Eliana

Por Mila

Eliana es el nombre de mi abuela, pero podría ser el nombre de muchas.

Su vida no está escrita en los libros de historia ni adornada con medallas; está escrita en la tierra, en el sudor de sus manos, en las noches sin dormir cuidando a los hijos propios y ajenos. 

Ella encarna a la mujer campesina chilena: esa que cría, sostiene y ama sin que nadie la nombre.

Cuando te peino, siento en mis manos todo tu pasado. 

Mojo tu peineta con perfume y te lo coloco, pensando que podría ser la última vez.

Lo hago despacio, como si ese gesto sencillo pudiera devolverte un poco de frescura, un poco de dignidad, un poco de fiesta.

Y mientras deslizo la peineta entre tus cabellos, comprendo que cada hebra lleva el peso de una vida de luchas, de dolores que no contabas, de sacrificios que nadie celebró.

Ayer no quería que te fueras.

Hoy no quiero que sufras.

Y, en el futuro, sé que te extrañaré

El susurro del tiempo me repite constantemente que te vas a ir. 

Quiero dejar de escucharlo, pero sus palabras no salen de mi cabeza, golpeándome como un eco que no cesa. Es una tortura que atraviesa mis días y, sin embargo, mientras te peino, intento que cada gesto mío te devuelva un instante de paz, un poco de amor, un poco de vida.

Mi alma aún no halla consuelo

en tu partida,

pero me siento agradecida

por haberte acompañado

en tus últimos suspiros.

Cuando tus manos se tornaban frías

y tu pulso se apagaba

como una brasa en la penumbra,

sentí que una parte de mí partía contigo,

como si te llevaras un pedacito de mi corazón.

Cuando hablo de la fuerza y el liderazgo de la mujer chilena, tu nombre es el primero que me viene al corazón, porque, desde niña, fuiste una luchadora. 

Siempre me pregunté de dónde nacía esa voluntad que me levantaba, incluso en mis días más oscuros, cuando sentía que no podía más, luchando a pesar de mi dolor.

Hoy lo sé: esa fuerza no era un misterio, era una herencia. Soy tu nieta, y en mis venas late la misma resistencia que te sostuvo, el mismo coraje silencioso que nunca pidió aplausos y, aun así, iluminó caminos.

Por eso, aunque el tiempo insista en arrancarte de mis días, yo me quedo con lo que me dejaste: tu fuerza, tu coraje y tu resiliencia. Te prometo que tu nombre seguirá vivo en mi memoria y en mis manos que heredaron tu fuerza.

Eliana no será solo mi abuela; será la raíz que me sostiene y el árbol que algún día dará sombra y abrigo a los que vengan.