Deshumanización del Autismo: Infantilización y Satanización
Por Carla Gallegos
La sociedad ha construido un sistema que dicta normas a partir de una idea rígida de normalidad. Está estructura social provoca que quienes no se ajustan a dichos estándares se les excluye, en el caso de las personas que son autistas, esta situación se manifiesta de manera constante y profunda en todos los aspectos de sus vidas.
En muchos espacios, la neurodiversidad suele entenderse como una desviación del orden social establecido, en lugar de reconocer el autismo como una expresión de la diversidad humana, se lo aborda principalmente desde modelos neurotípicos, los cuales se centran en el déficit y la anormalidad. Esta visión reduce a las personas autistas a sus dificultades, invisibilizando sus habilidades, conocimientos y aportes a la comunidad, a su vez, esta forma de entender el autismo influye directamente en la manera en que se diseñan las políticas públicas, las prácticas educativas y las estrategias de inclusión social, las cuales muchas veces no responden a verdaderas necesidades.
Estas dinámicas de exclusión se expresan a través de dos mecanismos sociales, sientes estos: la infantilización y la satanización. La primera consiste en tratarles de manera permanente como si fueran niños o incapaces, independientemente de su edad, experiencias o habilidades reales. Este enfoque se manifiesta en un lenguaje condescendiente, en la toma de decisiones sin su consentimiento y en la suposición de que requieren supervisión absoluta, bajo la apariencia de cuidado o protección, esta práctica niega su autonomía y limita su desarrollo personal, reforzando la idea de que no pueden ejercer control sobre sus propias vidas. Como resultado, se les priva del derecho a equivocarse, aprender y autodeterminarse, derechos fundamentales que sí se reconocen al resto de la población. En cambio, la satanización se ejerce de diferente manera. Esta forma de estigmatización, señala a las personas autistas como sujetos problemáticos y peligrosos. Situaciones como las crisis sensoriales, las dificultades en la comunicación o las formas alternativas de relacionarse con el entorno suelen interpretarse erróneamente como incómodos o amenazantes, estos pensamientos alimentan el miedo social y justifican prácticas de exclusión y castigo, particularmente en contextos educativos y familiares. Este trato termina generando problemas de depresión y autoestima, junto con problemas a la hora de entablar relaciones sociales.
Ambos mecanismos, aunque opuestos a la hora de realizarse, cumplen una misma función: deshumanizar a las personas autistas. Mientras la infantilización les coloca en una posición de dependencia forzada, la satanización les margina a través del rechazo. En conjunto, estas ideas limitan su participación social y refuerzan una narrativa que las sitúa fuera de lo que es considerado normal, de este modo, la sociedad no solo falla en reconocer la diversidad neurológica como parte legítima de lo humano, sino que perpetúa estructuras de poder que silencian, excluyen y vulneran sistemáticamente a las personas del espectro.
En síntesis, la infantilización y la satanización funcionan como mecanismos de control que mantienen a las personas autistas en una posición de exclusión. Aunque se manifiestan de formas distintas, ambas niegan su autonomía y refuerzan la idea de que no
pertenecen a la sociedad. Estas prácticas no surgen del cuidado ni del conocimiento actualizado, sino de prejuicios históricos, representaciones culturales estereotipadas y una noción de que existe una sola forma de ser. Al concebir a las personas autistas como sujetos incompletos, dependientes o peligrosos, la sociedad restringe sus oportunidades de participación social, tanto en ámbitos educativos y laborales, normalizando la discriminación y la vulneración de sus derechos, lo que impacta profundamente en su identidad.
Sobre la autora
Carla Gallegos es una estudiante de enseñanza media. Le apasiona abogar por problemáticas sociales y disidentes.
