Musa

Por Fredsly Lizama

Elías llevaba meses frente al lienzo vacío, mirando un blanco que se burlaba de él. Sus manos temblaban sobre los pinceles, como si fueran objetos ajenos a él, piezas inútiles en un cuerpo desgastado que hacía tiempo había dejado de funcionar. Los pinceles pesaban como piedras; se sentían tiesos en sus manos. Los colores no respondían, no vibraban: ya no transmitían nada.

Había conocido el silencio del lienzo como un infierno personal. Ese vacío blanco no era neutral: era un insulto, un espacio que se mofaba de su incapacidad de crear, un golpe a su orgullo, una puñalada directa a su creatividad.

Las paredes del taller olían a trementina rancia, a aceites envejecidos y a polvo acumulado. El lugar parecía un mausoleo olvidado por Dios y por los hombres: los pinceles, tiesos como huesos de un muerto; los tarros, llenos de agua turbia con restos de pintura acongojados en el fondo; el eco hueco de sus pasos resonaba sobre el piso manchado, levantando una estela de polvo a su paso.

El silencio era espeso, un castigo. El lienzo, inmóvil y puro, parecía observarlo con crueldad, burlándose de su impotencia. Había pasado tanto tiempo contemplando esa nada que empezó a sentir que el vacío le devolvía la mirada y, con ello, que la cordura le abandonaba, dando paso a la más desesperada locura.

Comenzó a hablar solo, a maldecir, a rogar.

Suplicó a Dios, al azar o a cualquier fuerza que aún lo escuchara, que le enviara algo. Alguien. Una chispa, un rostro o una forma que lo salvara del abismo.

Y entonces, ella apareció de la nada, bella y etérea.

No sabría decir si fue al amanecer o al atardecer; solo recuerda la luz dorada filtrándose por la diminuta ventana del taller que daba a la calle, y la mirada más hermosa que hubiese visto, observándolo con curiosidad a través del sucio cristal.

Su piel era tan blanca que la luz parecía atravesarla. Su rostro, enmarcado por una cabellera rubia que caía como un velo sagrado sobre sus hombros y espalda, brillaba con una claridad que no pertenecía a este mundo. Sus labios, de un rojo carmín imposible, tan intensos que el resto del mundo se volvió pálido a su alrededor, eran lo único que parecía tener temperatura. Las uñas, largas y naturales, limadas con una pulcritud casi monástica; y los ojos, azules y quietos, como si guardaran en su fondo un cielo que él había olvidado.

Era como si Dios hubiese escuchado su súplica y le hubiera enviado a una santa para bendecir su mano y devolverle el don. Una belleza divina. Una aparición sagrada.

Una diosa vestida en carne mortal, solo para el deleite de Elías, que apenas podía quitar la mirada de tan misteriosa mujer.

Elías abrió la puerta con el corazón latiendo como si fuera a romperse. Ella lo miraba en silencio, curiosa, sin hablar.

—Musa… eres tú —susurró él. La palabra le tembló en los labios, reverente.

Ella no respondió. Sonrió apenas, con una dulzura que era luz. Y ese gesto bastó para devolverle la fe.

Desde ese instante, Elías se entregó.

La primera vez que la pintó, apenas respiraba; temía que el mínimo sonido rompiera el encanto. Ella permanecía quieta, con las manos sobre el regazo y los labios cerrados: perfectos, inmóviles. Elías trabajó hasta que los dedos se le agarrotaron, hasta que el olor del óleo y del sudor se mezcló en el aire con una densidad nauseabunda. No podía detenerse: necesitaba atrapar esa curva exacta, esa luz imposible en su piel.

Día tras día, Musa regresaba. Nunca pedía nada, nunca exigía. Solo se sentaba o se tendía donde él lo indicará, y esperaba. Aceptaba la desnudez como quien acepta un destino inevitable, envolviéndose apenas en gasas transparentes o extendiéndose sobre las sábanas con un abandono perturbador. Elías no sabía qué lo enloquecía más: si su docilidad casi sagrada o el fulgor latente de seducción inocente que brillaba bajo cada gesto.

Se obsesionó con los detalles.

Las uñas largas, naturales, sin esmalte. Los dedos, que a veces rozaban el borde de sus labios carmesí, como si ella misma confirmara que seguían allí, intactos. La curva mínima que formaban al sonreír; la respiración pausada que agitaba apenas su pecho.

Musa bailaba a veces, por capricho suyo, y Elías quedaba hipnotizado: parecía flotar, etérea, pero había en cada movimiento una tensión animal, una invitación velada, un desafío.

Elías pintaba con furia. Musa frente al caballete, y el mundo desaparecía. No hacían falta palabras: bastaba un gesto suyo, la leve inclinación de la cabeza, el cabello cayendo sobre un hombro, para que el lienzo cobrara sentido.

Al principio, los retratos eran simples, casi bocetos: Musa sentada en la vieja silla de madera, el cabello cayendo en cascada, los labios que parecían manchar la tela más que pintarse, pero pronto la necesidad creció. Ya no podía detenerse.

Se convirtió en un ritual.

Cada día, Musa posaba, y cada noche, Elías pintaba como un poseso.

Cada cuadro era distinto, pero siempre ella en el centro. Cambiaban los escenarios: un campo abierto, un cielo tormentoso, la penumbra de un cuarto doméstico, el reflejo de la lluvia sobre un ventanal. A veces la pintaba riendo, a veces llorando, otras con una languidez que lo quebraba. Pero siempre era ella: el mismo rostro, la misma figura, reinventada una y otra vez, como si la variedad del mundo solo existiera para rodearla a ella.

La representó de todas las formas. A veces eran solo los labios flotando en un vacío gris, tan reales que parecía que podían besar o morder desde el lienzo. A veces, Musa desnuda, con la belleza rotunda de un cuerpo que era un sacrilegio tocar. Otras, apenas cubierta por telas finísimas que insinuaban más de lo que ocultaban. Musa bajo un cielo de tormenta, Musa entre flores marchitas, Musa bañada en la luz mortecina del amanecer. Musa riendo. Musa llorando. Musa dormida.

Musa, siempre Musa. Ella era el centro de su mundo; ella acaparaba su mirada.

Pequeños bocetos se apilaban en el suelo. Lienzos grandes ocupaban cada pared, algunos inconclusos, otros manchados de rabia. Elías vivía entre hambre y fiebre. Dormía poco, comía menos. Pintaba hasta que los dedos se le llenaban de ampollas, hasta que el olor a óleo le provocaba arcadas. Y, sin embargo, nada bastaba.

Cada cuadro era un cadáver.

Hermoso, sí, pero sin vida. Musa no estaba en ellos. No respiraba, y eso lo devoraba.

Musa, por su parte, lo observaba en silencio. Acudía siempre, puntual, como si el taller la reclamara. Obedecía sin protestar: posaba cuando él lo pedía, bailaba cuando lo exigía, se desnudaba cuando él apenas lo insinuaba. 

Sus ojos azules nunca se apartaban de él. Parecía paciente, resignada, casi una víctima del torbellino de su genio, de su obsesión por retratarla. En ocasiones, su mirada se tornaba vacía, pero aun así obedecía con docilidad las órdenes de Elías y posaba para él de la forma en que él lo solicitaba: a contraluz, observando la luna y las estrellas, sosteniendo ramos de flores con diversos significados.

Era imposible apartar la vista de ella. Tenía una hermosura tan precisa que parecía hecha a propósito para ser pintada. La luz se adhería a su piel clara como si la reconociera; cada sombra sobre su cuerpo era un suspiro de la divinidad. Pero eran sus labios los que lo dominaban: un rojo carmín tan intenso que, cada vez que ella cruzaba el umbral del estudio, el resto del mundo se desteñía en blanco y negro. Elías no podía dejar de seguirlos. Imaginaba cómo esa curva roja se arrugaría si lloraba, si reía, si gritaba. Era un pensamiento trivial, sin embargo, lo devastaba. Porque en ese rojo había algo que lo miraba de vuelta.

Elías comenzó a pensar que ella era su condena y su salvación. Sabía lo que dirían: obsesión, locura, devoción enfermiza. Pero ¿Cómo explicarlo? Había algo en ella que no pertenecía del todo al mundo, una precisión imposible que solo el arte podía sospechar. Pintarla era una forma de rezar.

¿Cómo no perderse en esa perfección? ¿Cómo no querer apresar, para siempre, la forma exacta en que los labios rojos cortaban el aire? ¿Cómo no desear ser el dueño de su mirada, de cada suspiro, de cada gesto?

Mientras más la pintaba, más la deseaba.

No de un deseo carnal: era un hambre más antigua, más sagrada. La necesidad brutal de tocar aquello que lo inspiraba, de comprobar con los dedos si lo imposible tenía temperatura. Fantaseaba con deslizar un dedo sobre su boca, con sentir si eran tan suaves como parecían, con oír el temblor de su respiración atrapada entre los dientes. Quería poseer no solo su imagen, sino su reacción, su esencia; retratar cada emoción frente a su toque.

Las noches se volvieron insoportables. Caminaba en círculos por el estudio, la lámpara ardiendo hasta deformar su sombra, murmurando incoherencias, haciendo bocetos de poses y luego quemándolos con las velas. Musa lo observaba desde la silla, en silencio, sin pestañear. Sus ojos cielo, profundos, casi animales, seguían cada movimiento suyo con una atención que dolía, pero también con una paciencia que solo tiene quien anhela algo con amor. A veces creía que ella comprendía su desesperación; otras, que se burlaba de él desde esa quietud impenetrable. A veces se sentía bendecido por su presencia sagrada, y en otras, que él no era suficiente para ella.

Elías hablaba solo. Murmuraba oraciones confusas, promesas al óleo, pactos con la luz. Y mientras más la pintaba, más lo devoraba la frustración. Ninguna pintura respiraba, ninguna contenía el pulso que él veía. Todos los cuadros eran cadáveres hermosos.

Era ella, y no era.

Era su reflejo, pero no su vida.

Y él quería lo absoluto.

No quería belleza:

quería vida.

Empezó a caminar entre sus obras como entre tumbas. Rozaba con la punta de los dedos la pintura aún fresca, imaginando que podía sentir, bajo ella, el calor de la carne. A veces juraba oír una exhalación detrás de sí, el crujido suave del lienzo moviéndose. El taller estaba lleno de Musas: apiladas, superpuestas, invadiendo el suelo. Elías vivía dentro de su propio cementerio de imágenes.

La obsesión se volvió un animal paciente. Primero le robó el sueño. Luego, el hambre. Luego, el sentido del tiempo. Y una noche, cuando el cansancio era un temblor constante, la idea se abrió paso en su mente con la lógica perfecta de la locura:

—La pintura no basta —susurró—. La tela no devuelve la respiración. El color es pálido frente a la sangre.

Imaginó el rojo. No un rojo de óleo, sino un rojo vivo, cálido, que se moviera, que respirara dentro del cuadro. Un rojo que no se secara jamás.

La fantasía lo visitaba cada noche: dibujar sobre su piel con el cuchillo de paleta, mezclar la pintura con la sangre, ver cómo la vida abandonaba los ojos lentamente, atrapada en el instante exacto de la revelación. El olor metálico mezclado con el aceite, el calor del cuerpo apagándose, el lienzo bebiendo lo que ninguna técnica podía lograr.

Se odiaba por pensarlo. Rezaba. Lloraba. Pero el pensamiento crecía: claro, inevitable. Solo la muerte podía fijarla. Solo la muerte podía convertirla en su obra maestra, volverla eterna.

Elías lo comprendió, al fin: no bastaba con pintarla. Había que ofrecerla. El arte debía beber de la sangre.

Y en ese pensamiento, la belleza se volvió fe. Y la fe, horror.

Una noche, con la lámpara encendida y el taller cerrado a la ciudad, Elías dejó que la idea se hiciera forma. Preparó los lienzos, colocó velas, trabó las ventanas, hizo espacio en el suelo. Todo era una ceremonia.

Musa, que había posado tantas veces sin pedir explicación, se sentó frente a él vestida de blanco, como el ser hermoso y puro que era. Sus ojos parecían contener el cielo entero; su piel, la luz detenida. Él apenas pronunciaba palabras. En su mano, un cuchillo de paleta brillaba: la hoja limpia. No hubo forcejeo interior, solo una convicción: lo que él llamó amor y lo que la razón llamaría crimen.

Se acercó con cuidado, con esa reverencia que ahora mezclaba lo sagrado y lo homicida.

La punta rozó la piel de Musa. Un hilo de sangre, tan minúsculo al principio, corrió por su clavícula hasta su seno.

El olor penetrante de hierro y aceite se mezcló con la trementina. Elías aspiró hondo, embriagado por la mezcla.

Sus dedos temblaban; sus pupilas, dilatadas con una claridad nueva: el color perfecto estaba a su alcance.

—Eres mi obra maestra —susurró—. Mi redención.

Musa lo miró, tranquila. Ni una sombra de miedo en sus ojos.

Elías la acorraló contra la pared y deslizó el filo por su piel, despacio, casi con ternura. La sangre brotó, delgada, caliente, manchando su vestido, su pecho, sus manos.

Elías jadeó, fascinado. Dibujó con el cuchillo líneas sobre su cuerpo, como si estuviera pintando directamente sobre el lienzo de su carne.

Su respiración era un rezo, su locura, una ofrenda.

—Tan hermosa… —murmuraba—. Tan perfecta…

Musa gimió, pero no de dolor. Lo miró con los labios entreabiertos, los ojos vidriosos.

Y cuando Elías la abrazó, cubierto de su sangre, cuando el filo del cuchillo se tiñó completamente de rojo, ella lo tomó de los hombros y lo empujó hacia atrás, cayendo ambos al suelo.

Elías quedó bajo su cuerpo.

Musa se sentó sobre él, moviendo las caderas de manera lenta, casi ritual, dejando que él la tocara, que explorara con las manos ensangrentadas la piel que había marcado.

Elías no sentía miedo. Sentía deseo. Una devoción febril, una necesidad de fundirse con ella, de ser parte de su belleza antes de que la muerte se la llevara.

Musa lo miraba con ternura.

Pero esa ternura se fue transformando. Sus ojos, siempre tan azules, comenzaron a brillar con una luz antinatural. Su sonrisa se curvó de un modo extraño, casi burlón.

Ella se inclinó hacia su oído y murmuró:

—Esto querías, ¿verdad? —susurró, acercándose a su oído—. Verme así, sentirme, tocarme.

Elías tembló. 

—Así querías verme, ¿no? Viva y muerta a la vez.

Sus labios tocaron los de él, húmedos, fríos. Lo miró fijamente. Y en esa mirada, ya no había cielo. Solo abismo.

Entonces lo vio: la sangre resbalando por su abdomen, el cuchillo aún en el suelo.

Y comprendió que algo estaba mal.

El rostro de Musa se deformó en una sonrisa demasiado amplia, sus ojos brillando con un fulgor que ya no era humano.

—Debías mirarme solo a mí —dijo con voz temblorosa, casi un sollozo—. No a mis reflejos, no a mis copias. A mí.

Elías intentó apartarse, pero Musa lo sostuvo con una fuerza sobrehumana. Y con una lentitud exquisita, tomó el cuchillo. Elías apenas alcanzó a susurrar su nombre antes de que ella se lo acercara al rostro. El primer corte fue limpio, delicado, casi amoroso..

—Debías mirarme solo a mí —susurró, con voz temblorosa, casi dolida—. Respondí a tu llamado desesperado solo para ver tu mirada desviarse hacia mis reflejos. Tus ojos debían permanecer en mí, no en mis copias. Si pudiera poseer tu mirada por la eternidad… ser la única que se refleje en el negro de tus ojos… ser tu Musa eterna.

Elías, fascinado, acarició su rostro.

La vio palidecer más y más, la sangre extendiéndose como una aureola en el suelo. Pero ella seguía sonriendo.

Su respiración era irregular, sus ojos brillaban con un fulgor divino.

—Seré tuya —dijo Musa—. Pero tú serás mío.

Entonces, con la misma delicadeza con la que Elías la había cortado,  acercó el cuchillo  nuevamente a su rostro.

Y mientras lo montaba, la sangre resbalando por ambos, le hundió el filo en los ojos.

Elías gritó. Un sonido inhumano, roto, se elevó en el estudio.

Ella lo observaba, complacida, extasiada.

—Ah… —suspiró—. Ahora sí. No volverás a mirar a nadie más.

Su voz era dulce. Su risa, divina; mientras Elías se convulsionaba bajo su cuerpo, ella lo besó con ternura.

Musa se rió, una risa que se volvió un canto.

—Ah, Elías… —susurró con alegría, mientras lo despojaba de la vista—. Ahora no mirarás a nadie más. Solo a mí.

Se alzó de su cuerpo, descalza, dejando huellas rojas sobre el suelo. Con manos temblorosas, tomó un pincel y mojó sus cerdas en la sangre, mezclada aún tibia.

Comenzó a pintar.

El retrato de Elías.

Sus ojos vacíos, su expresión de éxtasis final.

El cuadro más hermoso que jamás existió.

Días después, los vecinos, alarmados por la ausencia y el silencio de Elías, forzaron la puerta del taller. El olor los golpeó primero: metal, humedad, pintura podrida. Todo estaba destrozado. Los lienzos, rasgados; los muebles, volcados. Y en el centro del cuarto, un cuadro inmenso, recién terminado.

En él, el rostro de una mujer rubia los observaba: los labios carmín, la piel pálida, los ojos azules, tan azules que parecían vivos.

Una belleza sagrada.

Una diosa.

Pero quien la miraba más de unos segundos podía distinguir, en el reflejo de esas pupilas claras, una silueta oscura, deformada, prisionera:

Elías.

Sus ojos vacíos, su rostro consumido.

El cuadro no era un espejo, era una celda. En lo profundo de cada pupila, Elías volvía a parpadear, pero sin abrir los ojos, porque Musa quería su mirada solo en ella, en nadie más que en ella.

Sobre la autora

Fredsly Lizama Garrido (1997) es arquitecta de profesión, lectora y escritora de corazón. En su interior conviven mundos y voces que anhelan volverse palabra y hallar un lugar en los ojos de otros.