El estante de las rarezas
Por Liz Gabriel
Cada noviembre, las editoriales chilenas se vuelven súbitamente inclusivas. Como por arte de marketing, aparecen paneles con nombres nuevos, palabras como “disidencia” y “voz trans” brillando en neón sobre un escenario lateral que, curiosamente, nunca es el principal. Porque, claro, hay que celebrar la diversidad… pero no tanto como para incomodar el canon.
La literatura trans en Chile no es invisible. Es encasillada con delicadeza quirúrgica. La guardan en un estante pequeño, de esos que no están ni en la entrada ni en la salida de la librería. En ese rincón donde uno deja las cosas que “quiere leer algún día”. El día que nunca llega.
La industria literaria se precia de “dar espacio” a escritorxs trans. Como si el espacio fuera suyo para regalar. Como si la voz de un autor trans fuera un cupón de descuento para demostrar que no son tan conservadores como parecen. Miren, tenemos diversidad, dicen, mientras empujan la lectura hacia la periferia, etiquetándola como “de nicho”.
Ah, el nicho. Esa palabra tan elegante para decir “te vamos a marginar con buena educación”.
Los libros de “La Natacha” no hablan de un mundo paralelo: hablan de este país, del cuerpo que camina por sus calles y sangra en sus veredas. Pero cuando llegan a las estanterías, son “performáticos”, “identitarios”. Jamás simplemente literatura. Porque, aparentemente, hablar de lo que te atraviesa como persona trans no puede ser universal.
Escribe Río herido y Piñen y logra lo que muchos escritores cis no logran ni con becas ni con padrinos: escribir con potencia, con raíz y con carne. Pero claro, lo suyo no es literatura “chilena”, esa palabra que mágicamente excluye todo lo que no huela a cis, blanco y con apellido que suena a prócer. Lo suyo es “literatura disidente”. Qué útil ese adjetivo para no tener que incluirla en el centro de la conversación.
Convierte la rabia en poesía, pero se queda en los márgenes de los festivales. Archiva su existencia en palabra y performance, pero para la industria es más cómodo que sigan en la galería alternativa, no en la sección principal. Y escribe con la honestidad que incomoda, esa que no puedes poner en una vitrina sin que a alguien se le atragante el café.
La etiqueta de “de nicho” es, en realidad, una cerca invisible. Sirve para mantener las cosas en su lugar. Para que la diversidad no se desborde, para que la literatura siga oliendo a papel importado y a vino de inauguración. Es una forma delicada, muy civilizada, de decir no queremos escucharte demasiado fuerte.
Lo curioso es que la literatura escrita por personas trans no habla de marcianos. Habla de cuerpos, deseo, muerte, memoria, amor, violencia, territorio. Habla de lo mismo que la literatura de cualquier otro ser humano. Pero mientras las narrativas cis son presentadas como “universales”, las trans se convierten en un tema temático, como si fueran un ciclo de cine francés de la universidad.
La universalidad, al parecer, tiene género, identidad y apellido. Y si no calzas, te dan un mes al año. Una silla simbólica. Un panel. Un hashtag.
Es como invitarte a una fiesta, pero dejarte en la cocina para que no “interfieras” con la conversación importante en el living.
El problema no es que no existan voces trans en la literatura chilena. El problema es que, cuando existen, las guardan en una caja con moño y etiqueta, bien separaditas de la sección donde vive la “literatura de verdad”.
Y ojo, no estoy hablando de caridad cultural. No se trata de “darles espacio”. Se trata de reconocer que el espacio ya les pertenece. Que su literatura no es un extra, ni una cuota de inclusión, ni un recurso estético para que las editoriales luzcan modernas en redes sociales.
No es una casualidad que a muchos escritores cis se les premie por escribir sobre lo trans, mientras las personas trans que escriben sobre su propia existencia no son siquiera consideradas para esas mismas vitrinas. Porque, claro, el dolor y la identidad son más digeribles cuando no son tuyos.
Tal vez la verdadera memoria trans no se construye en los actos del , sino en la forma en que elegimos, o no, leer, editar, publicar, citar. En quiénes tienen micrófono y quiénes son panel decorativo.
La pregunta es simple, aunque incómoda:
¿Queremos realmente una literatura diversa o solo lo suficiente para sentirnos progresistas sin desordenar las estanterías?
La respuesta está en quién habla en el escenario principal… y quién queda en el pasillo del nicho.
El estante de las rarezas no es un homenaje, es una jaula bonita. Y no, no necesitamos otra jaula: necesitamos derrumbar la estantería completa.
Sobre la autora
Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.
