Brindis de navidad

Por Fredsly lizama

Sofía prepara todo.

El árbol, pequeño pero altivo allá en medio de la sala, parece más grande de lo que es gracias a la mesa de centro que lo sostiene como si fuera un escenario. Las luces, cálidas como el dorso de una mano amable, parpadean en un ritmo algo imperfecto, casi humano. Ese titilar suave ilumina el pesebre a medio armar, un bodegón navideño detenido en pausa: ovejas formadas sin lógica, un pastor acostado mirando al techo, María ligeramente chueca. Ella, que siempre dejaba todo perfecto para evitar comentarios, ahora deja el caos tal cual. Le parece encantador.

La casa huele a limpio. A esfuerzo. A un poco de libertad recién conquistada. Abre las ventanas para dejar entrar el último respiro del día, y la brisa mueve apenas el mantel rojo como si la felicitara en silencio. Sofía se detiene un segundo en el umbral, con las manos apretadas contra el pecho, como si el aire mismo le recordara que ahora es dueña de sí.

Va a su dormitorio y elige un vestido azul oscuro, el mismo que había comprado años atrás para una cena en que nunca la dejaron ser ella. Se lo pone lentamente, sintiendo cómo la tela se acomoda en su figura sin exigir nada. Sobre él, se anuda su delantal de flores desteñidas. Su risa suave llena la habitación: se siente ridícula, elegante, feliz. Una mezcla deliciosa.

Cuando entra a la cocina, se mueve sin prisa. Abre el horno y el aroma de la pechuga de pavo la envuelve, una fragancia simple y honesta. En la mesada, las papas cocidas esperan, blancas como lunas pequeñas. La ensalada de lechuga con palta está lista, bañada con un hilo de limón. La botella de vino barato —ese que sabe rico sin pretensiones— reposa sobre la mesa, medio fría, como una presencia familiar.

Afuera, la luz del sol se hunde detrás de los árboles. El cielo muta a un azul profundo que anuncia que ya viene la noche buena. Sofía enciende dos velas. Las llamas se estiran y danzan como si celebraran su renacer.

La música navideña de las luces chinas suena de fondo: una versión plástica, algo desabrida de un villancico que a ella le provoca ternura. Es tan feo y tan entrañable que la hace cantar encima, desafinada y feliz. Esa risa que le brota desde el estómago es nueva, limpia, sin permiso de nadie.

Se quita las gafas gigantes que siempre usó para ocultar lo que no debía explicarse. Sus ojos miel aparecen, brillantes y vulnerables. El moretón ya sanado, verdoso y leve, aún le recuerda quién era… pero más aún quién ya no es.

Se sienta a la mesa. La vela ilumina su rostro con un resplandor suave que la embellece. Sirve una porción generosa de pavo y papas. Toma vino. Suspira como quien vuelve a casa después de un viaje largo y cansado.

Mientras come, su mirada cae en el pesebre desordenado y sonríe. Recuerda, por un instante, aquella Navidad pasada. La mesa llena, los murmullos bajitos que flotaban como sombras. La suegra criticando la cocción del pavo, el mantel, hasta la forma en que Sofía respiraba. El marido con esa sonrisa falsa que se quebraba cuando nadie lo veía. Las manos tensas sobre la mesa. La promesa silenciosa de que, cuando se fueran los invitados, habría consecuencias.

La memoria le roza la piel, pero no se instala. Ella la deja pasar como quien deja caer una hoja seca de entre los dedos. Esta noche es otra cosa. Esta noche es ella.

A las 00:00 exactas, el celular marca la hora con un pequeño brillo. Sofía levanta su copa hacia la habitación vacía, hacia el árbol que parpadea, hacia sí misma reflejada en la ventana.

—Feliz Navidad, Sofía —susurra. Y esta vez, lo siente de verdad.

Abre el primer regalo: un pequeño estuche blanco. Dentro, el collar de plata tejida con ese detalle de lapislázuli que siempre miró con anhelo y que jamás habría comprado antes por miedo a “malgastar”. Se lo pone, y la piedra azul descansa sobre su clavícula como una gota de cielo.

Luego abre la carpeta. El decreto de divorcio aprobado. Y, junto a él, la notificación de la fiscalía: su ahora ex esposo está preso por agresión. Sus dedos tiemblan apenas, pero no de miedo. Es el temblor del alivio, ese que llega cuando se suelta un peso que se cargó demasiado tiempo.

—A mi salud —dice, y bebe otro sorbo de vino. El sabor es simple, pero se siente como un triunfo.

Se recuesta en el sillón, dejando que la música de las luces chinas siga su melodía torpe. Mira el techo, el árbol, su casa entera… y por primera vez entiende que el silencio puede ser un compañero, no un enemigo.

Respira, larga y serenamente.

Esto —se dice— es un buen comienzo.

Y lo es. Es la primera navidad que Sofia esta sola, pero también, la primera donde es genuinamente feliz.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.