Entre cemento y sombra: entre eficiencia y humanidad
Por Fredsly lizama
El urbanismo, en su evolución moderna, ha corrido el riesgo de olvidar al ser humano. Las ciudades han tendido a convertirse en máquinas grises y funcionales, donde el principal valor sea la eficiencia, la producción, el aprovechamiento del metro cuadrado. Cada centímetro debe rendir, generar, producir; estrujar hasta el último centímetro y lograr sacar algo de valor monetario allí. En esa lógica, la calidad de vida, la pausa y la contemplación se relegan, como si fueran lujos y no necesidades básicas del ser.
En Chile, este fenómeno se siente con nitidez. Ciudades que crecieron al ritmo del mercado inmobiliario, de las urgencias habitacionales, del transporte motorizado y de una expansión urbana acelerada, diseñada para suplir una necesidad de tránsito rápido y de cobijo con edificios de grandes alturas que sombrean las calles. Plazas que se pavimentan, parques que ceden terreno a nuevas construcciones, zonas verdes que apenas alcanzan los mínimos recomendados. Según la Fundación Mi Parque (2023), en el Gran Santiago la disponibilidad de áreas verdes es de apenas 3,4 m² por habitante, muy por debajo de los 9 m² que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2023) para ciudades saludables.
Y, sin embargo, es importante reconocerlo, el urbanismo también ha realizado aportes significativos: ha permitido producir viviendas, infraestructuras, accesos, servicios; ha posibilitado que muchas comunidades puedan entrar en la ciudad formal; ha generado movilidad; ha habilitado crecimiento y oportunidades. No todo es reproche: el urbanismo, pese a sus sombras, ha sido pieza clave en el progreso material de Chile.
La Estrategia Nacional de Infraestructura Verde del Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU, 2023) es un avance en esa dirección: busca que los parques y soluciones basadas en la naturaleza dejen de ser adornos y se integren como piezas funcionales de las ciudades, aportando a la salud pública, la cohesión social y la resiliencia climática.
También han surgido enfoques que rehumanizan la planificación urbana. El urbanismo feminista, por ejemplo, replantea cómo diseñamos los espacios públicos desde la experiencia diversa de quienes los habitan. En Habitar desde el Género: métodos para idear ciudades desde el urbanismo feminista (Alarcón Rodríguez, Delpino Chamy & Guerrero Valdebenito, 2021), académicas de la Universidad de Concepción ofrecen herramientas para pensar ciudades más inclusivas y seguras, que valoren la vida cotidiana y la experiencia sensorial del espacio.
Estos nuevos enfoques que han ido apareciendo, han permitido que se desarrolle una mejor conciencia de que la ciudad no es solo “edificación” sino “habitar” espacios públicos, participación ciudadana, ecología urbana, integración de servicios.
En contextos más vulnerables, el urbanismo ha posibilitado mejoras importantes en infraestructura básica, dotación de servicios, mejor acceso al transporte y al espacio público, lo cual contribuye al bienestar tangible.
Pero la disciplina tiene una gran deuda. En el impulso por “modernizar”, el urbanismo ha ido dejando de lado al habitante; ese ser humano que vive, sueña, se mueve, descansa..
Las plazas, otrora lugares de encuentro y pertenencia, se han convertido en explanadas duras, expuestas al sol, con árboles simbólicos y bancas solitarias. Las calles privilegian el tránsito rápido sobre la permanencia; las avenidas, el vehículo sobre el peatón; las ciudades se han vuelto máquinas de tránsito veloz: auto, micro, bus, trayectos largos, muros de concreto, menos espacio para caminar, para detenerse, para mirar. Las ciudades crecen hacia arriba, con edificios de gran altura que proyectan sombras eternas sobre la vereda, volviendo lo peatonal un tránsito gris y lúgubre. Las áreas verdes, cuando existen, no siempre están pensadas estratégicamente: no se seleccionan árboles para sombra, para aromas, no se piensa en textura, en confort, en la experiencia sensorial.
En esa carrera hacia la modernidad, se diluye la identidad. Las plazas de Santiago, o de cualquier comuna, se parecen cada vez más entre sí: materiales similares, mobiliarios estándar, estéticas globalizadas. Lo que antes hablaba del territorio, de su historia, su clima, su gente; hoy se pierde en la homogeneidad del “diseño urbano contemporáneo”. Ciudades que podrían estar en cualquier parte del mundo, pero que dejan de pertenecer a alguien en particular. La identidad local y cultural muchas veces quedan suprimidas en nombre del estilo “urbano global”: materiales, tipologías, trazados que podrían funcionar en cualquier parte, pero que no dialogan con el territorio, la historia, el paisaje, la gente de aquí.
Y lo más delicado, un enorme costo invisible: el de la salud mental. No se trata solo de estética, sino de bienestar. Estudios demuestran que la falta de áreas verdes, el exceso de ruido, la contaminación y la densificación sin pausas contribuyen al estrés urbano, la ansiedad y la sensación de desconexión (World Health Organization, 2023; Ministerio de Salud, 2022). La ciudad moderna, al priorizar la eficiencia, a menudo enferma a sus propios habitantes.
La ciudad no me cuida.
Las áreas verdes son, en ese sentido, una infraestructura de salud tanto como los hospitales o los centros deportivos. La OMS (2023) sostiene que los espacios verdes urbanos: parques, jardines, corredores ecológicos, reducen el estrés, favorecen la relajación psicológica, estimulan la actividad física y la cohesión social, y mitigan los efectos del calor y la contaminación. Incluso estudios internacionales muestran que vivir cerca de la vegetación o tener vista hacia ella disminuye el consumo de medicamentos psiquiátricos y mejora el estado de ánimo (Richardson et al., 2013).
Pero no basta con “tener un árbol por ahí”. El diseño del paisaje también debe ser intencionado. Vegetación que aporte sombra y aroma, que dialogue con las estaciones, que ofrezca textura y contraste. Que un gran árbol estructure el centro de un espacio, con sombra viva y bancos a su alrededor; que la vegetación perimetral cree transiciones suaves; que los colores cálidos invitan al descanso y los tonos fríos a la renovación. Esa sensibilidad pertenece al campo emergente de la neuroarquitectura, que estudia cómo el entorno físico influye en nuestras emociones y estados mentales (Anker, 2020).
Un parque diseñado solo por bajo mantenimiento puede ser funcional, pero no necesariamente saludable. Diseñar con alma implica elegir especies que florezcan, que perfuman el aire, que generen sombra generosa. Que cada detalle…un color, una textura, una sombra… contribuya a que el cuerpo y la mente respiren. Un diseño sensible prioriza qué árbol da sombra, qué arbusto tiene flor en verano, qué matiz de color invita al ralentí, qué textura de hoja invita al tacto o sombra al descanso.
El urbanismo, entonces, tiene la responsabilidad de elegir conscientemente. No se trata de llenar con cemento enfocado solo en una necesidad dejando las otras en su conjunto de lado, sino de crear espacios habitables. Lugares donde la gente pueda detenerse, respirar, observar, reencontrarse con la ciudad y consigo misma. Esa pausa no es lujo: es contrapeso al agotamiento cotidiano.
Y aquí aparece un punto crítico: la ciudad hoy, en buena parte del mundo, genera estrés, ansiedad, agotamiento. Y el urbanismo, cuando se descuida, contribuye a ello. Cuando no hay espacio de alivio, cuando cada metro cuadrado se optimiza para la productividad, cuando la vegetación es simbólica o mínima, cuando las plazas se convierten en superficies vestidas de cemento, la ciudad deja de sostener al habitante. Pero cuando el urbanismo da lugar a la vegetación intencionada, al diseño sensorial, al espacio de calma, la ciudad puede ser reparadora.
¿Cómo, entonces, volver al ser humano sin renunciar al progreso urbano?
- Diseñando espacios de pausa, rincones tranquilos dentro del bullicio, con sombra, bancos, vegetación aromática.
- Incorporando experiencia sensorial, no solo visual: olores, texturas, sonidos naturales.
- Recuperando la identidad territorial, mediante materiales locales, colores del paisaje, trazados que hablen del lugar.
- Aplicando enfoques de inclusión, donde mujeres, niñes, adultos mayores y disidencias habitan ciudades seguras y afectivas.
- Desplegando infraestructura verde como política de salud pública, no como ornamento.
- Promoviendo participación ciudadana real, donde los habitantes sean coautores del espacio.
- Fomentando el real diálogo interdisciplinario: arquitectura, psicología ambiental, ecología, sociología, arte.
En resumen: si queremos ciudades que no solo funcionen, sino que sostengan la vida, debemos diseñarlas también para la pausa, la sombra y la conversación. Que cada parque sea un refugio; cada calle, una invitación; cada plaza, un espejo de quienes la habitan.
En este Día del Urbanismo, la invitación es doble: reconocer los logros, pero también mirar lo que hemos perdido. Que la modernidad no nos quite el alma. Que la eficiencia no borre la historia; que la ciudad sea un lugar para florecer, no solo para sobrevivir.
Porque al final, el urbanismo no es solo cómo construimos espacios. Es cómo elegimos habitar la vida y en ese habitar, los seres humanos debemos estar en el centro.
Sobre la autora
Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.
Referencias
Alarcón Rodríguez, C., Delpino Chamy, M., & Guerrero Valdebenito, C. (2021). Habitar desde el género: Métodos para idear ciudades desde el urbanismo feminista. Universidad de Concepción.
Anker, S. (2020). Neuroarchitecture: Designing with the brain in mind. Routledge.
Fundación Mi Parque. (2023). Indicadores de áreas verdes en el Gran Santiago. Recuperado de https://miparque.cl
Ministerio de Salud. (2022). Estrategia Nacional de Salud Mental y Bienestar 2021–2030. Gobierno de Chile.
Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU). (2023). Estrategia Nacional de Infraestructura Verde. Gobierno de Chile.
Organización Mundial de la Salud (OMS). (2023). Urban green spaces and health: A review of evidence. Ginebra: OMS.
Richardson, E. A., Mitchell, R., Hartig, T., de Vries, S., Astell-Burt, T., & Frumkin, H. (2013). Green cities and health: A question of scale? Journal of Epidemiology & Community Health, 67(10), 849–854.
