Se fue, pero nunca se marchó
Por Daniella Riquelme
Cuando mi papá se marchó, yo tenía once años. No fue un tiempo calmado ni fácil; supongo que ninguna historia que empieza con palabras como estas lo es.
No recuerdo mucho sobre él, y lo poco que recuerdo no es bueno. Su presencia marcó mi vida, pero mucho más lo hizo su ausencia. No lo extrañaba entonces, ni lo hago ahora. Ni siquiera lo resiento. No. A quien resiento es a la persona que apareció cuando él se fue.
A mi mamá.
Sucedió cuando ya no podía reconocer mi vida, ni a mí misma.
La separación la afectó enormemente. Al principio lloraba en momentos inesperados: viendo comedias o películas con algún actor que, según ella, se parecía a mi papá. A veces nos hablaba de su cercana, hipotética y trágica muerte, y de cómo tendríamos que ocultarlo para seguir cobrando su pensión. Incluso nos hizo escoger flores y escribir discursos hermosos y tristes para su funeral imaginario. Lo peor fue que nos lo tomamos tan en serio que parecía real.
Después llegaron los gritos y la culpa. Todo era por mi hermana mayor. Todo estaba mal por mí. Mi hermano era igual a él. La menor nunca hacía lo suficiente.
Si tenía hambre, era porque no habíamos cocinado. Si la ropa estaba sucia, era porque no la habíamos lavado. Si la luz se cortaba y apenas podíamos ver, era porque éramos inútiles. Todo, absolutamente todo, era nuestra culpa.
Y con el tiempo, entendí que era más fácil lidiar con su rabia. Sus golpes me hacían reír porque no quería llorar. Sus palabras me herían, pero podía esconderme bajo mi cama y prometerme que nunca saldría. Me repetía que, si hacía todo lo que ella decía, si cambiaba todo lo que quería, quizá la amorosa madre que cocinaba y me abrazaba regresaría.
Pero eso nunca pasó.
No importaba cuánto me esforzara, nunca fui la persona que ella quería, nunca actué como ella deseaba.
Finalmente, mi mamá desapareció, pero, aunque se fue, nunca se marchó.
En un corto período de tiempo entendí que había perdido a ambos padres. Y no había nadie para ayudarme.
Nadie que escuchara.
Nadie a quien le importara.
—¿Crees que eres la única con problemas? —me dijo cuando, a los doce años, intenté decirle que no me sentía bien—. Yo también los tengo y no me ves contándoles a nadie.
Así que aprendimos solos.
Los tres menores aprendimos a cocinar, porque, de otra manera, no habría comida. Aprendimos a limpiar, a lavar los platos y la ropa. Cuando la lavadora dejó de funcionar, la lavé a mano en la tina. La mayor acompañaba a mi mamá a comprarse ropa, a teñirse el cabello, a elegir lentes de contacto para las dos. Decía que, si se arreglaba lo suficiente, mi papá volvería.
Pero nosotros no queríamos eso.
Así que la mayor y yo nos encargamos de las compras del súper, de pagar las cuentas cuando alcanzaba el dinero. Íbamos a revisar si la pensión ya estaba depositada todas las noches. Pedíamos fiado en los negocios. Comprábamos dulces para mi mamá, y un cuarto de pan para nosotros.
Esa era nuestra comida para todo el día.
Pero traté de hacerlo con una sonrisa.
Enterré el remolino de sentimientos que no entendía. Me convencí de que todo estaba bien, solo debíamos esforzarnos más.
Nos teníamos el uno al otro, y eso era lo más importante. Había momentos en los que podíamos olvidar la realidad. Jugábamos a cualquier cosa. Nos reíamos. Y esperábamos, con la puerta cerrada; a que el efecto de las pastillas de mi mamá acabase.
Pero un día, tres o cuatro años después, todo se volvió demasiado.
Ya no podía soportarlo.
Estaba sola, aislada y encerrada en una habitación con baño compartido con dos extraños que rentaban las habitaciones de al lado.
Ya no me sentía como un ser humano.
Y mi madre todavía no volvía.
Creo que se acostumbró a no estar. Le era más cómodo lidiar con la manera en la que iba todo.
Con el horario totalmente cambiado, dejamos de ir al colegio. Mi hermana mayor, mi hermano y yo comenzamos a trabajar. Mi mamá ya no se levantaba a hacernos el desayuno. No teníamos uniformes en buen estado ni de nuestras tallas. El piñen pegado en nuestra piel nos ganó el rechazo de muchos compañeros y, aunque suene absurdo, el desprecio de muchos adultos.
Despertábamos a las nueve de la noche. Almorzábamos, dormíamos a las cuatro de la madrugada.
Apenas comía una vez al día, pero mi mamá recibía su almuerzo en la cama todas las noches.
Nunca huí de casa.
No tenía a dónde ir.
O quizá temía que el pequeño lugar donde me estaba quedando desapareciera.
Aunque, en el fondo, sé que nadie me habría venido a buscarme.
Nadie habría notado mi ausencia.
Continué viviendo de esa manera.
Sin huir.
Sin desaparecer.
Sin permitirme sentir, aun cuando lo sentía todo de la peor manera.
Lo único diferente era que esta vez, no podía fingir una sonrisa.
Cuando llegué a los diecinueve, toqué fondo.
Ya no quería vivir.
Me despertaba temblando. El trabajo me hacía sentir agotada e inútil. Lloraba todos los días. El miedo me consumía. No hablaba con nadie y nadie me notaba.
Me pregunté si valía la pena continuar, pero no cedí.
Llámalo cobardía o fortaleza.
Yo tampoco lo sé.
Solo sé que algo dentro de mí cambió.
Me dije que nada podía ser peor de lo que ya estaba viviendo.
Y entonces todo comenzó a cambiar.
Tomé a mis hermanos y nos inscribí en una escuela para adultos. Mi hermana menor y yo comenzamos a despertar a todos más temprano, y a cocinar por turnos tres veces al día. Era difícil, pero mucho mejor que antes.
Finalmente, las cosas mejoraron. El lugar en el que vivíamos era un poco más grande. El sol inundaba mi habitación compartida.
Ahora teníamos ventanas y el viento me animaba a seguir.
Ya no comíamos en el suelo, ya no lavábamos los platos en la tina del baño de afuera.
Compramos los muebles que antes no teníamos. Comíamos en la mesa. Descansábamos en el sillón.
Seguimos trabajando.
El dinero alcanzaba para más.
Y fui feliz.
Pensé que mis problemas se habían resuelto.
Mi mamá prometió que volvería a estar ahí y que ya no tendríamos que encargarnos de todo.
Pero después de tres meses, volvió a ser como antes.
Nos dejó.
Otra vez.
Pero ya no me importó porque mi lucha se volvió más fácil. Me prometí que, por pequeño que fuera, un paso adelante siempre sería mejor que un paso atrás.
Terminé el colegio.
Entré a la universidad.
Comencé a conocer gente.
A sonreír.
A comer por placer.
Subí de peso.
Mis ojeras desaparecieron.
Creé mi propia rutina de limpieza y añadí colores a mi cabello.
Dejé de esconderme.
Me conocí.
Me prometí que, sin importar quien más se marchara, yo siempre estaría de mi lado. Porque después de tantos años esperando que otros volvieran, entendí que la única presencia constante que necesito… soy yo.
Hoy, a mis veintisiete años, me atrevo a decir que mi vida ha mejorado drásticamente. Ya no me siento asfixiada por mis problemas. Ya no aparto la vista del cielo.
Algunas cosas no cambiaron, sin importar cuánto me esforzara.
Mi mamá no volvió nunca y todavía me encargo de hacer las cosas del hogar, pero ya no dejo que me afecte. No sé si la amo, si la quiero o si formará parte de mi vida en el futuro. Pero he decidido que valgo mucho más. Caminaré hacia delante y esperaré que, al oírme alentarla… quizá cuando me extrañe, mi mamá me alcance. Pero sé que eso depende de ella. Y que yo dependo de mí misma. Me defiendo y no me quedo callada, aceptándome y perdonándome por todos esos años donde no lo hice.
Si me ves por la calle, no dudes en saludarme.
Voy a estar sonriendo.
Sobreviví.
Sobre la autora
Daniella Riquelme Silva desarrolló un amor hacia la lectura desde pequeña. Ese amor se transformó en un deseo de poder lograr lo mismo que sus autores favoritos: transmitir emociones profundas y conectar con la gente a través de situaciones universales, llenas de carga emocional.
