El sufragio femenino presidencial en Chile y la fragilidad de la democracia
Por Fernanda Luna
Hasta 1949, las mujeres chilenas habitaban una ciudadanía a medias. Podían participar en elecciones municipales desde 1934, pero seguían marginadas de la decisión más simbólica del poder político: la elección presidencial. Esta exclusión no se explicaba por incapacidad, sino por miedo; miedo a que la voz femenina alterara el orden establecido, a que la política dejara de ser un espacio únicamente masculino y jerárquico. El cuerpo de la mujer era aceptado como soporte del hogar, pero no como sujeto soberano.
La promulgación de la Ley N.º 9.292 el 8 de enero de 1949, y su publicación en el Diario Oficial el 14 del mismo mes, otorgó el derecho a sufragio femenino presidencial y fue el resultado de una lucha persistente contra la lógica de exclusión. Mujeres organizadas, intelectuales, profesoras, obreras y activistas comprendieron que sin participación política no había representatividad, por lo que el voto no era solo una papeleta, sino la posibilidad de intervenir en el rumbo del país, de dejar de ser objeto de decisiones ajenas para convertirse en sujeto político activo.
Cuando las mujeres votaron por primera vez en una elección presidencial en 1952, lo hicieron en un país que aún desconfiaba de ellas. La ley había cambiado, pero la cultura política seguía anclada a los prejuicios; aun así, ese gesto marcó una transformación profunda: la democracia chilena dejaba de sostenerse sobre una exclusión estructural. Sin embargo, mirar este hito desde una perspectiva contemporánea nos obliga a realizar una lectura menos triunfal. En un escenario global donde resurgen gobiernos abiertamente autoritarios, se normalizan los discursos de odio, y renace la nostalgia por órdenes rígidos y jerárquicos, el sufragio femenino adquiere un nuevo significado, pues ya no es solo una conquista pasada, sino un derecho que puede volver a ser amenazado si no se resguarda en los valores democráticos.
Los totalitarismos emergentes no suelen presentarse negando el voto de forma explícita; por el contrario, son sutiles y se instalan debilitando las instituciones, relativizando los derechos humanos y promoviendo una idea estrecha de nación, donde únicamente ciertos cuerpos e identidades vuelven a ser vistos como prescindibles. Bajo estas condiciones, el voto existe, pero su sentido se apaga y la participación se transforma en una mera formalidad.
Chile y Latinoamérica no están aislados de estas tensiones. En el clima político reciente de la región, se percibe una creciente fascinación por liderazgos que prometen orden, autoridad y respuestas simples a problemas complejos. De manera que los discursos que exaltan la fuerza, la disciplina y la homogeneidad avanzan acompañados de una desconfianza hacia el feminismo, los derechos fundamentales y la memoria histórica. Esto no es casual: los derechos de las mujeres han sido desde siempre fuente de incomodidades para proyectos autoritarios.
En este contexto, el sufragio femenino presidencial deja de ser un hecho del pasado y se convierte en una pregunta abierta: ¿Qué implica el sufragio cuando los discursos predominantes se sustentan en base al temor y la desconfianza? ¿Se torna frágil la democracia?
Recordar la ley de sufragio femenino no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de vigilancia democrática, pues nos recuerda que hubo un tiempo en que las mujeres fueron consideradas incapaces de decidir, y que esa idea, aunque hoy resulte inaceptable, puede reaparecer bajo nuevas formas si se naturaliza el autoritarismo. La historia enseña que los derechos no desaparecen de un día para otro, más bien se erosionan lentamente, entre aplausos y silencios cómplices.
Así, el sufragio femenino presidencial se vuelve un símbolo que representa la entrada de las mujeres a la esfera pública, pero también la responsabilidad colectiva de proteger ese espacio. En tiempos donde el poder vuelve a concentrarse, donde la diferencia se percibe como amenaza y donde el pasado autoritario es relativizado e incluso reivindicado, el voto femenino debe entenderse como un acto de memoria y resistencia. Ejercerlo exige, entonces, una conciencia crítica, pues cada elección no solo define un gobierno, sino también el tipo de sociedad que estamos construyendo.
Sobre la autora
Nacida en Talca en 1995, poeta, bruja y artista visual autodidacta. Sus versos buscan la conexión con los planos etéreos, donde el alma pueda navegar y descubrir distintos escenarios que invitan a la reflexión a través de la liberación de las emociones. Actualmente cursa la carrera de Pedagogía en Lengua Castellana y Literatura.
