Voto femenino
Por Sofía Soto
Lo que actualmente consideramos un deber cívico, que contempla a gran parte de la sociedad, incluyéndonos a nosotras, las mujeres, en algún punto de la historia fue un motivo de lucha. Se debatía nuestro criterio para elegir a los líderes: que éramos el sexo débil, no razonables, sino sensibles. ¿Siquiera te imaginas un mundo en donde tu voz no cuenta? ¿En dónde tus capacidades quedan reducidas a los deberes del hogar? Por esto, si estás cuestionando la importancia de tu participación en las próximas elecciones presidenciales, considera el valor de nuestras antecesoras, a quienes les debemos el poder de elegir.
La primera vez que se registró el voto de una mujer fue en Nueva Zelanda, gracias al terreno de ideas tolerantes y a los derechos humanos que proporcionaron las revoluciones liberales. Sin embargo, estas ideas no se concretaron hasta 1919, cuando las mujeres pudieron postularse a elecciones, gracias a la participación de Kate Sheppard, una activista que lideró movilizaciones feministas entre 1891 y 1892. Así fue como las ideas de este país se expandieron hacia otros terrenos internacionales, aunque no en un camino basado en el progreso, sino en una lucha amarga, marcada por el conflicto y los obstáculos impuestos por los hombres conservadores.
El contexto chileno no estuvo exento de este clima de disputa y debate en torno a la inclusión del pensamiento femenino, impreso en las papeletas electorales y posteriormente en los representantes del país. La democracia y su carácter igualitario estaban en juego desde la década de 1920 cuando se instauraron las primeras conversaciones respecto al voto de las mujeres. La oposición de corrientes conservadoras y el pensamiento machista de la época retardaron aún más la concesión de este derecho. Sin embargo, en 1934, gracias a movilizaciones feministas, se aprobó el voto femenino en elecciones municipales y en 1949 en las presidenciales y parlamentarias, bajo el gobierno de Gabriel González Videla. No fue hasta 1952 cuando las mujeres chilenas realizaron su primera participación en una elección presidencial. En esa ocasión, la voluntad de un país menos segregado y desigual llevó a la elección de Carlos Ibáñez del Campo.
Después de haber hecho un poco de historia e instaurado la legitimidad del voto femenino, ¿podemos traducir, de forma literal su reconocimiento formal como símbolo de igualdad y representación?
Como ya hemos contemplado la importancia de los grandes pasos realizados por las mujeres a lo largo de la historia, es importante analizar el escenario actual y lo que esto ha significado. Las desigualdades persisten, y el rol de las mujeres en la política sigue siendo cuestionado, incluso con grandes y populares figuras políticas, tanto nacionales como internacionales, que minimizan la lucha por este derecho, replanteando la validez del criterio femenino.
Son líderes que, más que promover un avance, buscan restablecer los “valores tradicionales” que limitan el pensamiento de las mujeres. Aunque estas han avanzaron a pasos agigantados, ya pudiendo incluso ser consideradas para la representación de un cargo, este “techo de cristal” en la vida laboral y política, que representa una frontera de oportunidades que las mujeres no pueden traspasar, se evidenció con la red de bots en la plataforma “X”, dedicados a denigrar la candidatura de Evelyn Matthei y Jeannette Jara.
Tu voto importa. Cuando cumples con el deber de sufragar, no solo estás haciendo una elección política, sino también conmemorando rastros de lucha y esfuerzo que dejaron las mujeres que hicieron historia, incluso con obstáculos frente a obstáculos como el silencio y la desigualdad.
Sobre la autora
Sofía Soto es estudiante de periodismo. Se dedica a escribir artículos de opinión referidos a problemáticas que atraviesan las mujeres, basándose en referencias de la cultura pop.
