El filo de las margaritas
Por Moira Mirthem
El amor.
Una palabra tan usada, tan cotidiana y, sin embargo, tan significativa.
Yo era pequeña entonces, dulce y frágil, una flor silvestre que buscaba en él un sol tibio para inclinarse y sonreírle. Él era mi sueño, mi refugio, la promesa venerada por mis antepasadas, el eco de la estabilidad que mis padres suplicaban para mí.
Recuerdo aquel verano: la primera vez que lo sentí, su amor me rodeó como un abrazo tibio y perfumado, inundando mis sentidos, mis células, mis ansias de pertenecer.
Dejé mi trabajo, dejé mi nombre, dejé mi vida para entregarle hasta mi alma.
Nunca pude darle hijos; mi vientre sangraba con aridez. Quizá fue mi pesar, quizá mi condena.
Él empezó a alimentarme con caricias escuetas, apenas sobras para mi hambre de amor.
Y yo, cada noche, me preguntaba por qué me hablaba con desdén, por qué mi voz era tan poca cosa para él.
Yo le rogaba que me amara.
Cada palabra que pronunciaba era un hilo más en la telaraña que él tejía en torno a mi cuerpo. Decían que la esperanza era lo último que se pierde, pero yo había aprendido que la esperanza también sangra.
Se filtra lentamente en las paredes, como humedad negra, hasta dejarlo todo frío y sin luz.
No tengo familia, ni amigos, ni dinero ni estudios.
Soy un fantasma en la casa que él me dio; un espectro que ronda habitaciones donde antes cantaba la risa y ahora solo susurra el silencio.
Aquella casa fue mi refugio. Ahora es mi celda.
Sus pasillos, que antes me parecían templos, son corredores de sombras.
Sus regalos —Sus flores— ya no disfrazan las garras escondidas en sus manos.
Las margaritas que coloca sobre la mesa parecen ojos arrancados, mirando sin parpadear la escena.
Hoy abro mis párpados y veo las cosas con nitidez.
Me miro al espejo y no me reconozco.
Mi reflejo es pálido, ajeno, una mujer que ya no me pertenece.
Cada rincón de mi cuerpo guarda historias que él escribió con tinta oscura: amenazas murmuradas al oído, juicios que dolían más que los golpes, silencios que pesaban como cadenas.
Estoy aferrada al filo de su daga. Sé que si me suelto, caeré en un abismo sin fondo. Sé que si me quedo, me cortará los dedos uno a uno. A veces creo sentir su sombra detrás de mí incluso cuando no está, como si hubiera dejado pedazos de sí mismo en cada pared, en cada jarrón de flores que apesta a perfume rancio.
Anhelo volver al principio, al instante en que mi corazón latía con júbilo, cuando todavía creía que el amor podía salvarme. Ahora mi corazón late con miedo, cada latido es un tambor lúgubre en una procesión invisible. Él me lo ha repetido tantas veces: si lo dejo, se matará.
Si intento huir, me matará a mí. Vivo con ese juramento sobre la nuca, como un cuchillo invisible, un filo helado que no me deja dormir.
No quiero cargar con la muerte de nadie; no quiero ser la culpable de su final ni del mío. Y, sin embargo, cada día que pasa, una parte de mí muere en silencio, devorada por la casa, por su sombra, por el amor que me prometieron.
Mi amor, ¿de qué sirven las margaritas que dejas en mi mesa si tus golpes se quedan en mis pensamientos y tu sombra ocupa mis sueños?
Eres mi amor, mi dueño, mi verdugo.
Déjame ir.
O deja de amarme así.
