Londres

Por Fernanda Luna

Yacía con mis manos temblorosas

sobre sábanas polvorientas,

la luz de la luna se inmiscuye en el cuarto

y me permitió ver cómo rodeaba su

silueta saliendo de las sombras

con una energía oscura,

violenta.

Gritamos al unísono

consumidos por las llamas

que ardían en nuestro pecho

y a nuestro alrededor;

nos refugiamos en el otro

y nuestras voces dejaron

eco en calles rocosas

que conservan las cenizas

de recuerdos fugitivos,

de aquellos sometidos

una y otra vez

a lo que intentó perturbar la historia

de quienes guardan los secretos del tirano

y se esconden en la hiedra

que arrulla los cadáveres sin nombre.

Me vi rezando de rodillas

ante mi salvador

y la turbiedad de la inocencia

devorando mis entrañas

como un desencarnado

que trató de apoderarse de mis restos

con la esperanza de vivir un segundo

más, de experimentar nuevamente

eso que se le arrebató

de manera abrupta y sin compasión.