El terror de una discapacidad invisible
Por Ilse Mendoza
Cuando era pequeña, la verdad es que no tenía tantos problemas sociales ni de salud como para imaginar que, al crecer, me convertiría en una persona con discapacidad. Crecí jugando como cualquier otro niño o niña de mi edad—aunque, si soy honesta, era más obsesiva con algunas cosas—, e incluso los adultos de mi familia agradecían “que estuviera tan sanita”.
La adolescencia pasó como un mar de aguas violentas; sin embargo, siempre escuché que de eso se trataba ser una adolescente, así que jamás lo cuestioné.
Tampoco cuestionaba los adjetivos con los que me describían los demás: “es complicada”, “es demasiado sensible”, “es muy llevada a sus ideas”. Simplemente lo aceptaba como verdades incómodas sobre mí misma, como las partes más sombrías de mi ser.
Un día de verano, cuando tenía 19 años, desperté sintiéndome diferente.
Dicen que la vida da vuelcos inesperados en cualquier momento y viéndolo en retrospectiva, así fue.
Ya no tenía energía, me sentía muy triste y no quería hacer nada más que dormir. El sol brillaba afuera pero yo comenzaba a ver todo como un agujero negro que lentamente comenzaba a tragarse la luz y la felicidad de mi vida. Pasaron algunas semanas de aquello y decidí ir a ver un médico.
Si hay algo con lo que las personas discapacitadas estamos muy familiarizadas, es con los diagnósticos erróneos. El doctor me diagnosticó una depresión moderada y me envió a casa con antidepresivos. En cosa de 3 días ya no podía dormir; las ideas me daban en la cabeza a toda velocidad, actuaba de forma imprudente e impulsiva, además de sentirme irritable.
Yo tengo la “suerte” —si realmente podemos llamarla así— de tener a mis padres diagnosticados con trastorno bipolar. Mi madre vio mi reacción a los antidepresivos y lo supo de inmediato.
Justo cuando comencé a presentar síntomas más graves, como oír voces o pensar en el suicidio, fui diagnosticada por un experto.
Y mi vida nunca volvió a ser la misma. En un abrir y cerrar de ojos, todo se convirtió en tratamientos y síntomas desgarradores: litio que me hace temblar, antidepresivos con los que debo tener cuidado para no entrar en una fase de manía, pastillas para las voces y pensamientos repetitivos.
Solía ser una persona segura de mí misma y de la vida. Ahora, todo me hacía temblar como una hoja al viento. La ansiedad se convirtió en mi eterna compañera, hasta hoy.
Pasaron los años y poco a poco, aprendí a lidiar con mi nueva realidad. Estaba dispuesta a no bajar los brazos, incluso cuando, en mis momentos más bajos, no tengo esperanza ni ánimos para levantarme de la cama.
Incluso si mi mente me quiere muerta, me decía que, no puedo convertirme en una de esas horribles estadísticas de jóvenes que han perdido la vida debido a mi diagnóstico.
Entonces comencé a tener otros problemas: síntomas nuevos, el horror de descubrir que nuevas cosas están saliendo mal.
Mi mente se volvió más rígida y más obsesiva, comencé a darme cuenta que mis sentidos eran dolorosamente sensibles, y que, ahora plenamente en mi vida adulta, comenzaba a agotarse enormemente el pasar tiempo con otras personas, me sentía como una impostora intentando actuar como un ser humano, pero sintiendo en el fondo que jamás calificaría como uno.
Unos meses después, añadieron el autismo como otra de mis discapacidades.
Y es difícil, porque éstas son discapacidades invisibles. La gente ve como una especie de falla moral, el que yo sea incapaz de trabajar o necesite ayuda con cosas que otros dan por sentadas.
En los ojos que antes me miraban con la ilusión de un potencial inagotable, ahora hay horror y un poco de lástima.
Porque soy un recordatorio de que la vida puede ser maravillosa un día y cambiar por completo al siguiente.
Le recuerdo a las personas que nunca hay nada garantizado, que cualquiera de nosotros puede sufrir un golpe a la salud en cualquier momento.
Que sus hijos y familiares no están a salvo, y que ellos mismos tampoco lo están. Soy la incomodidad de una vida sin seguridades.
Soy la sombra de la sociedad, esa que nadie quiere mirar.
He sufrido acoso laboral, en mis relaciones, e incluso entre mis amistades. He pospuesto sueños por no tener la salud necesaria para cumplirlos.
Soy una de las miles de personas que viven de una pensión de invalidez.
Al compartir mi experiencia no deseo que nadie me tenga lástima; sin embargo, espero generar una urgencia en la empatía que tenemos como sociedad por los demás.
Sufro mi salud mental a diario, pero sonrío tanto como puedo, por lo que mi discapacidad no se nota.
Somos cientos de miles de personas en esta situación, y aunque suene terrible, cualquiera de nosotros puede ser el siguiente.
En definitiva, nadie sabe lo que están pasando los demás, por lo que es importante expresarnos con cariño y con curiosidad en nuestras relaciones con los demás.
Tu empatía al interactuar podría ser el punto suave y de descanso en una vida llena de dureza y asperezas.
Sobre la autora
Por: Ilse Mendoza, Lic. en Lengua y literatura de la universidad Alberto Hurtado, amante de los libros, feminista y parte de la comunidad LGBTIQ+. Autista y persona con Trastorno Bipolar.
