El mito de las vacaciones: Crisis de logística y cuidados ¿Quién cuida a las que cuidan en vacaciones? 

Por Natascha Gálvez Córdova

Llegan las vacaciones y, con ellas, la narrativa publicitaria del «merecido descanso». Sin embargo, para gran parte de las familias, no hay maletas, ni playas, ni hoteles. El descanso es un privilegio de clase, pero la sobrecarga una imposición de género. 

Para muchas mujeres, las vacaciones no significan una pausa, sino la clausura de sus redes de apoyo: cuando cierran las escuelas y los jardines, se abren las brechas de la desigualdad en el hogar.

La precariedad no toma vacaciones; se intensifica. Y no es una queja individual, sino un fallo sistémico. Mientras el sistema productivo «se detiene», el sistema de cuidados se intensifica, y tiende a recaer sobre las mujeres.

El hogar como trinchera para las familias que no tienen los recursos para «salir», las vacaciones significan tener a hijas e hijos 24/7 en casa, a menudo en espacios reducidos y sin las alternativas de ocio que el mercado ofrece a quienes pueden pagarlas. Aquí, la labor de la mujer se multiplica: hay más comidas que resolver, más conflictos que mediar y una presión constante por «entretener» en la carencia y continuar cumpliendo con todo lo demás.

La libertad no es solo poder elegir qué hacer con nuestro tiempo, sino tener el derecho legítimo de no hacer nada sin que el mundo a nuestro alrededor se desmorone. Nombrar el problema es solo el primer paso; lo que sigue es la politización de la solución. No podemos pedirle a las mujeres que «se relajen» si el entorno no lo permite. Y va más allá de que el Estado ofrezca algunos panoramas “gratuitos” (¿quien corre con el traslado, la comida, el tiempo de cuidados, y la logística del panorama familiar?), o excepcionales talleres de verano y algunos pocos centros de “vacaciones en mi jardín”.

Políticamente, esto es un abandono. La red de apoyo Estatal se vuelve una excepción y no la norma. El Estado de bienestar se retira casi por completo durante los meses estivales o festivos, asumiendo que “las familias” (particularmente las de sectores más vulnerables) tienen una capacidad infinita de estirar el tiempo y el presupuesto. Lo que para unos es ocio, para mujeres cuidadoras es una jornada laboral no remunerada que se duplica bajo el mismo techo.

Burnout vacacional: la culpa y el agotamiento. El impacto es demoledor, a la carga mental de la gestión doméstica se le suma la carga emocional de la precariedad, la culpa de no poder ofrecer «el verano de las películas», el estrés por el aumento del gasto en servicios y comida, y la falta absoluta de un espacio propio. Muchas personas cuidadoras se encuentran anhelando el regreso a clases, y para cuando “terminan las vacaciones” están aún más agotadas que antes de “iniciarlas”.

En esta Tertulia, pongamos nombre a ese agotamiento que no se cura con una siesta, proveniente de la carga mental de anticipar cada crisis, de gestionar las expectativas de felicidad de todo el grupo familiar y de sostener la armonía afectiva. Es momento de dejar de ver el descanso como un producto de consumo y empezar a exigirlo como un derecho político. 

No habrá igualdad mientras la paz de la familia dependa exclusivamente del sacrificio, el ingenio y el cuerpo de las mujeres que, incluso en «vacaciones», no encuentran un momento para el descanso y cuidado personal. Es momento de dejar de llamar «amor» a lo que es trabajo no remunerado, y empezar a exigir corresponsabilidad política y afectiva que nos permita, dejar de ser las anfitrionas del descanso ajeno para ser dueñas de nuestro propio tiempo.

Hacia una resistencia colectiva: ¿Cómo romper el ciclo?

Dentro de casa, la resistencia empieza por hacer visible lo invisible. Fuera de la casa, el activismo es indispensable.

Resistamos al mandato de la «supermamá» que todo lo puede y todo lo resuelve con una sonrisa. Se vale decir: «Hoy la casa no está impecable», o «Hoy necesito una hora de silencio absoluto». No basta con laven los platos «si se los pides». La resistencia implica que los varones de la familia asuman la gestión ejecutiva: decidir qué se come, revisar qué falta en la despensa y anticipar las necesidades de la familia sin esperar instrucciones. 

Este modelo de vacaciones no es una ley natural, sino una decisión política que, juntas, podemos revocar. Pero la esperanza no se construye en soledad, se teje en colectivo. Si el diagnóstico es demoledor, la respuesta debe ser esperanzadora y comunitaria. No estamos condenadas a este ciclo de agotamiento. La historia nos demuestra que cuando las mujeres politizamos nuestro malestar, las estructuras tiemblan.

Existen modelos en otros países —y experiencias piloto en el nuestro— que demuestran que se puede hacer distinto: escuelas que se convierten en centros comunitarios abiertos todo el año con personal contratado específicamente para el ocio; políticas de «tiempo ciudadano» que reducen jornadas laborales sin reducción salarial; sistemas nacionales de cuidado que no cierran por feriado. La esperanza reside en que ya sabemos lo que hay que hacer; ahora nos toca acumular la fuerza política para exigirlo. No estamos pidiendo imposibles, estamos exigiendo lo mínimo para una vida vivible.

Que el Estado entienda que el cuidado es la base de la economía, y no su vertedero. 

Descansar, para una mujer con sobrecarga, es un acto revolucionario. No es egoísmo; es una declaración de que nuestras vidas y nuestros cuerpos no son recursos inagotables al servicio del bienestar ajeno.