Mi ángel peludo

Por Fredsly Lizama

Había sido un día terrible por el traumatólogo diciéndome precisamente lo que no quería escuchar y entregándome un frasco de pastillas para el insoportable dolor de la pierna, no escuché nada más a mi alrededor y en un ataque de rebeldía decidí volver a casa por el camino largo, sin intenciones reales de volver. Fue entonces cuando le vi tirado al costado de la calle, junto a los basureros del local comercial que se encontraba cerrado a esas horas, como si no fuera más que un insignificante desecho. Su mirada dolorida y lagañosa junto a su pequeño cuerpecito recogido en sí mismo y su boca que salivaba espuma me impactaron.

Mi cuerpo se movió por sí solo, como si otra voluntad lo controlara, lo que me impulsó a recoger su débil cuerpo en mis brazos y correr a la veterinaria de urgencias más cercana lo más rápido que podía en mi estado. Corrí con todas mis fuerzas, ignorando por unos momentos todo lo que me había pasado, concentrándome únicamente en el pequeño ser que acunaba en mi abrazo para lograr salvar aquel inocente animal, víctima de la maldad humana. 

Fui recibida por la recepcionista del lugar, quien sin preguntarme nada me arrebató al felino de los brazos y lo llevó a una de las salas de atención, donde se lo entregó al médico veterinario para luego volver a su lugar de trabajo como si no hubiera corrido hace unos breves instantes. 

Entonces comenzó el interrogatorio. No alcancé a recuperar el aliento cuando la recepcionista me llenó de preguntas.

—¿Hace cuánto lo encontró en ese estado? ¿Qué edad tiene el felino? ¿Tiene sus vacunas al día? ¿Existe algún antecedente de salud que debamos saber? Nombre del tutor y del gatito, por favor—.

—Fue hace treinta minutos, fuera del local comercial de Las Heras, al lado de los basureros. No sé… no sé. No sé nada. Soy Karine Leiva, no soy su tutora, pero fui quien lo encontró y me haré responsable de todos los gastos de él o ella— contesté rápidamente, con nerviosismo.

La recepcionista, Irene, según su identificación, me observó por unos segundos que me parecieron eternos, pero que, en realidad, no fue más de una mirada antes de terminar de teclear toda la información, imprimir la ficha y llevarla a la misma sala donde había dejado al pequeño.

Me quedé de pie allí, observando cada movimiento que se lograba ver a través del difuso cristal, tratando de escuchar lo que decía el veterinario, hasta que Irene salió de la sala. Me volvió a observar, solo que esta vez con sorpresa, antes de correr a su escritorio y volver a mi lado para entregarme un paquete de pañuelos. No sabía en qué momento las lágrimas habían comenzado a caer, empapando mi rostro. Sentí cómo me tomaba del brazo y me guiaba hacia una sala de espera distinta a la de recepción, una más tranquila y acogedora. Fue entonces cuando me percaté de mi entorno y del alboroto que había causado.

—El doctor Valentino está haciendo todo lo posible para estabilizar al pequeño —le escuché decir con voz suave, como si hablase con un niño pequeño.

Antes de que se retirara y me dejara en la sala, observé todo a mi alrededor. La sala estaba casi vacía, a excepción de mi presencia y la de un hombre mayor que parecía estar rezando, dirigiendo su mirada con marcada ansiedad hacia otra de las salas, su ropa manchada con sangre ya seca. A lo lejos, podía escuchar los sollozos de una niña y de una madre que le pedía perdón. Una hermosa gatita calicó descansaba con calma sobre uno de los mesones de la sala, como dueña y señora del lugar, vigilando atentamente lo que pasaba.

La pierna comenzaba a dolerme fuertemente ahora que el músculo se había enfriado. La imagen que reflejaba el vidrio de la ventana era la de una joven demacrada, demasiado delgada para ser sana y sin vida; ya no era ni la sombra de lo que alguna vez fui. Mi celular vibraba con frecuencia en mi bolsillo, de seguro era mi madre, preocupada de que no hubiera llegado a casa, mas no tenía las energías de hablar con ella en ese momento. Le envié un mensaje a mi madre resumiendo la situación y pidiéndole que no se preocupase y que me pondría en contacto con ella cuando tuviera la situación más clara.

El tiempo se me hizo eterno mientras escuchaba el sonido del reloj de la pared cada vez que pasaba un segundo, atenta a cada respiración. Irene me sorprendió al aparecer frente a mí con una taza de humeante café. No habló conmigo y solo se sentó a mi lado en silencio, gesto que agradecí sinceramente. En algún momento de la noche, el hombre mayor se había marchado, ya no se escuchaba el llanto de la niña y la gatita dormitaba a mi lado, como dándome consuelo; solo quedábamos nosotras en esa sala. Cercano al amanecer, finalmente salió el veterinario de su pabellón: lucía cansado y con ojeras hasta el suelo, pero no triste, se veía alegre, como quien ha logrado su cometido.

—Fue envenenado —explicó con voz cansina—, pero es fuerte y lo logrará. Se pondrá mejor con unos cuantos días de hospitalización, comida y medicamentos —sonó amigable.

Dejé salir el aliento que no sabía que estaba conteniendo, sus palabras me trajeron alivio. Conversamos un rato sobre la situación del felino y qué haría con él: ¿lo adoptaría o lo dejaría en la clínica? Tal vez fue mi impulso de idiotez o mi corazón el que me lo ordenó, pero decidí que lo adoptaría, me lo llevaría a casa para cuidar de él y hacerme compañía. Lo había encontrado y sentía esa responsabilidad de hacerme cargo del pequeñito.

Me dejaron pasar hacia donde se encontraba descansando, en una jaula calentita, con una intravenosa conectada en su patita delantera. Respiraba débilmente, pero se encontraba durmiendo. Finalmente pude observar a mi nuevo amigo: su pelaje era de un hermoso color gris moteado y su pancita era del color de la crema. Según el veterinario, era un macho de no más de cuatro meses. Estiré la mano y acaricié con suavidad su cabecita mientras escuchaba su respiración.

Al rato, el veterinario me apartó para que terminara con los procedimientos de la ficha veterinaria y, con mi propia mano, rellené el cuaderno veterinario que Irene me había entregado para comenzar a llevar los registros del pequeño.

Se había decidido que el 21 sería el cumpleaños de Savior, en honor al día que logró superar la muerte. Sonreí, mucho más tranquila que cuando había llegado, agradecida de todo corazón por lo que habían hecho por nosotros. Pagué lo correspondiente a su atención y me marché a casa para descansar, donde mi madre me esperaba angustiada.

No vivía cerca de esa zona, pero tampoco lo hacía de donde encontré a Savior, sino que aún más lejos del sector. Tal vez fue la adrenalina del momento lo que me hizo correr tan rápido con el pequeño y, a pesar del terrible dolor, una parte de mí se regocijaba, feliz de volver a correr de esa manera, libre y sin ataduras.

Los días pasaron y una nueva rutina se instaló en mi vida. Dejé de quedarme encerrada en casa sin ver la luz del sol para retomar los estiramientos diarios junto a un pequeño paseo matutino y, luego, arreglarme y lucir más como persona que como muerta. A diferencia de antes que podía pasar días sin tomar bocado alguno, cada mañana comencé a desayunar con mi madre, quien venía a verme para luego ir a visitar a Savior a la clínica y contarle historias o cantarle las canciones más absurdas que se me ocurrían, mientras él me miraba atentamente y dejaba que le acariciase. De igual manera, Savior pasó de estar en los huesos a recuperar algo de peso, su pelaje lentamente se volvía suave y brillante. Y, mientras él comía al mediodía de sus latitas especiales, yo pasaba por el café cercano a almorzar.

Pasé de no tener un objetivo por el que vivir a planificar mi vida junto a mi nuevo amigo. No tenía idea alguna sobre el cuidado de los gatos, o los “michitos bellos”, como los llamaba Zinia, una de las visitantes frecuentes del café y mi nueva amiga, ella me enseñó con paciencia todo lo que necesitaba para preparar la llegada a nuestro hogar de Savior: mallas en las ventanas, rascadores, areneros, qué comida darle, platitos de comida de cerámica, juguetes y muchas cosas más. Era casi como prepararse para la llegada de un bebé.

Después de un mes y medio, Savior fue dado de alta, tanto él como yo nos habíamos recuperado durante ese tiempo, me lo llevé dentro de su trasportín rumbo a nuestro hogar, junto a muchos sobres de comida húmeda y snacks para el príncipe.

Durante su primera noche en su nuevo hogar, se movió con cautela, estudiando su entorno y prefirió dormir en mi cama en lugar de la que le había comprado. Pasamos nuestra primera y las siguientes noches juntos, con él durmiendo sobre mi pecho, me desperté la mañana siguiente al escucharlo ronronear sonoramente, acaricié el espacio entre sus orejitas y el sonido de felicidad se intensificó mientras restregaba su cabecita contra mi mano. Las mañanas se tornaron agradables: desayunábamos juntos, cada uno de su plato.

Mi madre me visitaba de sorpresa ocasionalmente y así nos encontró y, lejos de la reacción enojada que esperaba, se enamoró de esa pequeña pelusa gris; él parecía saberlo, porque no se escondía de ella, en cambio, se subía a su regazo a hacerse el coqueto.

Nuestros primeros días juntos fueron un hermoso desastre, puesto que nada me había preparado para el torbellino bicolor que se adueñó de mi vida. Escalaba las cortinas, encontraba más interesante mi plato de comida, no tapaba lo suyo en el arenero, rascaba los sillones y más, pero su ronroneo feliz cada vez que nos acurrucábamos juntos lo compensaba todo.

Ya no era capaz de imaginar cómo sería mi vida sin él.

Establecimos una nueva rutina juntos: despertar temprano y, mientras yo me estiraba, él se acicalaba al sol de la mañana. Desayunábamos y luego lo incitaba a escalar su rascador. Después, salíamos a nuestro breve paseo matutino por la arboleda, yo caminando y él trepado sobre mis hombros con su arnés y, cada vez que le daba sueño, se escondía en su mochila. Las frecuentes visitas de mi madre nunca llegaban solas, siempre traía algún juguete para el consentido Savior, un ratoncito, una pelotita o una vara. Las tardes, después de la comida, eran de relajo, él dormitaba sobre su mantita junto a la ventana para recibir el sol hasta el atardecer, mientras yo estudiaba para recuperar el tiempo perdido. Luego, venía su hora de juego, donde alternábamos entre sus juguetes hasta cansarnos.

Con el tiempo, Savior dejó de ser una pelusa que cabía en mi mano y se convirtió en un enorme gato.  Mi pierna se había recuperado, pero ya no podía volver a correr de manera alocada y en los días fríos el dolor volvía; durante esas crisis, Savior se quedaba a mi lado, amasando mis hombros mientras ronroneaba.

Los meses pasaron y, si bien no podría recuperar mi antigua vida, podía empezar de nuevo, Zinia me había hablado del cat cafe perteneciente al veterinario de Savior, donde me recomendó para comenzar a trabajar allí después de un curso de barista para mí y una prueba de carácter para Savior, donde mi pequeño destacó por su personalidad coqueta con los clientes y protectora con los pequeños que llegaban para ser adoptados.

Un año había pasado desde nuestro primer encuentro y ambos nos habíamos recuperado muy bien, finalmente habíamos sanado. Muchos dicen que yo salvé la vida de Savior, pero la verdad es que él fue quien me salvó a mí y me devolvió a la vida, mi pequeño ángel peludo.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.