Bombeando pena

Por Antonia Campillai

Enfermedad silenciosa, muerte muda… más muda que la propia mujer muda.
Siento tal desprecio por mi vida presente que ni siquiera busco en la noche un poco de descanso. Podría decir que ya no tengo motivos para admirar una vida plena, porque ni siquiera me queda tiempo para obsesionarme, y el tiempo en la oscuridad es lo que más temo.

Nunca pensé que vivir con miedo fuera posible, pero lamentablemente soy la viva imagen de que la ambigüedad de la vida es, a veces, el mayor sacrificio. Por eso reclamo mi derecho a reír ante el sacrificio del mismo Dios, porque sé que ni Él habría querido aceptar mi destino.

Me río de los dioses griegos, de los egipcios, de los marcianos, incluso del vil mundano, porque ninguno de ellos sabe lo que es sentir cómo el corazón bombea pena… y sigue viviendo en pena. Puedo reírme, aunque sea falsamente, del romanticismo, porque ni ellos, con todo su drama oscuro y depresivo, pueden sentir la muerte acechando todo el día. La muerte es silenciosamente perturbadora, grotesca, avasalladora.

No quiero ni puedo admirar la vida.
Solo lloro por el pasado y por el futuro; el presente es un lugar donde nunca estoy.
¿Y si no estoy en esos tiempos, dónde estoy?
Ni siquiera quiero pensarlo.
Mejor mantener la mente en blanco.

Temo a la muerte.
Sin embargo, con ella siempre estoy.
Las pastillas me dicen que no acepte ese destino, pero la vida es tan cruel y gris que me resulta imposible ver otros colores.
No veo el color esperanza ni el de la paz.
Solo veo una paloma atravesada por una bala, y ni el rojo de la sangre se puede apreciar en ese inocente animal.

Pienso que, si hubiera estado alerta, habría logrado escapar.
Pero no lo estuve.
Siento frialdad.
Siento desorientación.
Pienso constantemente en un final catastrófico, como si dentro de mí habitara un oráculo.

¡Me saco los ojos!
¡Cargo la roca!
¡Muero en la cruz!
Y aun así, te atreves a juzgar la intensidad de mi pesar.
¿Qué más compasión puedo pedir, si respiro pena, camino en pena, y mi corazón no bombea sangre… sino pena?

Lloro por nada.
Me aferro a una muerte que ni siquiera me buscaba.
¡Qué lástima por mí, heroína de su propia vida, que lo único que desea… es partir!

Holocausto, martirio, sufrimiento y resignación:
todo queda cubierto por el bienestar de la otra persona, esa que te ve respirar, abrir los ojos, caminar… y con eso cree que es suficiente para sanar tu dolor.
Pero eso es lo que ve ella.
Yo sigo en luto.

No tengo heridas visibles.
Todo está por dentro.
Podría decir que tengo el corazón roto, pero es mi cerebro el que lo está.
Por eso, todo mi cuerpo parece un cadáver reanimado mediante prácticas medicinales.
El cansancio es lo que más siento.
Sin embargo, no me está permitido sucumbir a él.
Puedo tener miedo a todo, pero a esto… a esto aún no le he perdido el miedo.

Puedo compararme con una manzana podrida: ansiosa, arenosa, penosa.
Y, al igual que mi enfermedad, puedo ser silenciosa y, aun así, no considerarme temerosa.
¿Será por eso que aún sigo aquí?
¿No?

Antonia Campillai es Licenciada en Letras con mención en Literatura y Bachiller en Humanidades, actualmente cursa un Máster en Psicopedagogía. Su formación interdisciplinaria combina el análisis literario, el pensamiento humanista y la comprensión profunda de los procesos de aprendizaje.