Las alas de la violinista
Por Fredsly lizama
Melody se quedó en silencio. Sus días habían sido un ciclo interminable de frustración, pero, por primera vez, consideró la posibilidad de que su padre tuviera razón. Comenzó a salir al jardín con un cuaderno y un lápiz, intentando plasmar en palabras lo que ya no podía expresar con su violín. Poco a poco, su tristeza se transformó en poesía, en historias, en algo nuevo.
Fue entonces cuando descubrió que podía componer. Notas, melodías, partituras. Si bien su mano izquierda no podía tocar como antes, aún podía imaginar la música, escribirla, darle forma con sus pensamientos. Empezó a experimentar con sonidos en su mente, a crear armonías que otros podrían interpretar. Su amor por la música no había desaparecido; solo había cambiado de forma.
Días después, decidió enfrentar su pasado. Jennifer y Vicente la esperaban en una reunión privada. Jennifer no podía levantar la mirada; la culpa la consumía.
—Sé que no puedes perdonarme —dijo Jennifer entre sollozos—. Pero lo lamento de verdad—.
Melody la observó en silencio. Recordó su propio dolor, pero también su crecimiento.
—Tienes un gran talento, Jennifer —dijo con calma—. Usa eso para demostrar que eres mejor, no para destruir a otros—.
Jennifer asintió, incapaz de hablar. Melody sintió un peso liberarse de su pecho. Había dejado atrás su odio.
Más tarde, en casa, Melody se sentó al piano de su familia. Nunca había sido su instrumento principal, pero su mano derecha aún era firme y su oído seguía intacto. Pulsó una tecla, luego otra. Sintió una chispa dentro de ella. Había encontrado una nueva manera de expresarse, de conectar con su amor por la música.
Con el tiempo, comenzó a trabajar con Orlando en la creación de nuevas piezas. Él la ayudaba a plasmar las notas en el violín, ella componía y dirigía. Se convirtió en una compositora de talento, creando obras que otros interpretaban con pasión. Aprendió que su habilidad no estaba solo en sus manos, sino en su alma.
Esa noche, junto a Orlando, observó el cielo estrellado.
—Ya no eres una mariposa rota —murmuró Orlando.
Melody estiró la mano, como queriendo alcanzar la luna.
—No, Orlando. Ahora soy una violinista con nuevas alas—.
Y aunque su música ya no era la misma, sabía que podía volar de una manera distinta. De una más hermosa que antes.
Melody observó su mano izquierda, ahora marcada por cicatrices. Antes, sus dedos se deslizaban con destreza sobre las cuerdas de su violín, creando melodías que tocaban el alma de quienes la escuchaban. Su habilidad para interpretar música era su identidad, su razón de ser. Pero ahora, su mano estaba rígida, incapaz de mover los dedos como antes, y con ello sintió que una parte fundamental de ella misma se había ido. Cada movimiento era un recordatorio de lo que había perdido.
La música había sido su refugio desde niña, el lugar donde encontraba paz. Pero, tras el accidente, cuando la movilidad de su mano izquierda se vio gravemente afectada, la música se convirtió en algo distante. La frustración y la tristeza la invadieron, arrastrándola a una profunda depresión. La que antes era una joven alegre y brillante, ahora se sentía vacía. Se aisló, impidiendo a todos, incluso a su familia. El violín, que había sido su compañero fiel, ahora yacía olvidado en un rincón, como un recordatorio cruel de su incapacidad.
El recuerdo de Jennifer y Vicente le atravesaba la mente como un dardo envenenado. Su talento incomparable había sido su condena, porque la envidia de otros le había arrebatado la música. Se levantó y caminó hacia el jardín, donde las mariposas revoloteaban sobre las flores. Todas intactas, hermosas, libres. Excepto una. Una mariposa con un ala rota, incapaz de alzarse.
En su mente, la imagen de una mariposa rota siempre estaba presente. El ser que alguna vez voló libre y hermosamente ahora no podía alzar el vuelo. “Esa soy yo”, pensaba Melody, observando la mariposa que veía en el jardín cada mañana. “Una mariposa rota, incapaz de encontrar su camino”.
A pesar de sus esfuerzos por mantener la calma, el dolor era insoportable. Su mano izquierda ya no respondía como antes y, con cada día que pasaba, la desesperación la consumía más. Sentía que había perdido su esencia, su razón de ser, su música. Nada tenía sentido sin ella.
Orlando, quien siempre había estado cerca de Melody, observaba desde la distancia. Sabía que la joven se hundía cada vez más en su desesperación y no podía permitirlo. No quería verla destruirse. Un día, decidió ir al salón donde ella se refugiaba, sumida en sus pensamientos. Se acercó a ella y, sin decir una palabra, le entregó su violín.
—Toca —dijo Orlando con firmeza, aunque sabía que su mano izquierda ya no podía moverse como antes.
Melody lo miró con los ojos empañados por el llanto. Había algo en la mirada de Orlando, una insistencia suave pero decidida. Sabía que él entendía el dolor que ella sentía, pero también sabía que Orlando era capaz de ver más allá de su sufrimiento. Ella tomó el violín con manos temblorosas, lo apoyó en su barbilla, pero al poner los dedos sobre las cuerdas, la melodía fue torpe, desafinada, dolorosa. La música, que antes fluía de forma natural, ahora era un esfuerzo titánico, como si el violín se hubiera convertido en una carga.
Orlando no se apartó, no la dejó rendirse. La abrazó cuando la melodía cesó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Llora —susurró, sosteniéndola con suavidad.
Y Melody Lloró. Lloró por lo que había perdido, por la música que ya no podía interpretar, por su talento robado, por el dolor de haber visto cómo se desvanecía su identidad. Pero también lloró por el alivio, por dejar que todo el dolor saliera y no seguir cargando con él sola.
Los días pasaron y, poco a poco, algo comenzó a cambiar dentro de ella. El dolor seguía allí, pero ya no dominaba por completo su vida. Su padre, siempre preocupado por su bienestar, intentó acercarse a ella en un momento de quietud.
—Hija —dijo con voz suave—, la vida sigue. Tu música no está en tus manos, sino en ti. El violín no te define. No eres lo que has perdido, sino lo que eres capaz de ser ahora—.
Melody se quedó en silencio. Por primera vez, las palabras de su padre resonaron en su corazón. Durante tanto tiempo, había pensado que, sin su violín, sin su habilidad, su vida carecería de sentido. Pero, al igual que el jardín que la rodeaba, ella podía seguir creciendo, aunque su forma de florecer fuera diferente. La música no desaparecía de su vida, solo tomaba otra forma.
En ese instante, Melody decidió intentar algo nuevo. Salió al jardín con un cuaderno y un lápiz. No sabía qué haría, pero algo la impulsó a escribir. En las páginas del cuaderno comenzó a plasmar sus pensamientos, sus sentimientos. Las palabras fluían de ella, primero vacilantes, luego con más fuerza. Poco a poco, su tristeza se transformó en poesía, en historias, en algo que ella nunca había considerado antes. Notas, melodías, partituras. Si bien su mano izquierda no podía tocar como antes, aún podía imaginar la música, escribirla, darle forma con sus pensamientos. Empezó a experimentar con sonidos en su mente, a crear armonías que otros podrían interpretar. Su amor por la música no había desaparecido; solo había cambiado de forma.
Días después, decidió enfrentar su pasado. Jennifer y Vicente la esperaban en una reunión privada. Jennifer no podía levantar la mirada, la culpa la consumía.
—Sé que no puedes perdonarme —dijo Jennifer entre sollozos. —Pero lo lamento de verdad—.
Melody la observó en silencio. Recordó su propio dolor, pero también su crecimiento.
—Tienes un gran talento, Jennifer —dijo con calma. —Usa eso para demostrar que eres mejor, no para destruir a otros—.
Jennifer asintió, incapaz de hablar. Melody sintió un peso liberarse de su pecho. Había dejado atrás su odio. Melody sintió que, al dejar atrás su rencor, liberaba una parte importante de sí misma. Ya no cargaba con la rabia, ni con el peso de la injusticia. Había dejado ir su pasado.
Esa noche, Melody se sentó frente al piano de su familia. Aunque no era su instrumento principal, su mano derecha aún era firme y su oído, intacto. Pulse una tecla, luego otra, y una chispa subió dentro de ella. Había encontrado una nueva forma de expresarse. La música seguía en su corazón, y ahora podía compartirla de una manera distinta. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo revelador. Aunque su mano izquierda no podía tocar como antes, su mente aún podía componer. Las melodías ya no nacían de sus dedos, sino de su imaginación. Con los ojos cerrados, comencé a escuchar en su mente los acordes, las notas, las armonías que deseaba expresar. Los sonidos se convertían en algo tangible en su mente, y pronto se dio cuenta de que aún podía crear música, aunque de una manera distinta. Su habilidad para imaginar la música nunca había desaparecido.
Con el tiempo, comenzó a trabajar con Orlando en la creación de nuevas piezas. Él la ayudaba a plasmar las notas en su violín y ella dirigía y componía. Se convirtió en una compositora talentosa, creando obras que otros interpretaron con pasión y emoción. Aprendió que la música no dependía solo de sus manos, sino de su alma.
Esa noche, mientras observaba el cielo estrellado junto a Orlando, él escuchó.
—Ya no eres una mariposa rota —dijo.
Melody estiró la mano, mirando la luna con una nueva esperanza.
—No, Orlando. Ahora soy una violinista con nuevas alas—.
Y aunque su música ya no era la misma, Melody sabía que podía volar de una manera distinta, más profunda, más hermosa que antes.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
