de su esencia, pero él ya no está aquí.
Trate de llorar, de dejarme llevar por la soledad y la desesperación por medio del llanto. Traté de dejarlo salir pero… mis lágrimas están casi secas de tanto llorar en la inmensa soledad.
Ya no queda nada de ti, nada de mí… solo las memorias que guarda celosamente mi corazón, todas junto a ti, en la soledad de mi cuarto.
Estire ligeramente el brazo para alcanzar tu fotografía desde el escritorio. Es solo eso, lo que me queda de ti, solo un simple recuerdo de lo que un día fuimos, hermoso y pequeño recuerdo.
Ya no queda nada de ti, nada de mí, nada de nosotros.
Aquel día que decidiste acabar con tu vida, por tu propia mano, te llevaste todo. Ese día destruiste mi corazón y mi alma en miles de pedazos. Me mataste y me dejaste sola en mi cuarto, junto a tu recuerdo.
Viví para ti, te ame solo a ti, fui únicamente tuya, fui la luz en medio de tu oscuridad; y aun así no tuviste el valor para luchar por nosotros. Me dejaste en la soledad de mi cuarto, cual fue un día el más fiel testigo de nuestro amor.
Porque no pudiste soportar un poco más, por nosotros, por nuestro futuro juntos. Al fin seriamos lo que siempre quisimos, una familia, y ya no tendríamos que estar solos nunca más. Pudimos haber huido, irnos lejos y comenzar de nuevo, dejando nuestra miseria y soledad aquí.
Huir de la soledad a la que fuimos condenados a vivir. Sin familia, sin hogar, sin algo a lo que llamar nuestro, hasta que nos conocimos el uno al otro.
¿Por qué? Era solo un poco más para dejarlo todo atrás.
Ahora estoy sola… ahogándome en tu recuerdo.
Vi el puñal a mi lado, y por un momento consideré la idea de irme junto a ti, lejos de la soledad de mi cuarto. Pero, a pesar de que me dejaste sola, yo no tengo el valor de los cobardes, no tengo el valor para seguirte. No hay amor que justifique la muerte.
Me abracé a mí misma, acariciando suave y delicadamente el leve bulto en mi abdomen.
Me dejaste en la soledad de mi cuarto, junto al fruto de nuestro amor, de nuestra pasión, de la soledad que nos juntó y nos hizo uno.
Volví a leer tu carta de despedida, tus palabras de amor, tus sueños e ilusiones junto a mí.
Antes de irte me dejaste todo. Tus cosas, tu amor, tu pasión, tu recuerdo y el fruto de un nosotros.
Regrese a mi vista para ver el puñal, lo tome y lo tire lejos de mí.
Yo no podía, no tenía el valor de acabar con mi vida y la de él.
Me abracé a mi misma más fuerte, sollozando débilmente, seguí acariciando mi vientre con ternura.
“Ahora somos solo tú y yo pequeño” susurre tiernamente, sintiéndome madre por primera vez.
Antes viví solo para ti, ahora viviré solo para mi pequeño, el fruto del gran amor que algún día te tuve. Lo amare de la misma forma como en el pasado te ame. Y ambos creceremos, viviremos en un futuro lejos de la soledad de mi cuarto.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
