Doce nombres para un año
Por Moira Mirthem
El papel no era blanco.
Ninguna cosa destinada al sacrificio lo es.
Tenía el color de los huesos antiguos, de las cartas que nunca llegaron, de los días que se quedaron sin nombre. Cuando lo tocó, la tristeza se le subió por los dedos como una fiebre lenta, conocida. Esa tristeza que no sorprende, que no irrumpe: la que vive ahí desde siempre.
Afuera celebraban.
Las risas atravesaban las paredes como golpes sordos. Cada explosión de luz en el cielo era un recordatorio de que el mundo insistía en seguir, incluso cuando a ella le costaba respirar dentro del suyo.
La tradición decía:
Antes de que el año muera, alguien debe escribir los nombres de quienes no verán su final.
Nadie hablaba del peso que dejaba en el cuerpo.
Nadie advertía que el papel no pedía tinta, sino algo más íntimo.
Escribió el primer nombre y sintió un cansancio antiguo caerle sobre los hombros.
No era culpa.
Era reconocimiento.
Con el segundo, el aire se volvió espeso.
Con el tercero, la habitación comenzó a oler a lluvia encerrada.
Con el cuarto, recordó una tristeza que no tenía fecha, una que había aprendido a llevar como quien aprende a caminar con una pierna rota.
Cada nombre traía un mes adherido a la piel: — enero pesaba como un amanecer que no promete nada
— marzo tenía la aspereza de una despedida sin palabras
— junio era frío, largo, interminable
— octubre latía como una ansiedad sin causa.
No veía los rostros de quienes morían.
Veía sensaciones: el miedo antes de dormir, la soledad en habitaciones compartidas, el terror silencioso de despertarse y no sentirse real.
A medida que escribía, algo dentro de ella se vaciaba.
No de forma violenta.
De forma correcta.
Como si su tristeza hubiera estado esperando ese momento toda la vida.
Cuando llegó al duodécimo nombre, la mano ya no le obedecía.
El papel estaba lleno.
El año estaba completo.
Pero el silencio no se cerró.
El papel la miró.
No con ojos, sino con certeza.
Entendió entonces lo que la tradición callaba:
el año no exige doce muertes.
Exige un ancla.
No quedaba espacio para un nombre nuevo.
Solo para repetir uno.
El suyo.
Lo escribió una vez, y sintió el miedo.
La segunda, y sintió el abandono.
La tercera, la tristeza profunda que no llora.
La cuarta, la certeza de no ser necesaria.
La quinta, el terror de seguir viva.
La sexta, el deseo de desaparecer sin morir.
Cuando terminó, el reloj marcó las doce.
El papel no ardió.
Respiró.
El año nació.
Y ella comprendió que no moriría de golpe.
Moriría lentamente, de maneras pequeñas y hermosas:
olvidando cosas, soltando nombres, perdiendo partes de sí que nadie reclamaba.
Afuera, alguien gritó feliz año nuevo.
Adentro, ella se sentó frente al papel,
con la calma oscura de quien al fin entiende su función.
Ser el lugar donde el tiempo aprende a doler.
Sobre el autor
Moira Mirthem (Temuco) es estudiante de Tecnología Médica y escritora de relatos poéticos oscuros. Sus textos abordan la locura, la intensidad emocional y la belleza en lo sombrío, con un estilo lírico que fusiona poesía y narrativa.
