El terror: entre la página y la pantalla
Por Liz Gabriel
El terror nació en la literatura. No en el cine, no en la televisión, no en las maratones de Netflix que consumimos con palomitas en la mano y el celular en la otra. El miedo, ese miedo auténtico que se mete bajo la piel y te obliga a mirar debajo de la cama como si todavía tuvieras seis años, primero fue palabra. Fue susurro, fue metáfora, fue esa frase que te persigue de noche aunque hayas cerrado el libro hace horas.
El cine, claro, llegó después a arrebatarle la corona a la literatura, con su capacidad de traducir en imágenes lo que la pluma había sembrado en la mente. Pero el problema es que, en esa traducción, algo se perdió. El miedo se volvió espectáculo. El terror pasó de ser un espejo oscuro de la psique humana a convertirse en una montaña rusa de sobresaltos previsibles. Sustituyeron la incomodidad existencial por la scream queen en bikini corriendo por el bosque. Un asesinato cada quince minutos para no perder al espectador distraído. Un monstruo digital que apenas logra sostenerse contra el verdadero monstruo: el tedio.
La literatura no necesita jumpscares. No requiere gritarte en la cara para que sientas pánico. Le basta con deslizarte una frase que te enciende la paranoia. ¿Y si la casa respira? ¿Y si el espejo no refleja lo mismo cuando pestañeas? Esa sutileza es imposible de filmar, porque no está en la pantalla: está en ti, en tu mente, en tu silencio.
Y ojo, no se trata de despreciar al cine. El cine tiene joyas innegables —Kubrick nos dio un Resplandor que no es de Stephen King ni de nadie más, es una pesadilla propia. Pero la regla general es otra: la industria prefiere vender sustos prefabricados que incomodar de verdad. Porque incomodar implica cuestionar, y cuestionar no vende tan bien como un muñeco diabólico en merchandising.
En la literatura, el terror sigue siendo un acto de intimidad. Abrir un libro de Poe, de Shirley Jackson, de Mariana Enríquez, no es un consumo pasivo: es dejar que alguien te respire al oído y te acompañe en tus propios fantasmas. Es el género que menos busca complacerte y más busca desarmarte. Y eso incomoda, claro. Por eso el terror literario rara vez llega al mainstream: porque nos enfrenta con lo que no queremos ver.
Querida lectora, querido lector: no te quedes en la butaca esperando que el monstruo salga del clóset en Dolby Surround. Atrévete a leer el terror que no hace ruido pero que no te dejará dormir. Ese que te obliga a dialogar con tu abuela muerta, con la infancia que no recuerdas, con la sombra que llevas dentro. Porque el verdadero horror no está en la pantalla, ni siquiera en la página: está en ti.
Sobre la autora
Liz Gabriel (Chile, 1987) Escritora y crítica literaria. Autora de dos novelas publicadas, se mueve entre el thriller psicológico y el terror poético. Con mirada afilada y sin concesiones, escribe para incomodar.
