La luz no alcanza a todos
Por Liz Gabriel
Hay una verdad que se repite cada diciembre, silenciosa como un susurro detrás de las luces: no todos caben en la alegría obligatoria.
La Navidad llega como una marea brillante que pretende limpiarlo todo. Se infiltra en casas, pantallas, calles cansadas, supermercados repletos, oficinas que ya no dan más. Trae ese mandato tácito que nos invita —o nos exige— a sonreír, a reunirnos, a celebrar. Pero bajo la superficie pulida, siempre hay alguien sosteniendo su propio derrumbe.
La soledad es una de las grandes invitadas no anunciadas de estas fechas.
A veces viene en forma de silla vacía. Otras, en un número de teléfono que ya no suena. En una mesa donde falta un plato que nadie se atreve a mencionar. O en ese silencio que cae cuando la casa entera intenta convencerse de que está bien, de que debe estar bien.
En Chile, diciembre huele distinto:
a pan de pascua seco, a calor que no descansa,
a cansancio acumulado después de un año que siempre pide más.
La ciudad vibra con una prisa que bordea el colapso,
como si todos estuviéramos intentando llegar a algún lugar
donde, en realidad, no nos espera nadie.
Las luces parpadean, pero no iluminan las grietas.
Ahí se esconde la angustia de quienes no pueden celebrar,
de quienes están de duelo,
de quienes temen volver a una mesa que nunca fue hogar,
de quienes cargan un vacío que no sabe de festividades.
Y, aun así, hay una extraña ternura en todo esto.
En reconocer que no estamos obligados a festejar para demostrar que seguimos vivos.
Que la Navidad también puede ser un espacio pequeño, íntimo, honesto.
Un día para respirar.
Para permitirnos llorar.
Para aceptar que la ausencia también es parte de la historia.
Hay quienes encienden una vela por los que no están.
Otros preparan una comida sencilla para sí mismos.
Hay quienes se refugian en la música, en un libro,
en la certeza de que no hay nada de malo en pasar la Navidad en silencio.
Quizás la verdadera celebración sea esa:
perdonarnos por no encajar en la postal perfecta,
honrar nuestras heridas,
darle un espacio a lo que duele sin esconderlo bajo guirnaldas.
Porque, aunque diciembre insista en disfrazarse de magia,
la verdad es que también es un mes para sobrevivientes.
Y sobrevivir, a veces, es suficiente.
Sobre la autora
Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.
