Liturgia de la piel

Por Moira Mirthem

No puedo verme.

No soporto mi reflejo.

Mi piel… esta cárcel palpitante… 

es un libro escrito en contra de mi voluntad. 

Cada cicatriz es un capítulo 

que alguien más trazó en mí, 

con sangre como tinta 

y dolor como pluma.

Solo quiero clemencia.

Solo quiero justicia.

Solo quiero olvidar.

Anhelo habitar mi cuerpo 

sin seguir contemplando 

los fragmentos rotos 

de lo que alguna vez fui. 

He sobrevivido, sí. 

Pero hay vivencias que son peores que la muerte.

Cada vez que el sol del verano toca mi piel, lo siento otra vez.

Cada vez que el calor me quema, lo recuerdo otra vez.

En mi cuerpo aún hay gritos, 

aún hay noches encerradas, aún hay marcas bajo mi carne.

Y estoy cansada… 

cansada de ser una reliquia del horror.

Pero no quiero morir.

Quiero renacer.

Quiero una piel nueva, 

una piel sin historia, 

una piel que me obedezca.

Una noche la vi.

Una mujer en la calle: piel canela, suave, sin heridas, sin pasado.

Era perfecta.

Y la envidié con tanto fervor,

que el universo debió escuchar mi súplica.

Esa misma noche soñé con un ente. 

No tenía rostro, solo dos huecos llameantes, 

faroles de ultratumba.

Le ofrecí mi obediencia 

en una plegaria temblorosa. 

—Dame una nueva piel.

El ente asintió.

Me dijo que, debajo de mi cama, hallaría un libro.

Desperté empapada en sudor, con el corazón retumbando con una fuerza sobrenatural.

Y ahí estaba: un libro de tapas negras, cubiertas por una textura tibia… palpitante.

Al tocarlo, escuché un latido.

Al abrirlo, escuché un murmullo: ¡Hazlo!

Era un ritual.

Era mi salvación.

Nunca imaginé invocar al más allá. 

Pero el mundo me rompió primero; sólo estaba cobrando lo que me debía.

Preparé los ingredientes.

Hice lo que debía hacer.

Hay acciones que no se pueden confesar… pero tampoco se lamentan.

Llegó Halloween, 

la única noche del año en que la humanidad entera se disfraza de monstruo… 

mientras, por fin, pude dejar de fingir que no lo era.

El libro me indicó el lugar: el árbol más antiguo del parque. 

Un coloso de raíces hinchadas, como venas emergiendo de la tierra.

Fui vestida con mi piel rota, orgullosa de mi miseria.

Si todos podían jugar a ser diablos, ¿por qué yo no podía convertirme en diosa?

Rodeé el tronco con cenizas, tal como decía el libro.

El aire se espesó. El silencio me abrazó como un velo funerario.

Sin que yo encendiera nada, el fuego brotó del suelo, 

y las llamas danzaron como serpientes embriagadas.

Del humo emergieron aquellos ojos vacíos.

—¿Es esto lo que deseas?

Y sonreí.

Sonreí como nunca antes.

—Sí.

Entonces ocurrió.

El fuego se elevó como látigo infernal 

y abrazo los cuerpos de todos los que estaban cerca.

Nadie pudo huir.

Todos… sintieron mi vida, mis noches, mis llagas, mis recuerdos.

Algunos murieron de un dolor que no podían comprender.

Otros cayeron de rodillas, suplicando un perdón que yo jamás recibí.

Y yo…

sentí cómo mi piel se desprendía como una cáscara marchita.

Sentí cómo una piel nueva se adhería a mí:

Suave, pura, radiante.

Como antes.

Como nunca.

Por primera vez en años, busqué un espejo

y lo acaricié.

Hasta que vi la noticia.

“Hallan cuerpo sin piel en las inmediaciones del parque.”

“Identidad desconocida.”

La foto era irreconocible.

Pero supe.

Lo supe.

Esta piel… esta bendición… era una ofrenda robada.

Y comprendí, con un escalofrío tan dulce como cruel:

Yo también soy un disfraz.

Una máscara.

Una aparición prestada.

Y en Halloween…

las máscaras siempre terminan cayendo.