El corazón que sobrevivió a la memoria

Por

La casa huele a polvo antiguo y a flores secas.

Las paredes respiran en susurros,

como si supieran cosas que yo ya no sé.

Hay un rostro frente a mí.

Tiene ojos cansados,

ojos que me miran como si yo fuera un hogar.

No sé quién es.

Pero cuando se acerca, algo en mi pecho se inclina hacia él

como una vela hacia la llama.

El médico dice palabras largas,

palabras que se rompen antes de llegar a mí:

degeneración, pérdida, olvido.

Yo asiento.

No recuerdo haber aprendido a asentir,

pero mi cuerpo lo hace por mí.

Cada mañana despierto en un mundo que parece prestado.

Los nombres se esconden,

las fechas se disuelven como tinta en agua bendita.

Mi historia se ha vuelto un libro sin títulos,

páginas arrancadas,

capítulos que sangran silencio.

Y sin embargo…

Cuando esa persona toma mi mano,

mis dedos responden.

Cuando se va, algo duele.

No sé qué se fue,

pero sé que no debió hacerlo.

Es cruel esta deidad que roba recuerdos

pero deja intacta la herida del querer.

Cruel como una catedral derrumbándose por dentro

mientras la cruz sigue en pie.

A veces lo miro y sonrío,

no porque lo recuerde,

sino porque mi corazón —traidor, fiel—

lo reconoce sin palabras.

Como si el amor viviera en un cuarto distinto al de la memoria,

uno al que la enfermedad no tiene llave.

Él me dice mi nombre.

Lo escucho como quien oye una campana lejana

desde un sueño que no es suyo.

No lo guardo.

Se me cae al suelo,

pero el tono con el que lo dice

se me queda clavado en el alma.

Por las noches,

los recuerdos muertos se levantan como fantasmas incompletos:

una risa sin rostro,

una canción sin letra,

un beso sin labios.

Todo es fragmento,

todo es eco.

Y aun así,

si él llora,

yo siento ganas de consolarlo.

No sé por qué.

No sé desde cuándo.

No sé quién es.

Pero lo quiero.

Tal vez el amor no sea memoria,

sino instinto.

Tal vez sea una cicatriz tan profunda

que ni siquiera el olvido se atreve a tocarla.

Mañana volveré a perderlo todo.

Volveré a no saber su nombre,

ni el mío,

ni el tiempo que compartimos.

Pero si entra por esa puerta

y me mira como hoy,

mi corazón volverá a inclinarse.

Porque aunque la mente se apague,

el amor

sigue ardiendo en la penumbra,

como una vela que no recuerda quién la encendió

pero se niega a apagarse.

Sobre la autora

Moira Mirthem (Temuco) es estudiante de Tecnología Médica y escritora de relatos poéticos oscuros. Sus textos abordan la locura, la intensidad emocional y la belleza en lo sombrío, con un estilo lírico que fusiona poesía y narrativa.