El país que duerme con los ojos abiertos
Por Liz Gabriel
El 19 de diciembre Chile amanece otra vez manchado. Las banderas ondean como si nada, las calles siguen su curso, el sol se levanta sobre la misma tierra que entierra mujeres. Nos enseñaron a nombrar el horror con delicadeza: “femicidio”, una palabra limpia para algo que apesta. Un término técnico para un crimen cotidiano.
Pero no hay nada técnico en el cuerpo abierto de una mujer. No hay protocolo que nombre el miedo cuando lo sentimos respirando detrás. No hay cifra que contenga el temblor de quien sabe que puede ser la próxima.
Cada año repetimos la fecha como si fuera un rito de purificación. Minutos de silencio, campañas con rostros sin vida, promesas de justicia que envejecen antes de cumplirse. Las vemos en las noticias: nombres que pasan, ojos pixelados, cuerpos borrados. Dicen “una más”, y en esa frase está el fracaso entero de un país que se acostumbró a contar cadáveres.
Chile se precia de leyes y avances, pero la impunidad se pasea por las comisarías con traje planchado. Las denuncias se apilan en escritorios fríos, y el sistema sigue preguntando qué llevaba puesto, a qué hora salió, si bebió, si lo provocó. La justicia sigue teniendo voz masculina, tono de sospecha, olor a burocracia.
Mientras tanto, las mujeres aprendemos a sobrevivir en silencio. Cambiamos de ruta, de número, de tono de voz. Bajamos la mirada en los ascensores. En las calles, apretamos las llaves entre los dedos como si fueran cuchillos. Esa es nuestra forma de rezar.
No queremos flores ni minutos de silencio. Queremos caminar sin miedo. Queremos vivir sin la sombra del “por si acaso”.
El feminicidio no es una noticia aislada: es la respiración constante de un país que nos asesina lento. Nos mata cuando calla, cuando duda, cuando se burla. Nos mata cuando una mujer desaparece y la prensa se pregunta si “había problemas de pareja”. Nos mata cuando el juez duda, cuando el vecino no interviene, cuando el Estado llega tarde o no llega nunca.
Este 19 de diciembre no celebro una efeméride. No enciendo velas, no pongo lazos. Escribo. Porque la palabra también puede ser un arma. Porque si algo nos queda es la rabia que no se disfraza. La memoria que no se domestica.
Chile duerme con los ojos abiertos, fingiendo no ver lo que ocurre dentro de sus casas, detrás de sus puertas, en los rincones donde la violencia se pronuncia en voz baja. Pero nosotras no dormimos. Nosotras contamos, gritamos, escribimos. Llevamos los nombres de las que ya no están como tatuajes invisibles bajo la piel.
No quiero otro minuto de silencio. Quiero un país que despierte, que tiemble, que se mire al espejo y se reconozca culpable.
Porque mientras la justicia siga ciega y el miedo siga siendo parte del aire,
todas seguimos caminando con la sensación de estar vivas solo por azar.
Y cuando ese azar se acabe, cuando una más caiga,
no habrá silencio que nos contenga, solo fuego.
Porque de tanta muerte, algún día, las mujeres vamos a aprender a incendiar el país.
Sobre la autora
Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.
